Domando su corazón

#6

Tombstone, Arizona.

RHETT CLARK

Obligo a mis pies a moverse y termino siguiéndola. Mientras la sigo por la acera, ella parece notarlo, pero no se gira a comprobarlo. No digo ninguna palabra hasta que llega a un caballo.

Lo acaricia y le habla; aunque no alcanzo a oír lo que le dice, decido que es el momento de intentarlo de nuevo.

—Rousse, sé que no quieres escucharme, pero de verdad necesitamos hablar. —Mantengo la distancia, para resultarle menos molesto.

Aun así, no responde. Cuando intenta montar, comprendo que si no actúo ahora, pierdo la oportunidad.

Recorto la distancia y la sujeto, impidiéndole subirse. Mi estatura me ayuda a evitar el latigazo que lanza con la fusta al empujarme para liberarse.

—Rousse. Mi nombre es Rousse, y sí sé, señor Clark, que no quiero verlo y mucho menos me interesa escucharlo. ¿Qué rayos se supone que hace aquí?

Aprieto los labios al comprender que es mucho peor de lo que imaginé. Ni siquiera me tutea.

—Tenemos muchas cosas de las cuales hablar. No puedes decir que no. Al menos debes reconocer que una de ellas es nuestra hija.

Se ríe con soltura y cierto sarcasmo.

—Desgraciadamente, no puedo negar que mi hija comparte su sangre, pero, señor Clark, creo que es lo suficientemente listo como para saber que engendrar no hace padre. Mi hija me tiene a mí y no necesita la presencia de ningún cobarde.

—No quiero discutir sobre mi paternidad ahora, Rousse. Estoy aquí porque quiero pedirte perdón, darte una explicación y hablarte sobre…

—Sus disculpas ahórreselas, y las explicaciones jamás las necesité. De haberlo hecho, las habría exigido esa vez. No me debe más que lo que pido, que no se cruce en mi camino, porque, señor Clark, he dejado el pasado atrás y créame que si me obliga a revivirlo, no le gustarán las consecuencias. Sea lo que sea que tenga que decirme, ahórreselo y lárguese por donde vino.

Dicho esto, vuelve a intentar subir a su caballo, pero se detiene cuando digo:

—Es sobre tu padre. Lo que tengo que decirte es sobre nuestros padres.

Se queda un momento en silencio, como si analizara si concederme o no la posibilidad de hablar.

—Mi padre murió hace muchos años. Lo que sea que tenga que decirme sobre él no me interesa. En cuanto a su padre, déjelo descansar.

—No creo que después de escucharme pienses lo mismo, Rousse. Solo te pido unos minutos. Escúchame, déjame explicarte todo. Tuve razones para las decisiones que tomé; hubo factores que no debí creer, ahora lo sé, y quiero que tú sepas que jamás fue mi intención herirte.

—Se ha robado mi tiempo y aun así insiste en que le conceda más. ¿Qué parte de que no estoy dispuesta a respirar el mismo aire que usted es la que no entiende?

—Por favor, sé que me equivoqué, que lo que hice no tiene nombre, y lo siento, Rousse. Desde el fondo de mi corazón te pido perdón. Ojalá pudiera devolver el tiempo y cambiarlo, ojalá no te hubiera dañado. No se puede, y por eso estoy aquí. Quiero enmendar mis errores. Ahora más que nunca no puedo concederte lo que me pides, porque no pienso alejarme de ella, de nuestra hija.

Me mira como si le hubiera contado un chiste y se ríe antes de intentar marcharse.

—No permitiré que te marches de nuevo —le sujeto el brazo.

Esta vez anticipo su latigazo y sostengo la fusta. Nuestras miradas se quedan fijas la una en la otra, antes de que se sacuda con brusquedad y se aparte.

Verla tan resuelta a marcharse me obliga a volver a atraparla. Es fuerte, tanto como su mordida en mi brazo, pero aun así no la suelto. No quiero soltarle así, que soy el hijo del asesino de su padre, aunque me está tentando al dejarme sin opciones.

Su forcejeo me obliga a pegarla contra mí para impedirle soltarse.

—Perdóname —pego el rostro a su cabeza—. Fui un idiota. Jamás debí dudar de ti, creer esas mentiras. Me arrepiento, Rousse, y sé que mis disculpas no cambian nada. Si me odias, lo entiendo. Te lastimé, rompí tu corazón, no valoré tu amor…

—¿Odiarte? —sus palabras, acompañadas de una sonrisa, me dejan confundido.

El descuido me cuesta su forcejeo, pero reacciono a tiempo y la sujeto más fuerte, impidiéndole soltarse de mi agarre.

Volver a tenerla tan cerca me provoca todas las reacciones contra las que luchaba. Desearía que no se estuviera resistiendo para poder abrazarla, como no lo hice desde mi regreso.

Me tomo unos segundos y me permito revivir los momentos que me negaba a disfrutar: ella gritando que me amaba, corriendo con mis comidas, tejiendo para mí, cocinando para mí, despertar y verla a mi lado. Pero pronto se rompe cuando dice:

—Se equivoca, señor Clark. No voy a mentirle. Lo desprecio, no por su traición; la gente traiciona. No por no corresponder ese amor que jamás debí confesar; no era su deber, ni siquiera por el hecho de que la amistad solo existiera para mí. Lo repudio porque yo había perdido todo y usted, señor Clark, me quitó lo poco que me quedaba.

Se queda en silencio, pero percibo el latido acelerado de su corazón. El mío golpea con mucha más fuerza. Sus palabras me afectan más de lo que esperaba, porque aún no sabe que mi padre comenzó arrebatándole al suyo, y aun así puedo percibir el desprecio que ahora me tiene sin necesidad de que lo diga.

Y me niego a aceptar que ese amor que solía tenerme haya sido reemplazado por su desprecio.

—Suélteme, señor Clark, y si me permite un consejo, márchese, porque hasta ahora no he sentido la necesidad de tomar acciones por el pasado, pero si insiste en cruzarse en mi camino, no dudaré en hacerlo.

—No me importan las consecuencias. No voy a alejarme. Pagaré cualquier precio, Rousse —los ojos se me humedecen, esas lágrimas que tanto contengo me empañan la vista—. Me diste una hija. Es tan hermosa, tan tú, que no me importa si debo pasarme la vida reparando mis errores. Quiero ser parte de su vida. Quiero recuperar a mi mejor amiga, a mi esposa…




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