Dominios mágicos

38 - El Comienzo de la perdida

El silencio reinaba. Un silencio pesado, profundo, como si la tierra misma contuviera la respiración después del rugido de la guerra. Klior alzó lentamente sus manos y la enorme jaula comenzó a desvanecerse. Los barrotes descendieron poco a poco, fundiéndose nuevamente con la tierra hasta que no quedó ni un solo rastro de lo que, hacía apenas unos instantes, había sido el epicentro del infierno. Todo había terminado. O al menos… eso parecía.

Sentí cómo el poder abandonaba mi cuerpo. La energía que me había envuelto, que había ardido en cada célula, comenzó a disiparse, regresando a sus verdaderos dueños. Mi llama se extinguió lentamente, mi espada desapareció, y el peso de la realidad cayó sobre mí con la fuerza de una marea helada.

Escuché pasos. Rápidos. Desesperados. Mi madre, Mayrín, llegó hasta mí y tomó mi rostro entre sus manos; su mirada era una mezcla de angustia y alivio. —¿Estás bien, Troy? —preguntó con la voz temblando.

Intenté responder, pero no pude. Sentí cómo mis ojos se llenaban de lágrimas y cómo mi visión se nublaba. Y entonces cayeron. Las lágrimas, una tras otra, sin control. La imagen de Nick en el suelo volvió a mi mente: su cuerpo, su sacrificio. —Nick… —mi voz se quebró—. Murió protegiéndome… y no pude hacer nada al respecto.

Las palabras me destrozaron por dentro. Mis piernas dejaron de responder; caí de rodillas mientras el mundo a mi alrededor parecía desmoronarse en silencio. Mi madre me abrazó con fuerza, un abrazo cálido, firme, real, como si intentara sostener todos los pedazos en los que me estaba rompiendo. Unos segundos después sentí más presencias: Raff y Klior se unieron al abrazo, y por primera vez después de varios meses me permití sentirlo todo. El dolor. La pérdida. El vacío. Porque habíamos ganado… sí. Pero el precio había sido demasiado alto.

Cuando logré tranquilizarme y ponerme de pie de nuevo, alcé la mirada. El cielo aún estaba cubierto de dragones. Los que habían sido liberados de la oscuridad volaban en círculos sobre nosotros, majestuosos y libres, como si celebraran su regreso; sus alas cortaban el aire con fuerza, reflejando la luz del sol. Pero uno a uno comenzaron a marcharse. Ascendieron hacia el cielo, alejándose poco a poco hasta desaparecer entre las nubes. Todos… excepto Aelyndra, Velkranor, Ithryss, Xyndra, Nyssariel, Nocthyrax y el gran dragón azul de pecho dorado.

Nos reunimos frente a ellos. El ambiente cambió; ya no era el caos de la guerra, sino algo más profundo. Aelyndra dio un paso al frente y sonrió con esa mezcla de severidad y orgullo que siempre tenía. —Bien hecho… Sabía que lo lograrían —dijo, y su mirada se posó en mí—. En especial tú, Troy. Hiciste un gran trabajo manejando el poder… y tu espada.

Xyndra inclinó levemente la cabeza. —Gracias a ti, Troy… logramos recuperar nuestras Flight— añadió con calma, la gratitud salió como un filo suave en su voz. Nyssariel avanzó con una expresión solemne. —Y también… al dragón que la fundó, Auryleon.

Mi mirada se dirigió al enorme dragón azul. Su presencia era distinta, más imponente. —Pero yo solo liberé a unos pocos —dije, bajando la voz—. Fue él quien los liberó a todos…

Auryleon bajó ligeramente la cabeza hacia mí; sus ojos brillaban con una sabiduría que parecía infinita. —No —su voz resonó como un eco profundo—. Fuiste tú. Si no hubieras creado la runa… yo no habría podido liberarlos. — Hizo una breve pausa—. Lo único que hice… fue copiarla… y dispersar su poder.

Maika dio un paso al frente, la sorpresa visible en su rostro. —¿Y cómo lograste hacer eso? — preguntó, sin entender del todo. Nyssariel respondió antes que él: —Porque él es el creador.

Todos guardamos silencio. —El creador de las runas —continuó Nyssariel—. Las mismas con las que ustedes han estado trabajando. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Miré al dragón, y no supe qué decir.

—¿Entonces…? pregunté con un hilo de voz. Nyssariel asintió, la gravedad en sus rasgos. —Al ser el creador… no necesita dibujarlas.

Auryleon habló una vez más, su voz firme: —Yo no trazo las runas… las leo… y las manifiesto.

El viento sopló con fuerza a nuestro alrededor. En ese momento sentí algo extraño: algo empezó a desprenderse de mi interior. Una energía familiar que tironeaba hacia fuera. Todos dieron un paso atrás cuando, frente a nosotros, una figura comenzó a formarse como un espectro, como un recuerdo hecho presencia. Jeff apareció. Su mirada era seria, distante, y una tensión fría se extendió en el aire.

—Los veo festejando— dijo con voz grave—, pero esto aún no se acaba.

El silencio se hizo absoluto. —Tal vez lograron vencer a los Arennos… por ahora, —continuó—. Pero ellos regresarán.

Sara frunció el ceño, incrédula. —¿Pero cómo es posible? ¡Troy los quemó vivos! —exclamó, el desconcierto pintando cada sílaba.

Maika negó lentamente, con la comprensión áspera de quien ha visto la verdad oculta. —Pero esos… no eran sus verdaderos cuerpos, dijo en voz baja. Solo eran recipientes.

Keiden dio un paso al frente, buscando respuestas. —Explícate mejor, —pidió.

Jeff asintió, y su forma comenzó a volverse inestable, como si el tiempo trabajara en su contra. —Los Arennos son espíritus oscuros. No tienen cuerpo propio. Toman cuerpos vacíos… sin alma… y los usan como recipientes para manifestarse en este mundo, —explicó. Su voz dejaba un escalofrío en cada uno de nosotros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.