Donde aún vive tu nombre

El día que el universo quiso probarme

El restaurante estaba lleno, la música suave, los cubiertos tintineando contra la porcelana. El aroma a café recién molido se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y las risas. No esperaba verlo allí. No esperaba sentirlo allí.

Él entró acompañado de un grupo de amigos, riendo, con esa manera de caminar que siempre parecía llenar los espacios sin esfuerzo. Yo lo vi antes de que él me viera, pero fingí no hacerlo. Aun así, algo en mí supo que sus ojos ya me estaban buscando.

No nos saludamos. Solo nos miramos.

Esa mirada… cargada de lo que fue, de lo que nunca terminó de irse. Un hilo invisible se tendió entre nosotros, tenso, frágil, como si bastara una palabra, un gesto, para desatar otra vez todo.

Me levanté de la mesa con la excusa de ir al baño. Caminé despacio, intentando no pensar, intentando mantener la compostura. El suelo resonaba bajo mis tacones, y una parte de mí sentía que estaba siendo observada. No quería mirar, no quería confirmar esa sospecha que ya ardía en la piel.

Al salir del baño, lo vi.

De pie, frente a mí.

Inmóvil, con las manos dentro de los bolsillos y la mirada fija, profunda, casi dolida.

Era él. Ronaldo.

Por un instante, el tiempo se detuvo. Todo el ruido del restaurante se apagó, como si el mundo contuviera el aliento.

El bar estaba espeso, cargado de algo que no se veía, pero que se sentía.

Tostado, como el aire caliente antes de una tormenta.

Nos miramos sin decir palabra.

Sus ojos, los mismos que un día me sostuvieron entre sus manos, parecían querer decir algo que ya no podía pronunciarse. Yo, nerviosa, sentí el corazón golpearme el pecho con fuerza. Mi cuerpo entero temblaba por dentro, pero mi rostro seguía sereno, casi altivo.

Y entonces, sin pensarlo, él dio un paso hacia mí.

Casi imperceptible, pero suficiente para borrar la distancia.

Él se acercó, dudando. Y en ese instante —como si el destino se burlara— una voz interrumpió la escena.

—¡Ronaldo! ¡Ronaldo, amor!

Giré la cabeza. Ella venía hacia él: alta, elegante, perfectamente arreglada. Tenía la serenidad de quien está acostumbrada a ser observada. Su vestido claro se movía con gracia, los zapatos impecables, la cartera de marca descansando con naturalidad en su brazo.

Él se enderezó, nervioso, buscando cómo suavizar el impacto de aquel momento.

—Te presento a una amiga… —dijo, mirando de reojo—. Joss, ella es mi prometida.

Mi prometida.

Esa palabra se sintió como un eco que me atravesó el pecho.

Ella sonrió con amabilidad, extendiendo su mano.

—Encantada —dijo con una voz dulce, perfectamente educada.

Y entonces lo vi: el anillo en su mano izquierda. Un anillo hermoso, brillante, impecable.

Por dentro sentí algo que quemaba. No rabia, no exactamente tristeza. Era algo más complejo: una punzada de envidia mezclada con resignación. No quería sentirlo. Había trabajado tanto por sanar, por soltar, por no dejar que él ocupara más espacio en mi alma…

Pero allí estaba, el pasado mirándome de frente con forma de diamante.

Sonreí. La sonrisa más cortés, más diplomática que pude construir.

—Un placer —dije.

Y sin más, me despedí con elegancia. Me di la vuelta, respiré profundo y caminé hacia mi mesa, con mis amigos. Sentí su mirada clavada en mi espalda. No sé si era culpa, sorpresa o nostalgia.

Solo sé que el corazón me temblaba, pero mis pasos no.

Mientras me sentaba, pensé: Quizás esta era la última prueba del universo. Verlo feliz con alguien más y aún así desearle luz… sin destruir la mía.

No debí mirar hacia atrás.

Pero lo hice.

Y él también.

Nuestros ojos se encontraron por segunda vez esa noche, desde extremos opuestos del restaurante, como si una fuerza invisible se negara a soltarnos. Su prometida hablaba animadamente con los demás, pero él no estaba allí del todo. Sus dedos jugaban con la copa, distraídos, tensos. Yo conocía ese gesto. Era el gesto de cuando algo dentro de él se rompía en silencio.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

No era tristeza solamente. Era reconocimiento. Como si una parte de mi alma susurrara: ahí estás… todavía.

La música cambió. Una canción lenta, antigua, peligrosamente familiar. La misma que había sonado aquella noche en que todo empezó… o tal vez en que todo se condenó.

Mi amiga decía algo, reía, me tocaba el brazo. Yo asentía sin escuchar. El mundo real se había vuelto borroso, como si estuviera mirando la escena desde fuera de mi propio cuerpo.

Entonces ocurrió.

El camarero dejó sobre nuestra mesa una pequeña rosa roja.

—De parte del caballero —dijo.

Mi corazón se detuvo.

No hacía falta preguntar quién.

La rosa estaba tibia, como si hubiera sido sostenida con demasiada fuerza. En el tallo, apenas visible, había una servilleta color rosa doblada.

La abrí con manos que ya no obedecían.




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