Dominados

26

Nick

—¡Vamos!, ¡Idiotas!, ¡que no tengo todo el día! —Hoy era el torneo de la vida y Riley estaba deseosa por ir.

Entró al departamento gritando como sí su día no hubiese sido lo que esperaba y estaba feliz de saber que pronto no necesitaría más de los chicos que veía en la cocina.

Todos estaban conmigo.

Excepto Marcus.

—¡Ahora! —él tuvo que llevarle una malteada de fresa a la habitación de Riley— ¡Date prisa! —; era su responsabilidad preparar un baño de burbujas y el vestido que usaría en el torneo, teniendo el cuidado de no derramar una sola gota sobre su delicada alfombra.

Tener que hacer eso era una horrible tortura porque Riley era demasiado exigente con la temperatura de agua, los niveles de jabón y las esencias que disfrutaba al momento que su piel me hacía contacto con el agua.

Pensar en la tortura que habría vivido sí hubiese sido ganado por ella en vez de Shane me aterraba a un punto donde creería que mi única opción para ser libre sería suicidándome.

Bang...

Porque solo el veinte por ciento de sus Imperfectos logran vivir tres meses.

Pobre Marcus.

¿Qué habría hecho mal?

¿No colocó las esencias correctas?

¿O quizás el agua estaba demasiado caliente?

La verdad no importaba.

—¡Quiero que alguien traiga mi vestido rojo!—sino quien sería el próximo.

Por orden del Régimen yo no tenía permitido salir de la cocina mientras que Shane no estuviese en las instalaciones, porque yo era su propiedad.

Eso me tenía seguro de cualquier capricho que Riley dijera.

—¡Quiero mi vestido listo! —Pero no pude decir lo mismo de Jeff.

Él era el siguiente en la lista.

—Sí Will regresa, díganle que use cuatro fresas con la malteada y dos cucharadas de azucar artificial; Riley sabe reconocer la diferencia.

—Esta bien —ahora solo quedamos tres.

Sí es que Will no regresaba.

Bang

Y pronto solo seríamos dos.

Ver a Jerry salir de la cocina por lo que quizás sería su última vez me hizo pensar en todos los Imperfectos que fueron asesinados por los estúpidos caprichos de Riley.

¡¿Quiénes fueron?!

¡¿Pudieron ser mis amigos...?!

¡¿...o mis hermanos?!

No lo iba a saber nunca porque Riley trataba a los Imperfectos como sí fuesen simples pedazos de basura.

Bang.

—No —y ahora era el turno de Todd.

—Lo lamento tanto —quizás él único que pudo seguir con vida.

Shane iba a llegar en cualquier momento.

Cruzaría la puerta y me pediría cosas simples, sin hacer que alguien me apuntará con un arma por cometer un tonto error; como esa vez en la que por accidente derramé la bandeja de malteadas sobre ese vestido rojo.

Había tenido pesadillas de lo que me iría a ocurrir sí hubiese sido ganado por Riley, ya que ella mataba a todo aquel que cometía un error.

Pero Shane no era así.

Solo dijo "ve por una toalla y no digas nada". Y mi vida siguió como sí nada.

Desde ese día a la fecha yo he tratado de tener cuidado con cualquier cosa que hiciera, porque descubrí que Shane era capaz de tolerar un error y no quería saber sí toleraba dos veces.

Bang

Como Todd lo hubiese deseado.

Ahora sí no había nadie y Shane no regresaba.

—No puede ser. ¡Quiero que venga otro Imperfecto! —Riley estaba fuera de control.

Ya no tenía más Imperfectos que torturar y ningún control sobre mi pero al tratarse de emergencias el Régimen le autorizaba solicitarme para cualquier proyecto, siempre que mi verdadera dueña no esté presente.

Servir a los miembros del Sexo Perfecto era mi principal obligación.

Y Riley lo sabía.

—¡Ven este preciso momento!

¿Por qué no llegaba Shane?

Ella no tardaba tanto en regresar.

La puerta de la cocina estaba cerrada pero los guardias tenían acceso a cualquier área.

Sí Riley me ordenaba algo tenía que ir, de lo contrarío los guardias tendrían el derecho de sacarme.

—¡Dije que quiero a ese idiota aquí en este preciso momento!

¿Qué podría hacer?

Riley ordenaría matarme por cualquier cosa, como lo hizo con los demás.

A menos qué...

—¡Ven o haré que te traigan! —...escapara.

Tenía una muy arriesgada oportunidad.

Esa tarjeta que le robé al guardia podía abrir cualquier entrada y estaba solo unos pasos del muro de descarga.

Podía escapar pero sí lo hacía el régimen ordenaría matarme por deslealtad y Shane no podría ayudarme.

—Lo siento, Shane. Pero hoy no voy a tener tu vestido listo.

Connor

Creer que ese día ya podía darme más sorpresas sería como esperar a que él mundo pudiera cambiar por decir una simple palabra.

Ver a Wayne dejarme y a esos miembros sucios que no me convencieron acerca de donde pertenecían y casi me hicieron sentir el deseo de vomitar, por culpa de ese hedor, fue como recibir un gran golpe a mi consciencia.

Todo lo que creía saber estaba siendo retado por una realidad ficticia que se asemejaba a la verdadera y ya no quería más sorpresas.

—Ya era hora de que llegaras —pero esa voz me era bastante familiar.

Podía confundirme con cualquier iniciativa que tuviera porque aquí todo era distinto. Los miembros del Sexo Perfecto visten mal y conviven con los Imperfectos, como sí fuesen de su mismo genero.

Eso no podía ocurrir en el mundo real.

—Entra ya, si no quieres que vaya por ti —pero sabía que conocía esa voz.

Y estaba en el único lugar seguro.

El baño.

Inhale imaginando que solo vería a otro idiota diciéndome algo que no entendería, como en la cafetería. Cerré los ojos y exhale dando un par de pasos hacía el interior del baño.

—Hasta que te apareces, Selwin —y me volvieron a llamar así.




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