Después de ese día tan extraño, casi irreal, todavía no entendía cómo habíamos vuelto a cruzarnos otra vez.
No sabía si era el destino, la vida o el universo jugando conmigo.
Como si algo invisible insistiera en ponerlo otra vez en mi camino… solo para recordarme que no podía tenerlo.
Llegué a mi casa alrededor de las doce y media de la noche. Estaba agotada. Me quité los zapatos, dejé el bolso sobre la mesa y me dejé caer en el sofá.
Todo el día había sido demasiado.
Entonces mi teléfono vibró.
Lo miré.
Era él.
Ronaldo.
Sentí un nudo formarse en la garganta antes siquiera de abrir el mensaje.
“Eres una mentirosa.”
Las palabras me golpearon fuerte.
Cerré los ojos.
No quería responder. Pensé en ignorarlo, pero el teléfono vibró otra vez.
“Voy a ir para allá. A tu casa.”
Mi corazón empezó a latir más rápido.
No podía dejar que viniera.
No después de todo.
Finalmente respondí.
“Dime qué quieres.”
Su respuesta llegó segundos después.
Solo quiero estar bien contigo. Solo no quiero más mentiras.”
Leí el mensaje varias veces.
Respiré profundo y escribí:
“No… mejor no. No estoy en mi casa. Vuelvo mañana.”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“Ya estás con él.”
Sentí algo romperse dentro de mí.
Escribí solo una cosa.
“A ti no te importa.”
Apagué el teléfono.
No quería seguir esa conversación.
No esa noche.
Al día siguiente fui a trabajar como siempre. Todo parecía normal, tranquilo. Intenté concentrarme, convencerme de que todo estaba bien.
Pero en el fondo Ronaldo seguía dando vueltas en mi cabeza.
Esa noche recibí un mensaje de mi mejor amiga.
Anastasia.
“Amiga, vamos a salir de fiesta.”
Sonreí al leerlo.
No estaba particularmente animada, pero necesitaba distraerme.
Le respondí de inmediato.
“Amigaaa, sí, vamos.”
Una noche sin drama, sin pensar en Ronaldo… me caía perfecto.
Empezamos tomando vino en mi casa mientras nos arreglábamos con música de fondo.
Anastasia era de esas amigas que iluminaban cualquier lugar con su energía. Alta, cabello rojo intenso, piel mestiza hermosa. Tenía esa belleza que parecía sacada de una pasarela.
Siempre bromeaba diciéndole que parecía una modelo de Victoria’s Secret.
Pero lo mejor de ella no era su apariencia.
Era su espíritu libre.
Su forma de vivir la vida sin preocuparse demasiado.
Fuimos a un local nuevo en la ciudad.
Creo que Anastasia estaba saliendo con el dueño.
Bueno… no lo creo.
Estoy segura.
Los tragos iban y venían.
La música estaba fuerte, la gente reía, todo el ambiente era perfecto.
Y claro… todo era gratis.
Ventajas de tener una amiga con contactos.
Ya empezaba a sentirme un poco mareada cuando levanté la mirada hacia el fondo del lugar.
Había tres chicos sentados en una mesa.
Uno de ellos era Ronaldo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Dios.
No podía ser.
Tal vez estaba lo suficientemente borracha para imaginarlo.
Decidí no darle importancia.
Le dije a Anastasia que iba a salir un momento a tomar aire fresco.
Necesitaba despejar la cabeza.
Cuando salí, el aire frío de la noche me golpeó suavemente el rostro.
Respiré profundo.
Y entonces escuché una voz detrás de mí.
—Así que andas de fiesta.
Me giré.
Era él.
Llevaba un pantalón de mezclilla y una camisa blanca que resaltaba su piel clara. Su cabello negro estaba un poco desordenado y esas cejas gruesas… siempre habían sido mi debilidad.
Además olía increíble.
—Eh… sí —respondí intentando sonar tranquila—. ¿Y tú qué? ¿Me estás siguiendo o algo?
Ronaldo soltó una pequeña risa.
—La verdad, Joss… esta ciudad es un patio. Todos se conocen.
Se acercó un poco más.
—Además el dueño del lugar es mi mejor amigo de la infancia.
Lo miré con una media sonrisa.
—Ah, claro… cierto que todos ustedes, niños ricos, se conocen.
Él levantó una ceja.
—Ajá… sí, Joss. Así es.
Por un momento ninguno de los dos dijo nada. El silencio entre nosotros estaba cargado de cosas que ninguno parecía dispuesto a decir.
Yo simplemente regresé adentro con mi amiga.
La música seguía fuerte, la gente reía, los tragos seguían llegando a la mesa. Anastasia estaba feliz, celebrando, bailando con todos. Yo intenté seguirle el ritmo.
Tomaba. Reía. Bailaba.
Pero cada cierto momento sentía algo.
Su mirada.
Ronaldo estaba en un rincón del lugar, observándome fijamente.
No hablaba con nadie.
Solo miraba.
Intenté ignorarlo.
Una de las chicas me sacó a bailar y terminé en medio de la pista, moviéndome con la música, riendo como si todo estuviera bien.
Pero incluso entre las luces y la gente…
seguía sintiendo su mirada clavada en mi nuca.
Los tragos empezaron a hacer efecto.
Demasiado.
Cuando regresé a la mesa ya estaba bastante mareada.
—Ana… —le dije apoyándome en la mesa— creo que necesito irme.
Ella me miró preocupada.
—¿Estás bien?
—Sí… solo un poco mareada. Además mañana es domingo, mi único día libre. Quiero descansar. Esta semana ha sido… intensa.
Anastasia suspiró.
—Si quieres te llevo.
Negué con la cabeza.
—No, tranquila. Pido un Uber o un taxi y ya. Cuando llegue te escribo.
Ella me miró unos segundos y luego sonrió.
—Está bien. Pero me escribes cuando llegues.
Tomé mi cartera y salí del local.
La noche estaba fresca.
Saqué el teléfono para pedir un Uber… pero la aplicación no cargaba bien.
Intenté buscar un taxi en la calle.
Uno pasó.
Luego otro.
Ninguno se detenía.
Suspiré frustrada.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—No busques más.
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Editado: 27.03.2026