Dominios mágicos

Epílogo

Pasaron cinco años desde aquel día en que los poderes de todos desaparecieron. Cinco años en los que el silencio dejado por la magia fue, al principio, una herida abierta.

Los primeros meses fueron los más difíciles. El mundo entero parecía haber perdido una parte de sí mismo. Durante generaciones los poderes había sido una herramienta, una extensión natural de la vida cotidiana: se usaba para construir, sanar, proteger… incluso para las tareas más simples. Y de pronto, ya no estaba. La gente tuvo que aprender de nuevo. Aprender a vivir sin depender de lo que alguna vez fue tan esencial como respirar. Hubo frustración, desesperación, miedo. Pero, con el tiempo, algo cambió: se adaptaron. El mundo siguió adelante. Y nosotros… también. Aunque no juntos.

El cierre del valle nos dejó dispersos como semillas que el viento arrastra: los seis tomamos caminos distintos, como si el destino que nos había unido durante tanto tiempo finalmente nos liberara para encontrar nuestro propio lugar.

Hinty fue el primero en partir, se dirigió hacia Ignyros, el hogar de los mejores sanadores. Allí comenzó como aprendiz, observando, estudiando, absorbiendo cada conocimiento con una disciplina admirable. Con el tiempo no solo se convirtió en un sanador excepcional; innovó. Encontró formas nuevas de curar usando los recursos más humildes, demostrando que el verdadero poder no dependía de hechizos sino del ingenio y la voluntad.

Keiden se dirigió a Eryndralis y encontró su propósito en el combate sin magia. Se convirtió en maestro de la espada, perfeccionando técnicas que ya no dependían de habilidades sobrenaturales sino de fuerza, precisión y disciplina. Ahora entrena a nuevas generaciones, moldeando guerreros que luchan no con poder sino con determinación.

Sara, fiel a su espíritu libre, no se quedó en un lugar. Recorría ciudades, bosques y montañas en busca de historias y aventuras. Su nombre empezó a escucharse como una leyenda viviente en pueblos remotos; algunos aún la buscan por la promesa de que donde ella pasa algo distinto ocurre.

Klior, quien siempre había buscado algo que calmara el ruido interior, encontró lo que ninguno de nosotros esperaba: paz. Se casó con Lorens, aquel guardia de contención que años atrás me arrestó cuando nos culparon del incendio del instituto. El hombre había amado a Klior en silencio hasta reunir el valor para confesarlo. Ella lo eligió. Cuatro años después tienen una niña de tres años cuya risa llena los espacios que antes ocupaba la guerra.

Maika y yo tomamos otro camino. Después de pasar un par de meses en Mordrath intentando adaptarnos a la vida sin magia, Maika decidió regresar a Escamaria. Quería reconstruir su hogar. Yo la acompañé. No solo por ella; también por mí.

En esos primeros meses tuve una rutina que me ancló: visitar la tumba de Nick todos los días. Me sentaba frente a ella en silencio, dejándome invadir por recuerdos. A veces hablaba; otras, simplemente permanecía. Imaginaba cómo habría sido todo si hubiera logrado salvarlo aquel día, si el destino hubiera sido más amable. Maika siempre iba conmigo. Nunca me dejó solo. Se sentaba a mi lado en silencio o me hablaba cuando las palabras eran necesarias. Cuando el peso de todo lo vivido se volvía insoportable, ella estaba ahí para sostenerme, para recordarme que aún quedaban razones para seguir adelante.

Convivir con ella y reconstruir su hogar en Escamaria piedra por piedra, recuerdo por recuerdo, terminó cambiándolo todo. Cada día compartido, cada rincón restaurado, cada historia de su infancia encendía algo dentro de mí: calma, cercanía, una ternura que no nació de la guerra ni del destino, sino de lo que éramos sin poderes. A ella le ocurrió lo mismo. Estar a mi lado despertó en su interior fragmentos del pasado, ecos de alguien que una vez amó: Jeff. Maika entendió que aunque yo era su reencarnación, no era él; yo era alguien distinto. Y yo entendí que lo que sentía por ella no era un reemplazo. Era real. Era presente. Era nuestro.

Pasamos entre días tranquilos y noches de conversaciones o silencios compartidos. Cuando terminamos la casa, tomamos una decisión simple y definitiva: quedarnos. Vivir juntos. Construir algo nuevo sobre las cenizas de lo que una vez fuimos. Los años ataron nuestro vínculo: más fuerte, más profundo, más inevitable. Hasta que, sin promesas grandiosas ni discursos, dimos el siguiente paso. Nos casamos. Fue una ceremonia sencilla, sin poderes por encima que la ornamentaran, pero llena de significado: lo nuestro era más poderoso que cualquier hechizo que hubiéramos conocido. Era real. Era eterno.

Y con el tiempo llegó algo que jamás imaginé después de tanto: un hijo. Un pequeño que fue una luz nacida del amor. Lo llamamos Thalion, en honor a Thalorion, mi maestro y hermano de Maika. Un nombre que recordaba el pasado y protegía el futuro. La primera vez que lo sostuve comprendí algo que en medio de la guerra no supe: incluso en un mundo sin magia, aún podían existir milagros.

Los dragones permanecieron en el Valle, fieles a su propósito. De vez en cuando, al alzar la vista, veíamos sus enormes siluetas cruzar las nubes, cubriendo la luz del sol por un instante, recordándonos que aunque la magia había sido sellada, nunca desapareció del todo. Seguían ahí: vigilando, protegiendo. Y el año pasado algo cambió: entre los adultos comenzaron a aparecer pequeñas figuras doradas, torpes en su vuelo pero llenas de vida. Crías. La Flight estaba creciendo. La vida continuaba.

Un día Maika y yo decidimos viajar al antiguo campo de entrenamiento. Quisimos ver qué había sido de aquel lugar que nos cambió. El viaje duró un par de días; atravesamos caminos que una vez recorrimos con urgencia y miedo y que ahora nos recibían con calma. En Mordrath visitamos a mis padres y hermanos; fue un reencuentro lleno de risas y abrazos. Les presentamos a Thalion, y al verlo sentí un orgullo distinto al de la batalla: orgullo de hogar.




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