Dominios mágicos

26 - El vínculo del tiempo

La luz de la eclosión aún flotaba en el aire cuando el último cascarón terminó de romperse. Frente a nosotros, seis pequeñas figuras doradas respiraban por primera vez. Sus escamas brillaban como si estuvieran hechas de sol líquido; sus alas, aún frágiles, temblaban al desplegarse torpemente. El Valle del Dragón parecía vibrar con una energía renovada, como si el mundo mismo celebrara el regreso de aquello que creía perdido.

Lo habíamos logrado. Los dragones habían vuelto a la vida.

Una risa llena de alivio y alegría escapó de Sara, resonando en la brisa del amanecer. Hinty dejó escapar el aire que parecía haber estado conteniendo desde hacía horas, como si por fin pudiera relajarse. Incluso Keiden, siempre contenido y serio, permitió que una leve sonrisa cruzara su rostro. Yo no podía apartar la vista de las pequeñas criaturas que se movían frente a mí, intentando ponerse en pie sobre patas inestables. Habíamos vencido al tiempo. Habíamos restaurado lo imposible.

Sin embargo, la euforia se desvaneció rápidamente cuando la voz de Klior nos obligó a tocar tierra.

—¿Pero por qué están tan relajados? —preguntó con firmeza, su tono cortando el aire como una espada. —Se acaba el tiempo. Los Varnok y los Arennos se acercan… y estos dragones apenas son recién nacidos. Nosotros tenemos meses… pero ellos tardarán años en crecer.

El silencio cayó sobre nosotros como una losa, aplastando nuestra alegría. La realidad nos golpeó con fuerza. Porque Klior tenía razón. El renacer no significaba victoria.

Keiden dio un paso al frente, observando a los dragones con el ceño fruncido.

—Es verdad —admitió—. ¿De qué sirve que los hayamos salvado y traído de regreso… si ni siquiera sabemos en cuál de ellos reencarnó Aelyndra, Ithryss, Nocthyrax, Nyssariel, Velkranor o Xyndra? —Su mirada recorrió las seis crías, que se movían nerviosas, explorando su nuevo entorno. —Todos son dorados. No hay ninguna diferencia visible.

Volvimos a mirarles. Seis cuerpos pequeños. Seis destinos entrelazados. Pero ninguno de ellos revelaba su identidad. La tensión creció entre nosotros, cada uno pensando en lo que estaba en juego.

Maika permanecía en silencio, su rostro imperturbable, casi distante, como si estuviera escuchando algo que nosotros no podíamos oír. Entonces, por fin, habló.

—Quiero intentar algo —anunció, su voz calmada pero decidida.

Sara la miró con urgencia, tomando un paso hacia ella.

—Explícate —pidió, la ansiedad marcada en su expresión.

Maika alzó lentamente la mirada, y en sus ojos brillaba una determinación que no habíamos visto antes.

—Existe una runa —dijo—. Aún no se si funcionará… pero podemos intentarlo.

Mi corazón dio un vuelco ante sus palabras.

—No va a funcionar —repliqué casi de inmediato—. Recuerda que todo lo que creó Thalorion desapareció cuando él falleció.

Maika negó suavemente con la cabeza.

—Esta runa no ha sido probada porque no es de Thalorion —declaró con calma—. Es mía.

El aire pareció detenerse.

—No pude completarla… —continuó— porque fui hechizada y dormí durante todo este tiempo.

Keiden, escéptico, frunció el ceño y preguntó:

—¿Y qué hace exactamente esa runa? Porque, a menos que pueda detener el tiempo del cometa hasta que los dragones crezcan, no nos servirá de nada.

Maika sostuvo su mirada con una firmeza que nos dio esperanzas.

—No detiene el tiempo del cometa —respondió—. Pero, si logro completarla y hacer que funcione… podré acelerar el tiempo para los dragones. Haré que crezcan más rápido.

Klior frunció el ceño.

—¿Y cómo se supone que eso no nos afecte también a nosotros?

Maika no dudó en su respuesta.

—Porque está basada en una runa cápsula. Al activarla, primero se crea un espacio sellado, aislado del flujo normal del tiempo. Solo después se activa la runa temporal dentro de esa cápsula. El efecto queda contenido.

La idea era arriesgada. Ambiciosa. Peligrosa. Pero también era nuestra única esperanza.

—Entonces, ¿qué esperas? —exclamé, sintiendo cómo la urgencia volvía a apretarme el pecho. —Termina esa runa. Estos dragones necesitan crecer… y el mundo los necesita.

Maika asintió lentamente.

—La terminaré. Pero puede que me tome toda la tarde… y la noche entera. Quiero que sea perfecta antes de usarla en ellos. No pienso experimentar con sus vidas.

Nadie discutió.

Maika se puso en marcha, buscando una rama firme con la cual marcar el suelo del valle. Eligió un espacio amplio y despejado, y comenzó a trazar símbolos complejos sobre la tierra. Con cada curva y línea que dibujaba, la conexión entre nosotros y el destino de los dragones se hacía más fuerte.

El tiempo pasó. Las sombras comenzaron a alargarse bajo el sol poniente. El cielo se tiñó de tonos anaranjados y carmesí, anunciando el anochecer. Pero Maika no se detuvo. Su concentración era absoluta; cada trazo parecía cargado de conocimiento y anhelos.




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