Las cuerdas no están tan apretadas como para cortar la piel, pero si lo suficiente para recordarle que que no podía moverse. El cuarto olía a encierro, a algo viejo, a algo que llevaba demasiado tiempo sin abrirse, la luz encontraba apenas por una rendija en la ventana cubrierta con tablas mal clavadas. El polvo flotaba en el aire, suspendido, como si también estuviera atrapado.
Sus muñecas estaban atadas detrás de la silla, no luchaba, no gritaba, no pedía ayuda. Miraba al frente había algo más fuerte que la cuerda sujetándolo: la costumbre. Respiro hondo, lento, como si ya supiera cuánto aire debía usar para no alterarse. Para no provocar nada, para no empeorar nada.
El silencio era más pesado que el mirando y mientras el presente lo mantenía inmóvil, el pasado volvió a abrirse como una herida mal cerrada.
Nunca conoció a su padre, no había fotos, no había historias bonitas. Solo un nombre que su madre evitaba pronunciar y una ausencia que siempre ocupaba demasiado espacio en la mesa. Desde pequeño aprendió que había preguntas que no dirían hacerse.
El la escuela tampoco fue más fácil.
Era el niño callado, el que no sabía defenderse, el que preferiría agachar la mirada antes que orovocaras risas. Las burlas empezaron con empujones pequeños, luego palabras que se repetían como eco en su cabeza incluso cunado llegaba a casa.
Raro, débil, inútil.
Nadie lo golpeaba lo suficiente como para dejar marcas visibles, pero lo suficiente como para enseñarle que era mejor no estorbar. Aprendió a pedir perdón incluso cuando no sabía por qué, aprendió a aceptar migajas de atención como si fueran premios, aprendió que, si alguien se quedaba, debía agradecerlo... aunque doliera.
Y ahora, sentado, atado, con la mirada fija en la pared descascarada, entendía algo que todavía no sabía nombrar: No era la primera vez que estaba atado, solo era la primera vez que había cuerdas de verdad.