Donde aún vive tu nombre

Leyla

Antes de que pudiéramos marcharnos e ir a la suite, le dije a mi cliente que iba al baño en un segundo volvia. Asentí con una sonrisa automática, pero por dentro estaba completamente descompuesta.

Atormentada.

Perpleja por lo que acababa de ver.

No podía respirar bien en ese lugar.

Así que caminé rápido hacia el baño.

Cuando entré, apoyé las manos en el lavabo y me miré fijamente al espejo.

Mi reflejo parecía el de otra persona.

Abrí el grifo y dejé correr el agua fría. Me lavé las manos una y otra vez, como si pudiera limpiar todo lo que sentía.

—Tranquila —me dije en voz baja—. Tranquila.

Respiré profundo.

Tenía que hacerlo.

Tenía que volver a ser Leyla.

Dejé todos mis problemas detrás de esa puerta.

Al menos por esta noche.

Me acomodé el cabello, repasé el labial rojo y salí del baño con una sonrisa perfecta, como si nada hubiera pasado.

Pero apenas di unos pasos, choqué suavemente con alguien.

—Oh, perdón…

Levanté la mirada.

Era ella.

Katie.

Llevaba un vestido rosa elegante y unos zapatos dorados delicados. En su mano brillaba un enorme anillo de diamantes que reflejaba la luz del pasillo.

Ella me miró con curiosidad y sonrió con amabilidad.

—Creo que te he visto en algún lado.

Sentí el estómago encogerse.

—No lo creo —respondí con una sonrisa ligera.

Pero ella frunció el ceño pensativa.

—Déjame pensar… te juro que sí. Yo nunca olvido una cara. Los nombres quizás… pero una cara jamás.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Ya sé —dijo de repente—. Tú eres la chica que me presentó Ronaldo. Creo que me dijo que eras… ¿una amiga? ¿O una paciente?

Mi mente se quedó en blanco.

—Ah… sí —dije fingiendo naturalidad—. Claro.

Ella sonrió.

—¡Qué coincidencia encontrarte aquí!

—Sí… coincidencia.

Katie empezó a hablar con entusiasmo. Me contó lo feliz que estaba, cuánto amaba a Ronaldo, lo orgullosa que estaba de él.

Cada palabra era como una pequeña piedra cayendo dentro de mi pecho.

Yo asentía.

Sonreía.

Pero por dentro me sentía cada vez peor.

Finalmente la conversación terminó.

Salí del baño lo más rápido que pude.

Regresé hacia la mesa.

Mi cliente ya me estaba esperando con la cuenta en la mano.

En ese momento lo único que quería era desaparecer. Meterme en una cama y dormir durante días.

No quería estar con nadie.

Pero el trabajo era el trabajo.

Mi cliente se levantó de la mesa justo cuando alguien se acercó a saludarlo.

Yo estaba de espaldas.

—¡Señor González! —escuché decir.

Esa voz.

Mi corazón se detuvo.

Me giré lentamente.

Era Ronaldo.

Estaba pálido.

Completamente blanco, como si hubiera visto un fantasma.

Mi estómago se llenó de mariposas descontroladas.

No sabía dónde mirar.

No sabía dónde meterme.

Pero esa noche decidí algo.

Tomé el control de mi cuerpo.

Me mantuve firme.

El señor González sonrió.

—Ronaldo, qué gusto verte.

—El gusto es mío, señor —respondió él.

Entonces el señor González me llamó con la mano.

—Leyla, ven. Quiero presentarte a uno de los estudiantes más brillantes que he tenido.

Ronaldo levantó la mirada.

Sus ojos se clavaron en los míos.

Lentamente me recorrió de arriba abajo.

Había algo en su mirada.

Sorpresa.

Rabia.

Y algo más que no supe descifrar.

—Leyla… —dijo finalmente.

Una leve sonrisa irónica apareció en su rostro.

—Un placer.

Lo dijo con un sarcasmo tan sutil que nadie más pareció notarlo.

En ese momento llegó Katie y se colocó junto a él.

Ahora éramos cuatro.

La incomodidad llenaba el aire.

Yo solo quería desaparecer.

Katie me miró con curiosidad.

—Wow… no sabía que tenías novio, Leyla.

—Oh, no —respondí rápido—. No es eso.

La conversación duró apenas unos minutos más.

Cordial.

Educada.

Falsa.

Luego cada uno siguió su camino.

La noche no había terminado para mí.

Subí a la suite con el señor González.

Hice mi trabajo.

Recibí una buena cantidad de dinero.

Y cuando todo terminó, tomé un taxi a casa.

No hablé con nadie.

No respondí mensajes.

Me encerré en mi apartamento y pasé todo el fin de semana descansando.

Intentando olvidar.

Pero había algo que sabía con certeza.

Ronaldo ahora conocía una parte de mi vida que yo nunca quise que viera.

Y después de esta noche…

nada volvería a ser igual.




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