Corrí de regreso hacia donde se encontraba Sara. Ella seguía en el aire, con las manos extendidas, elevando a los Arennos y azotándolos contra el suelo una y otra vez. Xyndra la protegía desde lo alto, desviando ataques con sus alas y lanzando ráfagas de energía contra los enemigos que intentaban acercarse.
—¡Sara! —grité, intentando que me escuchara a través del estruendo de la batalla.
Ella giró levemente la cabeza hacia mí sin dejar de pelear.
—¡Debemos continuar! —respondió con firmeza, su voz resonando por encima del caos—. ¡Elévame y llévame hacia el Varnok gigante!
Sara no dudó. Extendió sus manos hacia mí, y sentí cómo la gravedad comenzaba a desaparecer bajo mis pies.
Mi cuerpo se elevó del suelo. El viento me rodeó mientras comenzaba a ascender, y Sara se movió junto a mí, guiándome en el aire. Nos dirigimos directamente hacia el Varnok colosal.
A lo largo del trayecto, Aelyndra y Xyndra volaban a nuestro alrededor, protegiéndonos. Cada vez que un Varnok intentaba interceptarnos, los dragones respondían con ferocidad. Llamaradas de fuego azul y oscuro atravesaban el cielo, obligando a los enemigos a retroceder o desviar su rumbo. El cielo era un caos de alas, fuego y rugidos.
Pero seguimos avanzando. Finalmente, llegamos. El Varnok gigante estaba frente a nosotros. Su tamaño era abrumador. Sus alas cubrían gran parte del cielo, y cada uno de sus movimientos generaba corrientes de aire capaces de desestabilizar incluso a los dragones.
—Ahora o nunca… —murmuré para mí mismo, sintiendo que el momento había llegado.
Con un impulso, me lancé hacia él. Aterrizé sobre su lomo, pero en cuanto lo hice, la criatura comenzó a agitarse violentamente. Su cuerpo se sacudía con una fuerza brutal. Fui lanzado por los aires.
—¡No te sueltes! —gritó Sara, reaccionando de inmediato al controlar mi caída.
Volví a intentarlo. Salté de nuevo y logré sujetarme por unos segundos… pero el Varnok volvió a sacudirse. Caí otra vez. Cada intento era más difícil que el anterior. El monstruo no dejaba de moverse, y no me daba una oportunidad.
Apreté los dientes, luchando contra la frustración.
—Tiene que haber otra forma… —me dije, luchando por mantener la calma.
Entonces, lo entendí. Extendí mi mano, y una daga de fuego azul apareció en ella. Respiré hondo, sintiendo el calor que emanaba de la hoja.
—Una más… —susurré, decidido.
Me impulsé nuevamente. Esta vez, cuando caí sobre su lomo, clavé la daga con todas mis fuerzas. La hoja ardiente se hundió en sus escamas corrompidas. El Varnok lanzó un rugido ensordecedor. Se agitó con violencia, intentando lanzarme al vacío. Pero esta vez… no caí. Me aferré con todas mis fuerzas a la empuñadura de la daga.
El viento golpeaba mi rostro con furia. Mis brazos temblaban, pero no me solté. Con la otra mano, invoqué mi espada de llama azul.
—Ahora… —murmuré con determinación.
Comencé a trazar la runa. Las líneas se dibujaban con dificultad sobre su lomo en movimiento. Cada trazo era un desafío, cada segundo, una lucha por mantener el equilibrio. Pero no me detuve. Cuando tracé la última línea, la runa se activó.
La luz explotó sobre el cuerpo del Varnok, envolviéndolo en un resplandor inimaginable. Sin perder tiempo, saqué la daga y, en un giro audaz, me dejé caer. Sara me sostuvo en el aire antes de que tocara el suelo.
—¡Lo lograste! —exclamó ella, la emoción brillando en sus ojos.
La intensa luz cubrió al Varnok durante varios segundos, una luz pura e imposible de ignorar. Y entonces… la oscuridad comenzó a desprenderse. El cuerpo de la criatura empezó a transformarse. Las sombras desaparecieron. Sus alas se reconstruyeron, sus escamas cambiaron, hasta que finalmente… la luz se disipó.
Ante nosotros se alzó un dragón colosal, de un azul brillante como el cielo, con el pecho de un dorado intenso, como si llevara el sol en su interior. En ese instante, el horizonte comenzó a iluminarse, como si el mismo sol respondiera a su llamado. La noche llegaba a su fin; habíamos peleado… toda una noche.
El dragón abrió sus alas y lanzó un rugido. Un rugido tan poderoso que hizo vibrar el aire y temblar la tierra. Todos los Arennos se detuvieron, el campo de batalla quedó en silencio. Todos contemplaban al dragón con asombro.
Hinty fue el primero en reaccionar. Aprovechó el momento y rápidamente creó varias pociones de aumento.
—¡Tomen esto! —gritó, lanzándolas hacia Maika, Klior y Keiden.
Ellos las tomaron sin dudar, y al beberlas, sus ojos comenzaron a brillar con intensidad. El poder en sus cuerpos aumentó de inmediato. Klior levantó sus manos; la tierra respondió. Una enorme jaula de roca, raíces y metal emergió del suelo, atrapando a varios Arennos en su interior.
Keiden invocó sus armas de luz lunar, ahora mucho más intensas. Sus ataques cegaban y atravesaban a los enemigos, obligándolos a retroceder. Hinty, con su agua solidificada, creó enormes estructuras que golpeaban y empujaban a los Arennos hacia la jaula.
Maika, por su parte, se transformó en un gigante. Su tamaño superaba al de cualquier criatura en el campo de batalla. Con una fuerza abrumadora, tomaba a los Arennos como si fueran simples muñecos y los arrojaba dentro de la jaula creada por Klior. La batalla cambió completamente.
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Editado: 19.03.2026