Wickenburg, Arizona.
RHETT CLARK
Esparzo todas las evidencias y me dejo caer sobre ellas.
Las fotos de Belice y sus amantes, las cartas de mi padre intentando justificarse con Rousse, el testamento, los recortes de periódicos y un sobre que levanto con el más tétrico cuidado.
Las manos me tiemblan. No quiero descubrir que es peor de lo que ya es. No quiero saber cuánto más le debo.
Golpeo con el puño cerrado sobre la tapa de la cajita.
¿Por qué demonios no le pregunté? Si la conocía tanto, ¿por qué no le di el beneficio de la duda?
—Oliver, mi amor, Soel no puede verte así, pronto llegará de su práctica de guitarra.
Me levanto y la sujeto con rudeza por los hombros.
—¿Desde cuándo lo sabías? —me dejo llevar por la ira—. ¿Desde cuándo sabías que Rousse es inocente?
—Qué importa eso, amor, recuperaste la herencia, lo que debe importarte es…
La sacudo, cegado por la ira; me importa muy poco la maldita herencia.
—Dame una respuesta, Leadhy. ¿Desde cuándo sabías la verdad?
Me empuja, pero no consigue liberarse.
—Ya deja de actuar como si mi respuesta cambiara los hechos. No cambiará nada.
Aprieto el puño frente a su rostro.
—¿Desde cuándo? —le tomo el mentón y aprieto—. ¿Lo sabías cuando la viste firmar el divorcio?
—Sí, lo supe esa misma mañana.
—Eres una… —comienzo, pero estalla en una carcajada que me contiene.
—Sé lo que soy, Rhett. ¿Y tú? ¿De verdad vas a culparme? No tenía ningún deber con ella, pero tú sí, eras su mejor amigo. ¿No debió ser eso suficiente? Lee y entérate, Rhett Clark —se hace a un lado y recoge el sobre—. No importa que me culpes, no era mi responsabilidad. Tú fuiste quien le dijiste que yo era una amiga, ocultaste lo que había habido entre nosotros.
Rompe el sobre y me extiende su contenido.
No es falta de valor el no reclamarle, es que sé que tiene la razón. Soy el único responsable.
—¿Sabes qué era eso importante que quería decirme? —pregunto con la esperanza de que también sepa eso.
—Descubrí la verdad por casualidad. No sé nada de esa campesina…
—En tu vida vuelvas a llamarla así.
Sacudo su mentón, haciendo que retroceda.
No necesito sus mentiras. Yo debí creerle. No puedo justificarme en las evidencias que me ocultaron, todo pendía de mis acciones y de mis decisiones.
Miro la carta y reconozco la letra de mi padre.
Comienzo a leer y las lágrimas caen.
Me envió lejos para que ella no se enamorara aún más del hijo del asesino de su padre. Me explica las razones de su trato hacia ella.
«Hijo, cuando leas esta carta será tarde para mí. Conservo la esperanza de que la protegerás, de que honrarás mi memoria. No quise quitarle la vida a su padre, fue un accidente, hice lo mejor que pude. El resto te lo encargo a ti. Rousse es buena y te dará cuanto corresponde. Debes saber que si decido que sea la única heredera es porque Belice puede manipularte. Hijo, en memoria de tu padre, compensa a Rousse por el daño que le causé. Protégela siempre.
Perdóname por no decirte antes esta tragedia, por enviarte lejos, quería evitar que el sentimiento entre ustedes creciera. No quería verlos sufrir. Hijo, ojalá un día ambos puedan perdonarme.»
Suelto la carta y recojo otra, sin sobre, donde explica que mi madre falleció al tenerme y que contrató a Belice como niñera, que las cosas entre ellos se dieron. Me explica cómo nunca lo respetó e insiste en que fue un accidente lo del padre de Rousse, que no era el amante, sino otro capataz.
—Oliver, recomponte. Recogeré a Soel de su práctica. ¿Quieres que nuestro hijo te vea así?
Me levanto y sujeto su muñeca.
La miro con desprecio, como si en eso pudiera encontrar una grieta para sentirme menos miserable.
—Rousse. Ella es la única víctima y voy a hacerle justicia.
—¿Y qué hay del bienestar de tu hijo? ¿Acaso no te importa?
—No me reclames algo que nunca te ha importado ni a ti ni a él. Es un niño y ya demuestra que le importa más el dinero que pasar tiempo con su padre. Detesta el campo, como pasar tiempo conmigo.
—No digas eso, Rhett, es solo que no se acostumbra a esta vida aún.
—Aquí nació, aquí está su familia, a menos, claro, de que no sea mi hijo y…
Me suelta una bofetada. Le sujeto las manos con fuerza.
—Tú me buscaste esa noche, Rhett, fui yo quien estuvo para ti, quien te sirvió de consuelo. No me trates como una cínica. Recuerda, éramos felices en Australia.
Río y luego escupo a sus pies. Desearía poder recordar esa noche. La empujo y me vuelvo para recoger todas las evidencias.
—Quiero que recojas tus cosas y te largues —le señalo la puerta.
—¿Qué? No, no me puedes hacer esto, soy la madre de tu hijo.
—Soel se queda conmigo. Nunca me has amado, amas el dinero, amas lo que te doy, no eres más que una interesada. Si de verdad me amaras, no te habrías callado algo así. Quiero que te largues.
—No. No me puedes hacer esto, no tengo a dónde ir, soy la madre de tu hijo. No puedes separarme de él, tú lo dijiste, no le gusta pasar tiempo contigo, sabes que no tengo a nadie más que a ti aquí.
—Te marchas a Australia.
Lo suelto con impotencia mientras termino de recoger.
—Rhett, no puedes irte. No puedes dejarme así. Rhett, no puedes… Si me echas de tu vida, jamás volverás a ver a nuestro hijo…
—Cuando regrese no quiero verte aquí.
Salgo de ahí, monto al caballo y galopo a toda prisa hacia el rancho, a ese que sellé y en cuatro años me negué a entrar.
Ato el caballo, abrumado por los recuerdos y con el corazón encogido por el peso de esta verdad, abro el candado que sostiene la cadena.
El hedor a putrefacción es insoportable, así que espero unos segundos a que la brisa se arrastre consigo parte del mal olor.
Cuando por fin siento que puedo seguir, entro. La madera cruje bajo mis pasos pesados y controlados.