Dominios mágicos

33 - Entre el Amor y la Guerra

La gran plaza de la ciudad de Mordrath estaba completamente llena. El eco de cientos de voces se entrelazaba con el sonido del viento, que corría entre las altas torres del lugar, creando un murmullo casi hipnótico. Frente a nosotros se alzaba el imponente Instituto Alpha-Bouse, el mismo lugar donde todo había comenzado.

Allí, reunidos en un círculo, nos encontrábamos Maika, Hinty, Keiden, Sara, Klior, mi abuela Elda, Nick y yo, junto a los seis dragones que ahora se elevaban majestuosos detrás de nosotros. La escena era impresionante; sus enormes cuerpos cubrían parte de la plaza con sombras profundas, mientras que sus alas plegadas brillaban bajo la luz del atardecer, pareciendo reliquias vivientes de un tiempo antiguo.

La multitud nos miraba con una mezcla de alegría, incredulidad y temor. Muchos de ellos habían presenciado nuestra marcha días atrás, proclamándonos como los Elegidos. Ahora habíamos regresado, y lo habíamos hecho con dragones. Aquello era la prueba viviente de que nuestras palabras no habían sido una simple ilusión. Lo que habíamos advertido… se estaba cumpliendo.

De pronto, entre la multitud, comenzamos a ver dos figuras que reconocí de inmediato: mi madre y mi hermano.

—¡Troy! ¡Klior! —gritó mi madre, su voz cortando el aire como un rayo.

Mayrín corrió hacia nosotros, sus ojos llenos de emoción, y Raff la siguió de cerca. Ambos nos abrazaron con fuerza, como si temieran que desapareciéramos otra vez. Sentí el calor del abrazo de mi madre, y por un instante, todo el peso de los últimos días pareció desvanecerse.

—Me alegra tanto verlos sanos y salvos —dijo Mayrín, su voz ligeramente temblorosa—. No saben cuánto me tranquiliza verlos aquí.

Sonreí levemente, sintiendo que su presencia eludía la tormenta que se avecinaba.

—Gracias, mamá —respondí—. Hemos pasado por muchas cosas… demasiadas.

Miré a Klior por un momento antes de continuar.

—Solo quería volver a sentir tu abrazo.

Respiré hondo, sintiendo cómo la incertidumbre comenzaba a apoderarse de mí.

—Tenemos muchas cosas que contarte.

Klior dio un paso adelante, apremiando el tiempo que se nos escapaba.

—Pero eso puede esperar —dijo con firmeza—. Primero debemos informar a la ciudad sobre lo que se aproxima.

Luego miró a nuestro alrededor, buscando algo entre la multitud.

—Por cierto, madre… ¿dónde está papá?

La expresión de Raff cambió de inmediato, como si un velo de preocupación se hubiera posado sobre su rostro.

—Está enfermo —respondió con ansiedad—. Hemos traído a los mejores sanadores, pero ninguno sabe qué tiene… y no logran curarlo.

Mayrín bajó la mirada, sus palabras resonando como un eco sombrío.

—No es solo su padre —añadió con tristeza—. Toda la manada está enfermando también.

Aquellas palabras hicieron que el ambiente se volviera más pesado, como si una sombra se cerniera sobre nosotros.

De repente, una voz poderosa resonó en la plaza. Para la ciudad fue solo un rugido profundo, pero para nosotros fue un mensaje claro. Xyndra había hablado.

—Es una señal de que los seres oscuros se están acercando —dijo el dragón con gravedad—. Su presencia comienza a afectar a aquellos cuya metamorfosis está atada a la luna.

Klior frunció el ceño, su expresión rodeada de preocupación.

—Si eso es así… ¿por qué no me afecta a mí también?

Nocthyrax respondió con calma, su mirada fija en el joven.

—Porque estás unida a mí. Nuestro enlace te brinda una protección que los demás miembros de la manada no tienen.

Nyssariel avanzó un paso, su voz resonando con autoridad.

—No perdamos más tiempo —dijo con firmeza—. Den el comunicado a los habitantes de esta ciudad que esperan respuestas.

Miró brevemente a Hinty, como si compartieran un entendimiento silencioso.

—Después haremos que Hinty cree una poción de sanación y protección para ayudar a los hombres y mujeres lobo afectados.

Asentimos, comprendiendo la urgencia de la situación. Era momento de hablar.

Sin perder tiempo, nos colocamos en una línea frente a los habitantes de Mordrath. Detrás de nosotros, los seis dragones permanecían erguidos como guardianes.

Keiden y yo nos colocamos en el centro. Con un respiro profundo, él fue el primero en alzar la voz.

—Habitantes de la gran ciudad de Mordrath… —su tono resonó por toda la plaza, exigiendo atención.

El murmullo de la multitud se apagó lentamente, un silencio expectante llenando el aire.

—Después de varios y largos días, hemos regresado… tal como prometimos.

Señaló a los dragones que nos acompañaban.

—Y hemos regresado con los dragones.

Un suspiro colectivo recorrió la plaza, como un leve viento que asomaba entre las hojas.

Maika dio un paso adelante, su mirada penetrante recorriendo los rostros de la multitud.




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