CAPITULO 3
Soñar no cuesta nada.
Pero animarse… sí.
Animarse es exponerse a lo que no se controla.
A eso que se mantiene al margen porque desordena.
A veces todo parece ir en línea recta.
Previsible.
Sin fisuras.
Hasta que algo irrumpe.
No con fuerza…
Sino con precisión.
Todo empieza a encajar sin explicación.
Como si cada instante hubiese estado esperando ese cruce.
Y en ese punto… ya no hay distancia.
Se vuelve presente.
Inevitable.
Vivirlo como un sueño es mantenerlo a salvo.
Hacerlo real… es perder esa protección.
Porque cuando se vuelve real… ya no depende de uno.
Ella apareció.
No hubo búsqueda.
No hubo intención previa.
Y sin embargo, estaba ahí.
Trajo una idea.
Pero no fue la idea lo que quedó.
Fue lo que generó.
Nos miramos.
Y en ese gesto mínimo… algo se tensó.
No era solo atracción.
Era una percepción compartida.
Una certeza que todavía no se nombraba, pero ya condicionaba todo.
La sonrisa no alcanzaba a disimularlo.
Había una pausa… apenas perceptible.
Como si ambos midieran hasta dónde avanzar sin decirlo.
Pero la mirada no negocia.
Sostiene.
Presiona.
Invita.
Y en esa insistencia silenciosa… rompe.
El abrazo no fue una decisión.
Fue una consecuencia.
La cercanía alteró el ritmo interno.
La respiración dejó de ser regular.
El cuerpo respondió antes que cualquier pensamiento.
Y ahí apareció lo interesante:
La mente dejó de dirigir.
Empezó a seguir.
Cada sensación desplazaba cualquier intento de control.
No había análisis posible.
Solo registro.
El perfume… fijando presencia.
El calor… marcando proximidad.
El contacto… desarmando resistencia.
Nada era exagerado.
Pero todo influía.
La tensión no venía de lo que pasaba…
Sino de lo que podía pasar.
De ese margen entre avanzar o detenerse.
De ese segundo en el que todavía se puede elegir…
Y ya no se elige.
Los sentidos se alinearon.
Y cuando eso ocurre… la mente cede.
La atracción dejó de ser una idea.
Se volvió dirección.
Avanzó.
Sin permiso.
Sin freno.
Sin necesidad de justificarse.
Y en ese avance… se transformó.
Superó lo esperado.
Superó lo pensado.
Hasta ese punto donde ya no hay medida.
Solo intensidad.
Un sentir…
Y su consecuencia.
La libertad.
Pero no una libertad liviana.
Una libertad que implica soltar el control.
Aceptar el riesgo.
Sostener lo que venga.
Porque cuando las barreras caen…
Lo que empieza… puede quedarse.
Y eso es lo que realmente expone.
Atreverse a soñar no es imaginar.
Es permitir que los sentidos tomen el mando…
Y aceptar lo que despiertan.
Incluso cuando ya no hay vuelta atrás.