Dominios mágicos

27 - El Vínculo Renacentista

Sin perder más tiempo, los seis comenzamos a bajar las ramas, dispuestos a dibujar la runa alrededor de los pequeños dragones dorados. Cada trazo debía ser perfecto; la tensión se palpaba en el aire. Nuestras manos temblaban, no por el frío, sino por la magnitud de lo que estábamos a punto de realizar.

Con precisión, trazamos los símbolos a los lados de cada dragón, asegurándonos de que fueran lo suficientemente grandes para que sus cuerpos pudieran crecer dentro del círculo sin romper la barrera. Las líneas brillaban débilmente, iluminadas por un destello mágico que parecía reconocer su propósito.

Cuando finalmente terminamos, guiamos con cuidado a los dragones para que se acomoden dentro de cada runa. Aunque eran crías, en sus ojos podía verse un destello antiguo, como si llevaran en su interior ecos de tiempos lejanos, de una sabiduría perdida en el tiempo.

Respiramos hondo. Activamos las runas.

Primero, las barreras translúcidas surgieron, elevándose como cúpulas de energía viva que encerraron a cada dragón. El aire comenzó a vibrar; el suelo tembló bajo nuestros pies, como si toda la tierra sintiera que algo monumental estaba a punto de ocurrir.

Entonces, ocurrió. Las escamas doradas de los dragones comenzaron a estremecerse. En cuestión de segundos, sus cuerpos comenzaron a crecer. Lo que para nosotros fue un instante, para ellos significaba décadas comprimidas en un flujo acelerado de tiempo. Sus patas se alargaron, sus alas se expandieron con fuerza creciente, y sus colas se estiraron, golpeando el interior de las cápsulas.

Y a medida que ellos crecían, la barrera crecía con ellos, adaptándose para contener la energía descomunal que se desataba en su interior.

Fue en ese momento que los colores comenzaron a cambiar. Uno de los dragones mantuvo su tonalidad dorada, pero su brillo se intensificó, tornándose más puro, más radiante, como si el mismo sol habitará en su interior.

Sin dudarlo, reconocí su esencia. Era Aelyndra.

Los dos dragones a su lado comenzaron a adoptar tonalidades blancas, emitiendo una luz fría y elegante, casi celestial. De repente, uno de ellos se volvió completamente plateado, reflejando la luz en un resplandor metálico.

—Ithryss… —murmuró Keiden, su voz apenas un susurro.

El otro dragón, con su pecho blanco puro, contrastaba noble e imponentemente.

—Velkranor—susurró Hinty, con una seguridad inquebrantable en su tono.

Otro dragón se tiñó de un verde profundo, como si los bosques antiguos hubieran reclamado su forma.

—Nyssariel.

Los dos últimos oscurecieron; uno adoptó un negro intenso, pero su pecho y alas resplandecieron con un tono morado profundo, como el cielo estrellado tras una tormenta.

—Xyndra.

El último dragón también se volvió negro, pero en sus escamas comenzaron a aparecer líneas doradas, como grietas luminosas que contenían un fuego interno.

—Nocthyrax.

El valle entero vibraba con su presencia. Después de lo que para nosotros fue una hora —aunque para ellos fueron cien años completos de crecimiento— los dragones alcanzaron su etapa adulta. Sus cuerpos eran colosales, majestuosos e imponentes. Extensiones de alas que parecían capaces de cubrir el cielo entero.

Y entonces… las runas comenzaron a apagarse.

Las barreras se desvanecieron lentamente, como polvo dorado arrastrado por el viento. Lo habíamos logrado. Pero el precio llegó de inmediato.

Sentí cómo la energía abandonaba mi cuerpo, como si alguien hubiera arrancado una parte de mí desde el interior. Alimentar aquellas runas con nuestro poder nos había drenado más de lo que imaginábamos. Mis piernas comenzaron a temblar, y al girarme para ver a los demás me di cuenta de que Sara fue la primera en caer de rodillas. Luego Keiden perdió el equilibrio. Hinty intentó sostenerse, pero terminó desplomándose. Klior cayó al suelo, inconsciente. Maika apenas logró mantenerse en pie unos segundos más antes de desplomarse también, un intenso miedo me atravesó.

—¡No! —grité, intentando moverme hacia ellos.

Di un paso, pero mi visión comenzó a nublarse. Las figuras frente a mí se volvieron borrosas, y el sonido del viento se distorsionó. Intenté mantenerme firme, intenté resistir, pero en un segundo me sentí completamente perdido.

Caí al suelo.

Todo quedó sumido en un silencio aplastante. No sé cuánto tiempo pasó. Era oscuridad. Un vacío espeso, sin forma ni sonido. Hasta que finalmente sentí que alguien me sacudía con insistencia.

—Troy… ¡Troy, despierta!

La voz llegó lejana al principio, como si atravesara una espesa capa de agua. Pero poco a poco se volvió más clara. Abrí los ojos con esfuerzo.

Lo primero que vi fue el rostro de Maika inclinado sobre mí, sus ojos, normalmente serenos, estaban ahora cargados de preocupación. Detrás de ella se alzaba un muro inmenso de energía, sólido y brillante.

Me tomó un segundo comprenderlo. Klior ya había despertado. Era la única de nosotros capaz de crear ese tipo de barreras. Pero aquella… era distinta. No era solo un muro defensivo. Era más grueso, más denso, vibraba como si estuviera soportando una fuerza titánica.




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