Dominios mágicos

2 - El Nacimiento de un Renegado

En el instante en que los vi hablando, un escalofrío helado me recorrió de pies a cabeza. Un presentimiento oscuro se apoderó de mí, inmovilizándome. Era como si todo el aire de la casa se hubiera vuelto pesado, difícil de respirar. Mi corazón palpitaba con fuerza, cada latido resonando en mis oídos como un tambor de guerra. Allí estaban ellos: dos hombres desconocidos, vestidos con uniformes oscuros que irradiaban una autoridad incuestionable. ¿Qué hacían en la casa de mis padres? ¿Acaso... ya sabían la verdad? ¿Sospechaban que había sido yo quien provocó el incendio?

Quise dar un paso atrás, huir, desaparecer. Pero entonces, algo dentro de mí «más fuerte que el miedo» tomó el control. La necesidad urgente de saber qué demonios estaba pasando venció al terror paralizante. Para cuando me di cuenta, ya había cruzado la sala, enfrentándome cara a cara con ellos: los guardias de contención... y mis padres.

—Mamá, papá... ¿qué está pasando aquí? —, pregunté, con la voz apenas un susurro.

Mi madre, lanzó una mirada temblorosa a los hombres antes de responder, su voz cargada de angustia contenida. —Los señores dicen que quieren hacerte unas preguntas... —, me dijo, con la mirada fija en el suelo.

Mi padre se adelantó un paso, su ceño fruncido en una mezcla de enfado y desprecio. —Afirman que eres el principal sospechoso del incendio que destruyó el instituto—, dijo, casi escupiendo las palabras. —Claramente no tienen idea de lo que dicen—.

El más alto de los guardias, uno de cabello negro como la noche, intervino con voz firme. —Por favor, ¿nos permiten hablar a solas con el chico? —, preguntó, con una cortesía que no disimulaba su autoridad.

Mi padre soltó un bufido de frustración, rodó los ojos y, sin dignarse a decir más, tomó del brazo a mi madre y la arrastró fuera de la sala. Su partida dejó tras de sí un vacío helado. Me quedé solo, frente a ellos.

Los observé con atención. Altos, imponentes. El del cabello negro tenía unos ojos violeta que parecían atravesarlo todo, leer directamente el alma. El otro, de cabello castaño, poseía un ojo verde profundo y otro completamente negro, como un abismo. La sangre me heló en las venas. Sabía lo que significaba: uno podía detectar mentiras, el otro tenía el poder de acceder a recuerdos y, peor aún, de suprimir habilidades ajenas. Eran especialistas. No habían venido a hacer preguntas... habían venido a confirmar lo que ya sospechaban.

No había escapatoria.

Se presentaron con una frialdad que cortaba como el acero.

—Soy Hinty—, dijo el de los ojos violetas, con una leve inclinación de cabeza.

—Y yo, Eloc—, agregó el de los ojos dispares, con una mirada penetrante.

Eloc inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome como a un espécimen bajo el microscopio. —Así que tú eres el famoso Troy... el chico que juraba no tener poderes y terminó incendiando la escuela—, dijo, con una sonrisa burlona.

Tragué saliva. No tenía sentido negar nada. —Sí. Soy yo. ¿En qué puedo ayudarles? —, pregunté, tratando de mantener la compostura.

Hinty arqueó una ceja, evidentemente sorprendido. —Vaya, te entregas así de fácil. Ni siquiera intentas mentir para salvarte el pellejo—, comentó, con una mirada de incredulidad.

—¿De qué serviría? —, respondí, encogiéndome de hombros. —Solo retrasaría lo inevitable. Pero antes de que me lleven, quiero que sepan algo: no sé cómo logré usar ese poder ayer... y desde entonces, no he podido volver a activarlo—.

Eloc se volvió hacia Hinty, buscando confirmación. —¿Eso es cierto? —, preguntó, con una mirada de duda.

Hinty entrecerró los ojos, concentrándose un momento antes de asentir, desconcertado. —Dice la verdad... pero ¿cómo es posible? —, murmuró, con una expresión de asombro.

Me aventuré un paso más. —Si aún dudan, pueden mirar el color de mis ojos—, les dije, desafiante.

Eloc me estudió detenidamente. —Sí, cafés... pero explícanos: ¿cómo demonios pudiste controlar el fuego? —, preguntó, con una mirada inquisitiva.

Negué lentamente. —Si lo supiera, se los diría. Llevo todo el día buscando respuestas... y no he encontrado nada—, les dije, con sinceridad.

Un sonido seco nos interrumpió: la puerta se abrió de golpe. Mi padre irrumpió en la sala, pálido como un muerto. Mi madre, detrás de él, lloraba en silencio, su rostro descompuesto por el dolor.

Sin darle tiempo a decir nada, Eloc se acercó, sacó unas esposas mágicas de su cinturón y me las colocó. Mientras recitaba mis derechos en voz baja, casi indiferente, sentí que el peso del mundo caía sobre mis hombros. Luego me condujeron hacia la carroza que aguardaba frente a la casa.

Antes de subir, me giré. Sus rostros eran un mural de decepción. Entonces, mi padre habló, cada palabra afilada como un cuchillo. —Pasaste toda tu vida sin poderes... y lo primero que haces al obtenerlos es destruir el instituto. Tu abuelo tenía razón. Has traído deshonra a esta familia. Desde este momento, considérate muerto para nosotros. Y ni se te ocurra volver—, me dijo, con una frialdad que me heló la sangre.

Con esas palabras, mi padre dio media vuelta y entró a la casa arrastrando consigo a mi madre, que sollozaba desconsolada. Mi alma se quebró en mil pedazos. Esa imagen, la de mi madre alejándose, me quedaría grabada para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.