El amanecer se alzó como un susurro dorado. Rayos tenues de luz descendían desde fisuras invisibles en lo alto, tocando nuestras pieles. Thalorion nos esperaba en el centro de la sala, su bastón firmemente plantado en el suelo, su mirada más seria que nunca. El aire vibraba con tensión: era la tensión de preguntas acumuladas y verdades que por fin iban a ser reveladas.
Nos reunimos alrededor de él, formando un círculo silencioso y expectante. Nuestros ojos lo observaban con profundidad, como si cada palabra que se avecinaba fuera también parte de nuestra historia.
—Ahora sí, cuéntanos todo —exigí—. ¿Cómo es que Maika sigue tan joven? ¿Qué son esos tales Arennos y Varnoks?
Antes de que Thalorion pudiera responder, Sara se cruzó de brazos, impaciente.
—Pero esta vez ve directo al grano —añadió—. Sin tantos preámbulos ni vueltas.
Maika se incorporó lentamente, su mirada cargada de cicatrices invisibles.
—Yo también tengo mis dudas —dijo con voz suave, pero firme—. ¿Cómo lograron vencer a esas criaturas? Eran más poderosas que nosotros. Nos estaban aniquilando uno por uno. ¿Por qué los dragones desaparecieron? Tu “doradito” debería tener la edad de Nyssariel. ¿Y por qué no siento su magia en ninguna parte? Es como si todo estuviera... apagado. Y lo más extraño: ¿por qué todos tienen poderes ahora?
Un silencio cargado se apoderó del lugar. Hasta que el primero en alzar la voz habló.
—Esa última pregunta... te la podemos responder nosotros —dijo Keiden.
—Esa es la historia más importante para nosotros. La única que ha pasado de generación en generación sin desvanecerse. Un legado que se mantuvo vivo incluso en la oscuridad —añadió Klior.
Hinty, como si recitara una antigua leyenda, se aproximó.
—Todo fue gracias al cometa celestial Woodma. Cuando cruzó nuestros cielos por primera vez, dejó caer un fragmento de sí mismo. Ese trozo se convirtió en millones de partículas que se esparcieron por nuestras tierras... y gracias a ellas, obtuvimos nuestros poderes.
Una expresión de asombro comenzó a tejerse en el rostro de Maika. Pero Thalorion alzó una mano, pidiendo silencio. Su voz emergió como un trueno sereno, cortando la ilusión.
—Eso... no es toda la verdad —dijo con una gravedad que heló el aire—. Aquello que llaman “el cometa celestial” no fue una bendición. Fue la condena que lo cambió todo. Aquel cuerpo errante en los cielos no trajo esperanza…
Mi abuela dio un paso al frente, furiosa, con la voz cargada de incredulidad.
—¿Pero qué estás diciendo? —espetó, mirando a Thalorion como si hubiese enloquecido—. ¿Desde cuándo empezaron con esa historia? ¡Eso no es verdad!
Thalorion la observó con serenidad, sin rastro de molestia en su rostro, pero con la gravedad de quien ha cargado con un secreto demasiado tiempo.
—Sí es verdad... para todos aquellos que no murieron ni formaron parte de esa terrible batalla. Ellos nunca supieron lo que realmente ocurrió el día en que obtuvieron sus poderes. Solo yo... —hizo una pausa, con un suspiro amargo—. Pero claro, ¿quién le creería a un joven como yo en aquellos tiempos?
Sus palabras flotaron en el aire como un eco prohibido, una verdad olvidada que comenzaba a reclamar su lugar. Fruncí el ceño, con la mirada fija en la de Thalorion.
—Explícate mejor —dije, con firmeza—. No te estoy entendiendo nada… y creo que no soy el único.
Sara, con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados, me secundó.
—Es verdad. Nadie está entendiendo. ¿Qué es eso sobre "la terrible batalla"? ¿Y cómo que no fue el cometa el que nos otorgó nuestros poderes?
El silencio que siguió fue sepulcral. Thalorion alzó la mirada al techo como si buscara permiso de algo más grande que él, y luego habló.
—Porque no fue el cometa... —dijo con voz profunda—. Fue el sacrificio de los dragones lo que les otorgó sus poderes a cada persona que los tiene hoy en día.
Un murmullo tembloroso recorrió al grupo como una corriente helada. Nadie se atrevía a romper el silencio. Mis ojos se abrieron con asombro. Sara dio un paso atrás, desconcertada. Keiden frunció el ceño, y Maika, incrédula, alzó la vista desde el suelo con una mezcla de reconocimiento y dolor.
—Ellos sabían —continuó Thalorion— que la llegada del cometa marcaría un desequilibrio mágico en los Varnoks y los Arennos y gracias a ello tendríamos una pequeña oportunidad para vencerlos. Así ellos decidieron entregar parte de su alma, su esencia… para protegernos, para darnos la fuerza que necesitaríamos para sobrevivir. Murieron sabiendo que jamás serían recordados como héroes.
Su voz se quebró levemente, y por un instante, todos vieron en él no al viejo sabio, sino al joven que una vez fue, obligado a callar mientras el mundo glorificaba una mentira.
—Nunca nadie supo la verdad. El cometa fue una cortina de humo... un relato conveniente que selló el pacto con una historia más fácil de aceptar. Nadie quiso recordar que el precio de todos sus poderes fue la sangre de los dragones. No me quiero ni imaginar todo lo que sufriste, querido hermano —dijo Maika.
Elda se llevó las manos a la boca, a Klior se le desorbitaron los ojos y el resto nos quedamos boquiabiertos con la confesión de Maika. Ella era la hermanita que acompañó a Thalorion cuando expandió el poder de los dragones.
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Editado: 19.03.2026