Dominios mágicos

21 - El laberinto de las bestias: Hinty

Cuando entré al callejón tras Nick, la impresión de que no tenía fin se apoderó de mí. Mis pasos resonaban en la soledad, como si pisara un pasillo de cristal flotante. Delante, no había señales de Keiden, Sara, Klior ni de Nick. Detrás, tampoco se escuchaba a nadie. El silencio era absoluto, salvo por el ritmo creciente de mi propia respiración.

—Estoy solo…— murmuré para mí mismo, sintiendo un palpable vacío en el estómago que me hizo tambalear.

El pasillo comenzó a estrecharse a medida que avanzaba, hasta que desembocó en una inmensa sala. El ambiente cambió: ahora era húmedo, salado y frío. De las sombras, emergió un resplandor plateado.

Allí estaba.

Un dragón de escamas brillantes como plata pura se erguía frente a mí, con cuernos que semejaban estar forjados de metal. Sus ojos amarillos, intensos y profundos, cruzaron mi ser; sentí que me atravesaban.

—Bienvenido, Hinty, — resonó su voz profunda. —Este no es un pasillo común, sino el umbral del Laberinto de las Bestias. Aquí se pondrán a prueba tu espíritu, tu valor y la esencia de tu poder. Solo aquellos que sean dignos podrán atravesar al Antiguo Valle del Dragón. —

Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi habilidad para hacer pociones con agua era todo lo que conocía. Ese era mi talento, mi vida. Con ese don, había curado, fortalecido y protegido, pero nunca había luchado contra algo que no pudiera ser contenido en un frasco.

—Yo…— intenté articular, pero Velkranor me interrumpió.

—Crees que tu don es débil por haberlo visto como apoyo, ¿no es así? — dijo con un tono grave, que no parecía reproche, sino una certeza. —Lo que no te das cuenta, Hinty, es que dentro de ti no solo circula el arte de las pociones. El agua te sigue, no solo como una esencia transformable, sino como un arma en la lucha contra la oscuridad. — Sus ojos amarillos brillaron intensamente. —El Laberinto revelará tu verdadero ser. Pero recuerda: no puedo guiarte más allá de este punto. Sería hacer trampa, y este lugar no aceptaría a un indigno. Tu destino depende de ti. —

Antes de que pudiera responder, el dragón se desvaneció en un destello plateado, dejando en el aire un profundo silencio.

De súbito, el suelo se convirtió en un océano de gotas; me vi sumergido, respirando agua como si fuera aire. Estaba atrapado en un abismo sin fin.

Un rugido poderoso me recorrió, y del fondo ascendió una sombra titánica: un pulpo enorme de hielo, con ojos blanquecinos y tentáculos hechos de glaciares quebrados.

Lanzó un golpe con uno de sus tentáculos. El impacto me arrojó contra una pared invisible en el agua y sentí un dolor desgarrador en mi brazo. Mientras me retorcía, abrí las manos y, por instinto, el agua respondió a mi llamada.

Era como si siempre hubiera estado preparándose para este momento. Moví los dedos y la corriente me abrazó. Con un empuje, levanté un muro líquido que detuvo el siguiente ataque. Compresioné chorros de agua en afiladas cuchillas que lancé hacia la bestia.

El pulpo se retorció y me embistió, dejando una línea sangrante en mi pecho que ardió en la helada. La rabia me llenó de energía. Formé látigos líquidos y azoté sus tentáculos hasta desgastarlos. Con un último esfuerzo, envolví su cuerpo en un torbellino, comprimiéndolo hasta que su carne helada estalló en pedazos.

Pero antes de poder relajarme, docenas de figuras comenzaron a formarse a mi alrededor: guerreros de hielo, armados con lanzas de cristal y armaduras brillantes, rodearon mi cuerpo flotante.

Sin pensarlo, me lancé contra ellos. Hice girar el agua a mi alrededor como una espiral cortante. Cada movimiento era un acto de lucha. Uno de los guerreros me atravesó la pierna con su lanza; otro me cortó el rostro de la frente a la mejilla. Grité del dolor, pero seguí adelante, sintiendo cómo mi sangre teñía el agua. Esa intensidad me impulsaba. El mar obedecía a mis emociones, y transformé esa energía en un torrente que los desintegró.

Al final, solo quedé yo. Jadeando, temblando y lleno de heridas. Pensé que todo había terminado, pero pronto me di cuenta de que estaba equivocado.

Del fondo emergió un ser mucho más formidable que los anteriores: una figura humanoide gigantesca, hecha de agua y hielo, con un corazón de cristal palpitante en el centro del pecho. Sus pasos hacían vibrar el océano entero. Era el Coloso de las Mareas.

—No…— mi voz se convirtió en un susurro.

El coloso levantó un brazo, convirtiéndolo en lanza que atravesó el agua como un rayo. Logré desviar el ataque con un muro de agua, pero el impacto desgarró mi carne en el hombro. Caí de rodillas en el agua, jadeando, sintiendo como si cada hueso me estuviera quebrando.

El monstruo desgarró su otro brazo, transformándolo en un martillo colosal que descendió sobre mí. Cerré los ojos, temiendo por mi vida. Pero recordé lo que mi maestro Thalorion me había enseñado: —Fluye como el agua, adáptate o muere—.

Me moví. En lugar de resistir, dejé que la corriente me arrastrara, deslizándome alrededor de sus golpes, aprovechando cada hueco. El coloso siguió atacando, devastando el mar en explosiones de espuma. Cada impacto dejaba cicatrices: en el costado, la espalda, la pierna.

Sin detenerme, formé lanzas, espadas y látigos de agua comprimida, dirigiéndolos al corazón de cristal. El monstruo rugió y me aplastó contra el fondo con su martillo. Sentí que mi cuerpo se rompía.




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