Cuando nací, cada ser humano portaba un don, una chispa de poder que lo hacía único. No había excepción. Mi familia, sin embargo, no era solo parte de esa tradición… era el pilar mismo de la grandeza. La más poderosa de toda la ciudad. Por ello, nos rodeaba el respeto, y también el temor. Nadie se atrevía a desafiarnos, lo cual era bueno ya que los tiempos de paz estaban terminando.
Mi madre, Mayrín, era una maestra de los elementos; podía invocar tormentas o calmar el fuego con un simple gesto. Mi padre, Mark, era un imponente hombre lobo alfa, de los más antiguos y temidos. Mi hermana, Klior, heredó el poder de ambos: una fusión letal de naturaleza y fuerza salvaje. Ella estaba destinada a convertirse en la próxima alfa. Por otro lado, mi hermano Raff recibió un legado más oscuro: el don de mi abuela. Él podía manipular la mente y doblegar la voluntad ajena. Un poder tan peligroso que mis padres decidieron apartarlo del mundo, pues ya conocían bien sus consecuencias. Mi abuela, dueña original de esa habilidad, se había convertido en una fugitiva, culpable de provocar guerras internas y de llevar la muerte a incontables inocentes.
Tras el nacimiento de Raff, mis padres habían decidido cerrar el círculo familiar. Lo hicieron obedeciendo una advertencia que resonó como una profecía: «No deben tener más de dos hijos si desean conservar el poder. El tercero lo cambiará todo».
Esa fue la voz grave de mi abuelo, una figura sabía que no hablaba en vano. La advertencia caló hondo.
Pero el destino tiene sus propios planes. Un mes después de aquellas palabras, mi abuelo murió... y ese mismo día, mi madre descubrió que llevaba en su vientre a un tercer hijo: a mí.
La noticia cayó como un rayo. Cuando se lo contó a mi padre y a mis hermanos, todos rechazaron la idea. El temor a la profecía era más fuerte que la alegría. Pero con el tiempo, sus corazones cambiaron. Comenzaron a esperarme, con esperanza y con ansiedad. Solo mi padre mantenía la mirada dura, como si en su interior aún luchara contra la idea de mi existencia.
El día de mi nacimiento fue señalado por el cielo mismo. Mientras mi madre era consumida por los dolores del parto, el orbe de comunicación anunció la llegada del cometa celestial Woodma. Un evento cósmico que no ocurría desde hacía una decada. Fue ese cometa el que, al fragmentarse en el cielo, sembró las partículas que dieron origen a nuestros poderes. Fue él quien despertó la era de los dones.
Pero, así como da, también arrebata. Por veinticuatro horas, cada vez que Woodma atraviesa la bóveda celeste, los dones se desvanecen. Y ese fue el día en que yo nací.
Cuando mi padre llevaba a mi madre al centros de sanación, con el rostro tenso y los nervios a flor de piel, no pudo evitar decirle: —Ya ves, Mayrín, te advertí que era una mala idea tener a ese niño. Y el hecho de que el cometa Woodma cruce el cielo justo hoy… es una señal. Una señal de que tu padre tenía razón. Ese niño nos traerá problemas—.
Mi madre lo miró con firmeza, a pesar del dolor de las contracciones, y respondió: —¿Cómo puedes decir eso, Mark? El cometa solo afecta a quienes ya tienen poderes, ¿se te olvida que los poderes no despiertan hasta los nueve años? Este niño ni siquiera ha nacido—.
Horas después, en el momento exacto de mi nacimiento, el cometa Woodma surcó el cielo sobre el centros de sanación. Un haz de luz descendió desde él, como si el universo mismo hubiera apuntado su dedo hacia mí. Me tocó, apenas un instante… pero ese instante bastó. Mi ADN cambió. Nadie lo notó. Yo solo era un recién nacido.
Pasaron cinco años. Fue entonces cuando mis padres comenzaron a prepararme para el legado que corría por nuestras venas: los poderes heredados de nuestros ancestros. Me instruyeron sobre cómo funcionaban los poderes, cómo se controlaban, y me contaron historias de gloria y tragedia que rodeaban a nuestra familia. Todo era parte de mi entrenamiento, pues el día de mi noveno cumpleaños se acercaba. El día en que, según la tradición, despertaría mi poder.
Cuando amaneció ese día, no pude contener la emoción. Salté de la cama con el corazón acelerado y grité con toda mi alma que era hoy, que cumplía nueve años y recibiría mi poder, que ya quería saber cuál sería.
Mis gritos despertaron a toda la casa. Mi madre entró a mi habitación con una sonrisa cálida. —Feliz cumpleaños, hijo mío. Hoy es el comienzo de tu verdadero destino—, me dijo con cariño.
Corrí a abrazarla con fuerza. Ella me acarició el cabello, se dio la vuelta y fue a preparar el desayuno como si todo fuera normal… pero no lo era.
Cuando bajé a la sala, mi padre me miró con el ceño fruncido, alarmado por lo que veía en mí. —¿Por Dios, Troy! ¿Qué demonios tienes en el ojo? —, preguntó con un tono preocupado.
—¡Qué! ¡Nada! ¡No me puse nada! —, le respondí, sorprendido por su reacción.
—¿Cómo que nada? Tienes un ojo de color café—, insistió mi padre, señalando mi rostro.
—¡Te juro que no me puse nada! —, exclamé, corriendo hacia el espejo.
Y justo en ese momento… lo vi. Mi ojo azul cambiaba lentamente a un café profundo, como si algo dentro de mí despertara. —¡Mamá! ¡Está pasando! ¡Mis ojos están cambiando de color! ¡Voy a recibir mi poder! —, grité emocionado.
Pero cuando giré para ver a mi madre, su rostro no era de alegría. Tenía una expresión que intentaba ocultar el miedo. Aun así, con voz quebrada, me dijo: —Sí, hijo… muchas felicidades—, y sollozó levemente.
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Editado: 19.03.2026