Dominio

El punto de ruptura

La primera vez no fue un golpe, fue un empujón, una discusión pequeña. Una palabra mal dicha, una respuesta que no fue lo suficientemente rápida. El dominante estaba alterado, caminaba de un lado a otro, respiraba con rabia contenida.

-Siempre lo haces más difícil.-

Él intento explicarse, no estaba desafiando, solo quería que lo escuchará. Pero el no lo escuchó, la mano llegó primero al brazo, un agarre fuerte, demasiado fuerte. Lo empujó contra la pared, el impacto no fue lo que dolió, fue la mirada, no era enojo común. Era posesión herida, era necesidad de imponer, hubo un segundo de silencio, y en ese segundo, el decidió que era su culpa. La disculpa salió automática, temblorosa, familiar.

El dominante soltó su brazo y, como si nada hubiera pasado, lo abrazo. Dijo que lo había provocado, dijo que estaba bajo mucha presión, dijo que lo amaba demasiado como para perder el control. Y ahí comenzó todo.

Porque después del primer empujón, el límite ya estaba roto, los gritos se volvieron más frecuentes, los jalones más fuertes y las amenazas más claras. No siempre había golpes visibles, a veces bastaba con arrinconarlo, con apretar su mandíbula para obligarlo a mirarlo, con recordarle quien tenía el poder.

Y cuando la culpa comenzó a pesar demasiado, apareció el alcohol. Al principio fue compartido, una botella sobre la mesa, risas forzadas y promesas de que todo iba a mejorar. El dominante Benja para liberar tensión, el bebia para adormecer el miedo.

Después llegó algo más... Una noche, ente humo y luces bajas, alguien ofreció algo "Para relajarse". El dominante acepto sin dudar, él dudo... pero no quería parecer débil, no quería decepcionarlo.

La primera vez fue para encajar, la segunda para olvidar, la tercera, porque el vacío era más fuerte que el miedo. Las sustancias hacian que todo se sintiera intenso, menos real, las discusiones parecían lejanas, el dolor se volvió borroso, pero también se volvía más dependiente.

Dependiente de la sensación, dependiente del escape, dependiente de él. El dominante comenzó a usar eso a su favor, si quería que se quedara lo sedaba con promesas y humo, si quería que obedeciera lo debilitaba con culpa y resaca. Y así, sin darse cuenta del momento exacto en que ocurrió, su mundo empezó a girar al rededor de dos cosas: el miedo... y la necesidad de no sentirlo.




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