EPÍLOGO
En silencio, llega de golpe.
Se instala.
Queda suspendido entre lo que fue y lo que todavía respira.
No empuja. No exige.
Solo está.
El aire roza distinto.
Más denso. Más presente.
Como si cada instante hubiera dejado una marca invisible, acumulada sin aviso.
No hay apuro.
Tampoco pausa.
Todo sigue ahí.
Intacto, pero transformado.
Las huellas no desaparecen.
Se acomodan.
Y en ese acomodo…
algo deja de avanzar sin dirección.
No hay victoria.
No hay derrota.
Solo un pulso que ya no se desborda.
Que no necesita romper.
Permanece