Dominados

2

Shane

Por fin había amanecido.

         El brillo del sol le dio inicio al día reflejando su intensa luz por medio de mi ventaba, como lo hacía cada mañana en que yo iniciaba mi rutina mirando mi rostro a través  del espejo que tenía en el tocador de mi cuarto.

         Veía el reflejo de una rubia delicada que repetía cada movimiento que yo hiciera, con la excepción de hablar ya que para ella eso era imposible porque solo era un reflejo. Una imagen sin emociones que era obligada a repetir todo lo que le dijesen sin tener la voluntad de nada, como  una tonta obligada a ser siempre perfecta.

         —Buenos días, Srita. Wintherdfield —y eso era lo que el mundo deseaba ver en mi.

         Escuché la repentina voz de Héctor invadiendo mi espacio personal, como una ligera alarma que me traía de regreso a mi realidad y a la rutina que debía seguir todos los días.

         Obtener una perfección iniciando con la imagen que le daba a los demás, lo cual me era imposible ya que a simple vista mi rostro parecía estar limpio, pero habían detalles que exponían mi descuido ya que tenía muy poco rubor en la piel, mi cabello aun no estaba alaciado, el cuello de mi camisa estaba arrugado, mi chaqueta tenía mal acomodado el bolsillo lateral y llevaba más de una hora atrapada entre el delirio de no saber por cuál de los novecientos diferentes tonos de labial y esmaltes debía de usar para verme perfecta.

         Hacerlo era imposible ya que había muchos colores.

         Unos parecían iguales que otros y todos estaban ahí para darme la obligación de saber elegirlos bien porque siempre había alguien que encontraba un detalle mínimo en ti y lo usaba para criticarte como sí el mundo se fuese a acabar.

          “Te faltó más contorno en las líneas…”

         “Es demasiada chapa…”

         “¿Cómo puedes usar ese tono de labial si es obvio que no combina con el de tus uñas?. Digo acaso no sabes que el rojo carmesí es muy distinto al rojo de Venecia”.

         Y era odioso ya que para mi todos los tonos eran iguales.

         Había demasiados rojos, naranjas, cafés, amarillos e incluso colores extraños, como el azul, morado o verde que a simple vista se veían tontos ya que nunca los utilizaba.

         Ni siquiera sabía para que servían, ¿Entonces por qué los tenía?

         Sí un miembro del Sexo Perfecto debe estar siempre maquillada lo minino que podrían hacer sería no darle tantas opciones.

         Y Héctor lo sabía.

         —Sí, Héctor —Él me miraba desde el marco de la puerta, notando mi temor por no lograr encontrar ese estúpido tono que no me hiciese ver como una completa perdedora— solo me falta cubrir la mejilla derecha.

         —Cuide de no usar mucho rubor, eso resalta el brillo de su piel.

         —Gracias Héctor —Y no tenía que repetírmelo.

        Mi madre era experta en encontrar excusas para criticarme por cualquier cosa que hiciera; mi vestuario, los tacones, usar un tenedor de ensalada para carne o no tener el promedio escolar que ella tanto deseaba para mi, el cual era excelencia, porque eso era lo digno para un miembro del Sexo Perfecto.

         Una persona que siempre debe de demostrar la perfección y superar a su predecesor, sin excusas ni falsedades.

         Y yo lo odiaba serlo.

         Odiaba mi vida.

         Odiaba la rutina que debía seguir día a día.

         Y odiaba tener que recordar lo importante que era darle honra a mis ancestros del Sexo Perfecto siendo como ellas cada mañana, iniciando por mi rostro.

         —Se ve maravillosa —Pero Héctor tenía mucho cuidado con lo que decía.

         Él siempre que se acercaba a mi procuraba no hacer movimientos bruscos ya que un Imperfecto.

         Un miembro obligado a obedecer.




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