Pasé toda la tarde pensando en él.
Era como si mi mente se hubiera quedado atrapada en un bucle. Pensamientos obsesivos que regresaban una y otra vez, sin darme descanso.
Intenté trabajar.
Intenté concentrarme en otras cosas.
Pero todo me llevaba al mismo lugar.
A su voz.
A su mirada.
A esa noche.
El día se me hizo eterno. Como si el tiempo se negara a avanzar.
Cuando finalmente llegué a casa, me sentía agotada.
Dejé el bolso sobre la mesa y fui directo al baño. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente corriera sobre mi cuerpo, intentando relajar los músculos tensos.
Por unos minutos logré sentir algo parecido a calma.
Hasta que escuché vibrar mi teléfono.
Salí del baño y lo miré.
Por un segundo pensé que era él.
Pero no.
Era un cliente.
Leí el mensaje.
Hola Leyla, ¿cómo estás? Me gustaría adquirir tus servicios hoy a las 9 pm.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Leyla.
Ese nombre que no era mío… pero que al mismo tiempo también lo era.
Suspiré.
A veces me preguntaba cuánto tiempo más podría seguir viviendo así.
Con dos vidas.
Con dos versiones de mí misma.
Una que intentaba salir adelante como podía…
y otra que hacía cosas que jamás imaginó hacer.
No quería esta vida.
No quería tener que esconderme.
Pero necesitaba el dinero.
Lo necesitaba demasiado.
Cerré los ojos un momento y finalmente escribí.
Está bien. Allí estaré.
Segundos después me envió la ubicación.
Un hotel.
Uno de esos lugares donde todo parecía demasiado perfecto.
Demasiado elegante.
Demasiado lejano a mi realidad.
Me preparé en silencio.
Saqué un vestido negro ajustado que resaltaba mi figura.
Labial rojo.
Zapatos negros de tacón alto.
Dejé mi cabello suelto.
Cuando me miré en el espejo, Leyla estaba de vuelta.
Pedí un Uber.
El trayecto se me hizo corto.
El hotel era tan hermoso como lo imaginaba. Luces cálidas, pisos de mármol, un ambiente elegante donde todo parecía caro.
Subí al piso indicado.
Y allí estaba el cliente.
Un hombre de unos cuarenta años, robusto, con lentes. Se veía bien vestido. Seguro de sí mismo.
Cuando me vio sonrió con educación.
—Hola, Leyla. Un gusto.
—Hola —respondí con una sonrisa agradable.
Yo sabía disimular muy bien.
Era parte del trabajo.
—Wow… eres muy hermosa —dijo—. Ven, pasa. Puedes pedir lo que quieras.
—Gracias.
Mi voz sonó tranquila.
El mesero llegó poco después con una botella de champán espumante.
Conversamos.
Para mi sorpresa, el hombre era inteligente. Muy educado.
Casado, obviamente.
La mayoría lo eran.
Estábamos hablando cuando de repente escuché ruido en la sala del fondo.
Risas.
Personas brindando.
Algunas chicas celebrando algo.
Levanté la mirada por simple curiosidad.
Y entonces lo vi.
Ronaldo.
Estaba de pie entre varias personas.
Sonriendo.
Con un brazo rodeando a su prometida.
Ella reía mientras alguien levantaba una copa.
Parecía una celebración.
Tal vez su compromiso.
Tal vez su despedida antes de irse.
No lo sabía.
Él no me vio.
La distancia era suficiente para mantenerme invisible.
Pero yo lo veía perfectamente.
Y en ese momento sentí algo romperse dentro de mí.
Mi corazón se hizo pequeño.
Ridículamente pequeño.
De repente todo el lugar se sintió demasiado brillante.
Demasiado elegante.
Demasiado lejano.
Lo miré un segundo más.
Ella encajaba perfectamente en su mundo.
Era hermosa.
Elegante.
Segura.
Exactamente el tipo de mujer que debía estar a su lado.
Yo no.
Yo era solo…
Leyla.
Bajé la mirada hacia la copa de champán.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí algo que me atravesó el pecho con fuerza.
Me sentí…
insuficiente.
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Editado: 27.03.2026