Dominio

El presente no perdona

La cuerda raspaba cada que intentaba mover los dedos, no lo suficiente para sangrar, si lo suficiente para recordarle que estaba ahí.

El aire del cuerto se sentía espeso, afuera la noche parecía tranquila, demasiado tranquila para que alguien que tenía el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar antes que el.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, había aprendido a pedir el tiempo por sonidos, pasos en el pasillo, una puerta que se abre, una respiración detrás de él. Ya no gritaba, había descubierto que el silencio provocaba menos consecuencias.

Escuchó el sonido de la cerradura, su cuerpo reaccionó antes que su mente, la espalda se tensó, los hombros se encogieron apenas, no por dolor inmediato... sino por anticipación.

Dante entro sin prisa. No necesitaba correr, no necesitaba levantar la voz, el control no siempre exige ruido. Se detuvo frente a el.

-Mirame.-

No fue una orden gritada, fue una instrucción firme y pesada. Le tomó el mentón y obligó su rostro hacia arriba, sus ojos se encontraron. Dante buscaba algo: culpa, arrepentimiento, obediencia.

Siempre encontraba lo último.

-Si no me olbligaras, no tendría que hacer esto.-

La frase cayó como una sentencia conocida, repetida tantas veces que casi parecía verdad. Pero, por primera vez, algo fue diferente, mientras sostenía esa mirada, mientras sentía el peso de esa presencia sobre él, algo en su interior no se quebró. Se movió, apenas, un gesto mínimo; un intento de soltar una muñeca contra la cuerda, Dante lo notó. Si expresión no cambió, no a furia inmediata. A algo peor: decepción.

-No has aprendido.-

La presión en su brazo aumentó, no fue necesario un dolor, el mensaje estaba claro. El control seguía intacto, pero dentro de él, en un rincón muy pequeño que llevaba años apagado, algo comenzó a encenderse.

No era valentía, no todavía, era cansancio. Y el cansancio, cuando crece lo suficiente, puede ser más peligroso que el miedo. El presente no persona, pero tampoco olvida. Y por primera vez, mientras la cuerda seguía firme alrededor de sus muñecas, entendio algo que nunca antes se había permitido pensar: Tal vez el dominio no era eterno.




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