Dominios mágicos

36 - El Precio de la Guerra

Estábamos ahí, frente a frente con los Arennos y los Varnoks. El aire se sentía pesado, cargado de una tensión que parecía capaz de romper el mundo en cualquier momento.

Sara y yo tocamos el suelo primero, y luego Aelyndra, Xyndra y Drakarion descendieron rápidamente desde el cielo. Sus enormes alas levantaron ráfagas de viento al aterrizar junto a los otros cinco dragones, formando una imponente muralla viviente que nos protegía con su propia existencia mientras adoptaban una clara posición de ataque. El suelo vibraba bajo sus garras, resonando con cada movimiento.

Me di la vuelta y miré directamente a Nick. No hizo falta decir una sola palabra. Él me sostuvo la mirada durante un segundo… y luego asintió con determinación. Sin perder tiempo, salió corriendo.

Maika lo vio alejarse y frunció ligeramente el ceño.

—Vaya… qué miedoso nos ha salido Nick.

Negué con la cabeza.

—No se fue por miedo. Se fue a buscar refuerzos, porque yo se lo pedí.

Hinty me miró confundido.

—¿Pero en qué momento le pediste eso? Nunca dijiste una palabra.

Lo miré con una pequeña sonrisa.

—¿No les dije? El poder de Nick es leer los pensamientos de los demás. Por eso no fue necesario que hablara para que él supiera lo que quería que hiciera.

Nadie alcanzó a responder. De repente, un rugido ensordecedor resonó desde lo alto del cielo. Levantamos la mirada.

Y lo vimos. Desde las nubes descendía una figura gigantesca. Un Arenno colosal, envuelto en vendas oscuras que se agitaban como si estuvieran vivas, montaba sobre un Varnok del mismo tamaño. Sus alas negras cortaban el cielo, descendiendo directamente hacia nosotros.

Cuando aterrizaron, la tierra tembló violentamente. El impacto abrió un enorme cráter en el suelo. El Arenno se bajó lentamente de su montura, hundiendo sus pies en la tierra agrietada. Su enorme espada de oscuridad arrastraba chispas negras contra el suelo mientras avanzaba hacia nosotros con pasos pesados. Cada paso hacía vibrar el campo de entrenamiento.

En ese momento, sentí algo extraño. Un mareo repentino me sacudió, mi visión comenzó a nublarse.

—No… por favor, ahora no… —pensé con desesperación, pero fue inútil. Sentí cómo mi cuerpo se desplomaba hacia atrás.

Y entonces… todo desapareció.

De repente, estaba nuevamente en aquel lugar. El lago. El mismo lago cristalino que había visto antes en los recuerdos. Pero esta vez era diferente. No estaba viendo un recuerdo. Esta vez… Jeff estaba frente a mí. Su figura se reflejaba en el agua tranquila mientras me observaba con una expresión seria.

—Vas a necesitar mi ayuda —dijo con voz firme—. Déjame pelear por ti. Tengo más experiencia.

Negué con la cabeza.

—Tienes más experiencia… pero no conoces la runa que creé para destruir la oscuridad de los Varnoks.

Jeff me miró en silencio durante unos segundos. Entonces, una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Ya sé qué hacer. Necesito que confíes en mí.

En el momento en que terminó de hablar… todo volvió a desaparecer.

Abrí los ojos de golpe. El rugido de los dragones llenaba el cielo. La batalla ya había comenzado. Aelyndra, Xyndra, Nyssariel, Velkranor, Ithryss, Nocthyrax y Drakarion atacaban al gigantesco Arenno desde todas direcciones. Enormes llamaradas de fuego cruzaban el aire, mientras columnas de fuego azul, rojo y dorado chocaban contra el cuerpo del monstruo, intentando hacerlo retroceder.

Pero el Arenno no se detenía. Con un solo movimiento de su gigantesca espada oscura, cortaba las llamaradas en dos, dispersando el fuego como si fueran simples chispas. Luego seguía avanzando, imparable. El suelo temblaba bajo cada paso.

En ese instante, sentí algo cambiar dentro de mí. Una presencia. Fuerte. Familiar. El espíritu de Jeff se movió dentro de mí… y tomó el control de mi cuerpo. Me levanté de un salto. Sin dudarlo, corrí directo hacia el Arenno. En mi mano apareció la espada de llama azul. Las llamas ardían con más intensidad que nunca, alimentadas por la fusión de nuestros poderes.

Salté. La espada describió un arco brillante en el aire. Y golpeé al Arenno. Cuando la hoja lo atravesó, el fuego azul explotó sobre su cuerpo. Las llamas lo envolvieron como una tormenta ardiente. El monstruo rugió con furia mientras retrocedía varios pasos por primera vez.

El fuego azul devoraba la oscuridad que cubría sus vendas. El Arenno levantó su espada y, con un violento movimiento, logró finalmente apagar las llamas que lo consumían. Ese fue el detonante que hizo que el resto de los Arennos y los Varnoks comenzaran a atacar. Los cielos se llenaron de rugidos.

Sin perder un segundo, me subí al lomo de Aelyndra.

—Tenemos que liberar a más dragones —dije con urgencia.

Aelyndra extendió sus enormes alas.

—Entonces no perdamos tiempo.

Con un poderoso batir de alas, despegamos hacia el cielo. Sara ascendió detrás de nosotros, acompañada de los dragones que luchaban contra los Varnoks que descendían desde la explosión del cometa. Mientras tanto, en el suelo, Keiden, Hinty, Maika y Klior se encontraban enfrentando a los Arennos que avanzaban hacia la ciudad.




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