Donde aún vive tu nombre

El cliente Misterioso

Las semanas pasaban y todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Yo intentaba seguir con mi vida, con mi trabajo, con mi rutina. Intentaba convencerme de que Ronaldo ya era parte del pasado… aunque en el fondo sabía que no era tan simple.

Una tarde recibí un mensaje.

Un número desconocido.

Lo abrí sin pensarlo demasiado.

"Hola, buenas tardes. ¿Cómo se encuentra, señorita?
Mi nombre es Ronaldo. Me encantaría adquirir sus servicios. Quedo atento a su pronta respuesta."

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

Ronaldo.

El nombre me pareció extraño… pero intenté no pensar demasiado en eso. Después de todo, Ronaldo es un nombre bastante común en muchas partes del mundo.

Seguramente era solo una coincidencia.

Además, el mensaje era muy educado.

Me agradó.

Parecía un hombre maduro, respetuoso. Tal vez alguien de unos cincuenta años, pensé.

Y bueno… trabajo es trabajo.

Le respondí de forma profesional, presentándome como Layla, y le envié la información del servicio.

No pasó ni una hora cuando el señor respondió de inmediato aceptando el servicio y el precio estimado.

Quedamos para esa misma noche.

Un lugar discreto.

Un hotel de cinco estrellas con un bar hermoso.

Solo de ver las fotos pensé: uff… esto debe ser carísimo.

Esa noche me arreglé con cuidado.

Elegí un vestido rojo.

Zapatos no demasiado altos.

El cabello recogido, pero con algunos mechones sueltos, como si fuera algo descuidado de manera intencional.

Labial rojo también.

Nada demasiado llamativo… aunque el rojo en mí siempre quedaba perfecto.

Al llegar, un camarero me recibió en la entrada del bar del hotel.

—Buenas noches, señorita. Su mesa está por aquí.

Lo seguí.

Pero algo en mi interior estaba extraño.

Estaba nerviosa.

Y eso era raro.

Yo ya había estado con clientes así muchas veces.

Tal vez era solo paranoia… por el tema del nombre.

Ronaldo.

Pasaron unos minutos.

Entonces él llegó.

Un hombre muy educado.

No particularmente llamativo físicamente, pero tenía algo… una presencia tranquila, segura.

Amable.

Algo en él me resultaba familiar.

Pero no lograba entender por qué.

Nos sentamos.

Empezamos a conversar.

Una charla ligera al principio… luego más profunda.

Pedimos alcohol.

La conversación fluía con facilidad.

Subimos a la habitación.

Todo transcurrió con normalidad.

Nada fuera de lo habitual.

Él pagó.

Y yo me fui.

Todo parecía completamente normal.

Hasta ahí.

Pero con el tiempo… el señor Ronaldo se convirtió en un cliente habitual.

Le gustaba conversar mucho.

Y a mí también.

Porque, además de educado, era un hombre muy inteligente.

Y de alguna forma… siempre terminaba aprendiendo algo nuevo cada vez que lo veía.

Con el tiempo, él empezó a querer verme cada vez más seguido.

Yo intentaba mantener cierta distancia porque entre mi trabajo y esa vida que llevaba siempre terminaba agotada. Había días en los que apenas tenía energía para mí misma.

Pero él pagaba muy bien.

Y eso, en esta vida, pesa mucho.

Era un hombre casado. De eso no tenía dudas.

Tenía familia. Si no me equivocaba, tenía dos hijos. Recuerdo que en alguna conversación mencionó que uno de ellos era médico… o tal vez los dos. La verdad no presté demasiada atención a ese detalle.

En este trabajo uno aprende a no involucrarse demasiado en la vida de los demás.

Lo curioso era que a él le gustaba mucho la fotografía.

A veces llevaba su cámara y me decía que yo tenía un rostro muy especial. Que mi cuerpo tenía una armonía perfecta para la luz.

—Eres mi musa —me decía a veces con una sonrisa tranquila.

Yo solo reía.

No sabía si lo decía en serio o si era solo una forma elegante de halagarme.

También solía preguntarme cosas personales.

—Es extraño que no tengas novio —me decía—. Con lo hermosa que eres.

Pero yo sabía manejar esas conversaciones.

Aprendí hace mucho tiempo a separar mi vida personal de mi trabajo.

No todo se puede contar.

No todo se puede mostrar.

Hay partes de mi historia que simplemente no pertenecen a nadie más.

Aun así, mi vida empezó a mejorar económicamente gracias a él.

Hablábamos mucho.

De economía.

De negocios.

De política.

Era un hombre muy inteligente y siempre tenía algo interesante que decir.

Pero incluso en medio de esas conversaciones… mi mente a veces regresaba a otro lugar.

A mi pasado.

A las decisiones que me llevaron hasta aquí.

Y a ese dolor silencioso que todavía cargaba dentro de mí…

el de sentir que, de alguna forma, mi vida había terminado convirtiéndose en algo que nunca imaginé.

Ser usada de esa manera.

A veces me preguntaba en qué momento todo cambió.

En qué momento dejé de reconocer a la persona que era antes.




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