El eco del valle aún resonaba con la onda que habíamos sellado; la sensación de haber entregado algo que nunca volvería flotaba en el aire como una neblina tenue. Aún con la impresión del último adiós fresco en la piel, todos nos reunimos alrededor de Maika formando un círculo cargado de tensión y determinación. El silencio parecía contener la respiración mientras esperábamos que ella hablara, como si el mundo aguardara la siguiente orden.
Maika dio un paso al frente. Sus ojos reflejaban cansancio, pero también una firmeza inquebrantable. —Antes del despertar de los arennos —dijo con voz firme, apenas teñida de nostalgia— logramos colocar las runas en cinco puntos especiales y precisos. Lugares estratégicos donde la magia podría expandirse y recorrer incluso aquellos territorios donde no fueron colocadas directamente… Escamaria, Lumindral, Thyrael, Ignyros y Eryndralis.
Al escuchar los nombres, un silencio pesado cayó sobre nosotros. No eran simples ciudades; eran símbolos de lo que fuimos, de lo que aun podíamos salvar. Tomé aire y di un paso adelante, sintiendo cómo la responsabilidad pesaba en cada palabra. —Entre todos, solo uno podrá ir acompañado —declaré, mirando a cada uno de mis compañeros—. Así que yo iré con Maika… a Escamaria.
No fue una decisión impulsiva. Escamaria era su hogar. Keiden cruzó los brazos con esa seguridad que nunca lo abandonaba y dijo sin vacilar: —En ese caso, yo iré a Eryndralis.
Hynti asintió con serenidad, como si ya hubiera aceptado su destino incluso antes de escucharlo: —Entonces yo me dirigiré a Ignyros.
Sara observó el mapa invisible que todos teníamos en la mente; su mirada osciló entre las opciones restantes y murmuró pensativa: —Nos quedan dos… Qué difícil decisión. Klior, ¿hacia cuál quieres ir tú?
Klior no dudó demasiado, aunque su voz mostró la magnitud de lo que enfrentábamos: —Me gustaría ir a Lumindral.
Sara aceptó la elección con una leve sonrisa cargada de valentía y respondió: —Entonces yo iré a Thyrael.
En ese instante, una sombra majestuosa cubrió el suelo. Auryleon, el gran dragón azul, desplegó sus enormes alas que brillaban como fragmentos de cielo vivo. Su presencia imponía respeto y una esperanza que dolía. —Ya han escogido su destino —rugió con voz profunda, —. Ahora partan… y completen la misión. Que la oscuridad no vuelva jamás. Con un poderoso batir de alas, se elevó hacia los cielos, desapareciendo entre las alturas como un guardián eterno.
Maika giró levemente la cabeza y, con la claridad de quien necesita confirmación, preguntó a Nyssariel: —¿Ya todos los dragones están asentados en el Valle del Dragón?
Nyssariel respondió con calma, su voz suave y firme: —Así es. Todos han regresado a nuestro hogar.
No hubo más palabras; no hacían falta. Uno a uno comenzamos a montar a los dragones. El sonido de alas desplegándose llenó el aire y en instantes nuestros compañeros se elevaban en distintas direcciones, como fragmentos de una misma esperanza que se dispersaban por el mundo. Hasta que solo quedamos Maika y yo, junto a Nyssariel y Aelyndra. El silencio que quedó atrás era distinto: más íntimo, más pesado.
La miré de reojo y pregunté, tratando de aligerar el nudo en la garganta: —¿Lista para volver a tu pueblo natal?
Ella bajó la mirada por un instante y, cuando respondió, su voz llevaba el peso de los recuerdos: —No… No quiero ver el pueblo donde nací y crecí convertido en ruinas.
La comprendía más de lo que podía decir. —Entonces no tienes de qué preocuparte —sonreí apenas, guardando el misterio—. No te diré nada… hasta que lleguemos.
Por un instante el tiempo pareció detenerse. Y entonces, como si el destino mismo diera la señal, ambas dragonas extendieron sus alas al mismo tiempo. El viento rugió, el suelo quedó atrás y en un solo impulso nos elevamos hacia los cielos, emprendiendo el vuelo en dirección a Escamaria.
Después de un par de horas trazando rutas entre nubes teñidas por el ocaso, finalmente divisamos la entrada de Escamaria. Las puertas del pueblo se alzaban ante nosotros, intactas y majestuosas, como si el tiempo jamás las hubiera tocado. Maika quedó completamente inmóvil; sus ojos se abrieron con asombro y por un momento fue incapaz de pronunciar palabra. La ciudad que había temido volver a ver no estaba en ruinas. Estaba viva.
—¿Qué… qué pasó aquí? —murmuró con voz quebrada por la incredulidad—. Hasta la última vez que la visitamos… todo estaba destruido.
Nyssariel descendió con elegancia, posando sus garras sobre la tierra con calma ancestral y explicó con serenidad: —Lo que viste entonces fue una ilusión. Un hechizo lanzado por los dragones. Escamaria fue transformada en el Laberinto de las Bestias.
Maika bajó lentamente de Nyssariel y sin apartar la vista del pueblo. —Pensé que en el pasado… algún varnok o arenno había escapado —confesó— y que la habían destruido por completo.
Aelyndra inclinó la cabeza con comprensión. —Ya sabes que no fue así, dijo—. Y gracias a que el hechizo fue levantado… Escamaria ha vuelto a su forma original.
El viento soplaba con suavidad entre las estructuras intactas, como si la ciudad misma susurrara recuerdos. Di un paso al frente rompiendo el momento con la voz firme: —Bien… a lo que vinimos. ¿Dónde está la runa?
Maika respiró hondo; la nostalgia todavía pesaba en su mirada, pero la determinación volvió a encenderse. —En mi casa —respondió—. Síganme.
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Editado: 19.03.2026