Donde aún vive tu nombre

Mi padre

En casa todo estaba… no tan tranquilo.

Mis padres peleaban más de lo habitual. Mi padre se ausentaba durante reuniones familiares, algo que nunca había sido típico en él.

Al principio no le di demasiada importancia. Tenía mis propios problemas: Katie, el casamiento, la mudanza, la carrera… ufff, todo se amontonaba en mi cabeza.

Mi madre, como siempre, se quejaba de cómo mi padre desaparecía y llegaba tarde cada vez.

Una noche, él llegó mucho más tarde de lo habitual… como a las 2 de la mañana.

Yo estaba en la cocina, tomando un vaso de agua, cuando de repente escuché la puerta.

—¡Me asustaste, Ronaldo! —dijo él, con esa voz grave que siempre me hacía sentir niño otra vez.

—Padre, pero… ¡qué tarde llega! Mi madre te va a quitar la cabeza —respondí, riendo sarcásticamente.

—Jajaja… sí, se me pasó el tiempo en una reunión de trabajo —dijo, encogiéndose de hombros.

Asentí con la cabeza, sin decir más.

Al dejar su saco sobre el mueble, un aroma peculiar llamó mi atención.

Un perfume de mujer.

No reconocía de dónde venía, ni podía identificarlo.

Lo ignoré y seguí con lo mío.

Me fui a dormir, pero no pude dejar de pensar en eso.

Tomé mi teléfono varias veces con ganas de escribirle a Joss, de saber cómo estaba, de verla… pero no podía.

Y así, finalmente, me quedé dormido.

Con esa indecisión que me acorralaba, esa sensación incómoda que no me dejaba en paz.

Algo en esa noche me decía que las cosas estaban cambiando… que algo que creía seguro, en realidad, tenía grietas invisibles.

Y esa noche fue solo el inicio.

Al día siguiente era sábado.

Familiares reunidos para el desayuno. Parecía un campo de batalla silencioso.

Los cuatro estábamos allí, cada uno en su sitio, pero a la vez distantes. Cada palabra parecía medida, cada gesto calculado.

Hasta que sonó el timbre de la casa.

Era Katie, con esa energía vital que siempre desbordaba.

—¡Buenos días, futura familia! Hoy toca la prueba del vestido de novia, suegra —dijo, riendo.

Mi madre, tan amable como siempre, respondió:

—Claro, querida. Estoy muy feliz, sabes que te quiero como otra hija. Ya eres parte de la familia.

En ese momento tenso del desayuno, la presencia de Katie hizo que todo desapareciera. Mi madre olvidó el pleito con mi padre, encantada de sentirse útil y parte de los preparativos.

Yo, mientras tanto, tenía un compromiso con mis amigos. No me dieron muchos detalles, pero prometía música, bebida… diversión. Casi me casaba, faltaba menos de una semana, así que era como un pequeño respiro antes del gran día.

Mi madre salió con Katie y me quedé solo con mi padre. Quería hablar con él sobre anoche, sobre lo del perfume, sobre si estaba viendo a alguien…

—No, hijo, tranqui. Estaba con unos amigos en un local —respondió seco.

Nosotros nunca habíamos sido una familia muy comunicativa ni cariñosa; siempre mantuvimos ese margen.

Llegó la noche. Mis amigos pasaron a buscarme y me llevaron a la casa de uno de ellos, Manuel. La más grande, con piscina.

—Pensé que íbamos a un bar —dije, sorprendido.

—¡No! —me respondieron entre risas—. Es tu despedida de soltero. Tu última noche de soltero la hacemos antes porque sabemos que te vas del país y tienes muchas cosas pendientes. ¡Vamos, disfruta, amigo!

Entre bebida y música, la noche iba tomando color. Todo era risas, juegos, un ambiente despreocupado.

Entonces alguien dijo:

—Ya es hora.

—¿Hora de qué? —pregunté, curioso.

Suena el timbre.

Entra un grupo de chicas. Tres muy lindas, sí. Pero la cuarta… era Joss.

Mi corazón se detuvo de inmediato.

No podía ser. ¿Qué hacía ella aquí?

Manuel me miró y, divertido, me dijo:

—Parece que viste a un fantasma, amigo. Jajaja.

Intenté guardar la compostura y asentí:

—Sí… algo así.

Pero por dentro, todo en mí se removió. Cada latido se aceleró. Cada recuerdo, cada sensación de las noches pasadas… todo volvió a mí en un instante.

Y ahí estaba ella, tan inesperadamente, tan cerca y a la vez tan lejos, como siempre.

La noche que debería haber disfrutado se volvió tensa al instante.

Ella estaba ahí… tan bella, su rostro perfecto, su cuerpo llamando la atención de todos.

Cada mirada que recibía parecía de depredador, como si fuera una presa.

No soportaba la idea de que Joss estuviera rodeada de otros hombres.

Me perturbaba ver cómo disfrutaban mientras yo estaba sentado con mi bebida, tratando de entender cómo podía estar así… cómo podía hacerme sufrir así.

Qué egoísta era…

Incluso Manuel se acercó a mí y, con picardía, me dijo:

—Ven, amigo. Te presento a Leyla, la mejor del planeta. Créeme, tienes que conocerla.

Ella me dio la mano con una sonrisa, pero sus ojos… sus ojos se clavaron en los míos.

Solo quería tomarla y llevármela lejos de allí.
Lejos de estos depravados.
Porque ella es solo mía.

Sin agregar ningún comentario, la fiesta continuó: bebidas, juegos, risas.

Las chicas conversaban con mis amigos mientras yo seguía mirando a Joss con una intensidad que casi se notaba, hasta que uno de mis mejores amigos, Carlos, me preguntó:

—Amigo… ¿la conoces? ¿Por qué la miras así?

—Ahhh… nooo —respondí rápido—. Solo… que es linda. Nada más.

—Lo sé, Leyla es hermosa —dijo Carlos con una sonrisa—. Tiene un aura tan magnética. A mí me gustaría conocerla. Jajaja.

—Ahhh, claro, Carlos… jajaja. Vaya, yo estoy bien aquí —traté de disimular.

Sin darse cuenta, ella estaba en su papel, en esa parte de su doble vida, jugando como si todo fuera normal.

Con el tiempo, mis amigos llamaron a Leyla.
—¡Tienes que bailarle a Ronaldo! —le dijeron—. Él es tu regalo de bodas.




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