A la mañana siguiente, fui el primero en despertar.
Los primeros rayos del sol se filtraban suavemente entre las montañas del Valle del Dragón, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados que parecían encender la tierra misma. Una brisa fresca recorrió el valle, acariciando el pasto que cubría las laderas y provocando que las montañas, vestidas de verde, iniciaran una danza silenciosa y armoniosa, como si el propio valle respirara al ritmo del amanecer.
Me incorporé lentamente, contemplando el paisaje con una sensación extraña en el pecho. No era solo admiración… era algo más profundo. Mi poder latía con calma, pero con una intensidad constante, como si reconociera aquel lugar. Como si siempre hubiera pertenecido allí.
Poco a poco, los demás fueron despertando. Uno a uno salieron de su descanso, observando el valle con la misma mezcla de asombro y respeto. Sin perder demasiado tiempo, y conscientes de la magnitud de nuestra misión, decidimos organizarnos para comenzar la búsqueda.
Los huevos de dragón nos esperaban… en algún lugar del valle.
Nos dividimos en grupos para cubrir la mayor extensión posible.
Maika partió junto a Keiden, ambos con expresiones serias y decididas.
Hinty se ofreció a acompañar a Sara, manteniéndose cerca de ella como una sombra protectora.
Klior, tras una breve pausa, decidió venir conmigo.
Antes de separarnos, Maika nos recordó algo que pesaba como una advertencia sobre todos nosotros: los huevos de dragón, cuando estaban fuera de sus nidos, podían cambiar su forma y color. Eran capaces de mimetizarse con el entorno, volviéndose casi indistinguibles del paisaje para protegerse de cualquier amenaza.
Rocas que no eran rocas.
Raíces que escondían vida ancestral.
Fragmentos del valle que podían albergar el futuro de los dragones.
Y si a eso le sumábamos la inmensidad del Valle del Dragón… estaba claro que aquella no sería una tarea sencilla. Más bien, rozaba lo imposible.
Klior caminaba a mi lado, observando cada rincón con el ceño fruncido. Tras varios minutos de silencio, finalmente habló, dejando escapar su frustración.
Klior: —Esto es demasiado complicado —dijo, deteniéndose—. Los huevos pueden estar en cualquier lugar… y lo peor es que podríamos pasar justo encima de ellos sin darnos cuenta. Con ese camuflaje, es casi imposible verlos.
Suspiró con cansancio.
—Tal vez deberíamos rendirnos. Buscar algo así sin un dragón de verdad es perder el tiempo.
Me giré hacia ella de inmediato.
Troy: —No seas tan negativa, Klior —respondí con firmeza—. Sí podremos encontrar los hue—
No pude terminar la frase.
Una voz suave y muy familiar resonó en mi mente, interrumpiéndome con una claridad que me heló la sangre… y al mismo tiempo me llenó de certeza.
Aelyndra: —Existe una forma más sencilla de encontrar los huevos —susurró—, pero solo funciona si aún se encuentran dentro del valle.
Cerré los ojos por un instante, concentrándome en su presencia.
—Los dragones —continuó—, cuando pensaban en sus huevos, expulsaban una pequeña parte de su magia. Esa energía no desaparecía. Se manifestaba como un rastro, un eco visible solo para quienes saben sentirlo.
Hubo una breve pausa.
—Ese rastro formaba un camino… uno que guiaba directamente hasta los huevos que se habían alejado de sus nidos.
Abrí los ojos lentamente, con el corazón acelerado.
Sin perder más tiempo, cerré los ojos y dejé que el mundo a mi alrededor se apagara.
Silencié mis pensamientos, uno a uno, hasta que solo quedó el pulso de la magia recorriendo mis venas. Entonces imaginé un huevo de dragón: su forma, su energía, el latido de vida que dormía en su interior, esperando el momento de despertar.
Levanté lentamente las manos y permití que el fuego que ardía dentro de mí escapara. No fue una llamarada violenta, sino un hilo delgado y preciso, una corriente viva de energía que danzaba entre mis dedos como si tuviera voluntad propia.
Klior me observaba en silencio, con el ceño fruncido y los ojos llenos de confusión.
Klior: —¿Y ahora qué haces? —preguntó, incapaz de ocultar su desconcierto—. No entiendo nada.
No le respondí.
Seguí concentrado, dejando que el hilo de fuego avanzara por el suelo del valle. Poco a poco, aquella energía comenzó a trazar un camino brillante, serpenteando entre el pasto y las piedras, como si siguiera una huella invisible que solo yo podía percibir.
Sin dudarlo, empecé a seguirlo.
Caminamos durante varios minutos, guiados únicamente por aquel rastro ardiente que pulsaba al ritmo de mi corazón. Finalmente, el hilo de fuego se detuvo y comenzó a rodear una roca de apariencia común, cubierta de musgo y marcada por el paso del tiempo.
Algo en mi interior se estremeció.
Por puro impulso, me acerqué. Con la palma de mi mano aún envuelta en un leve resplandor de fuego, toqué la superficie de la roca.
En el instante en que la magia entró en contacto con ella, la piedra comenzó a transformarse.
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Editado: 23.01.2026