Donde aún vive tu nombre

Rosa

Pasaban los días sin cesar.
Yo seguía con mi vida, intentando no mirar atrás.

Él… se terminó casando con Katie.
Ella tan hermosa, tan enamorada… y él igual, feliz en la primera plana de los periódicos.

Fue como si me dispararan directamente al corazón.
Me dolió. Mucho.
Pero me repetía: “Tengo que seguir. Tengo que seguir.”

Hasta que un día, recibí un mensaje de un número desconocido.

—Buenas tardes, soy Rosa. ¿Sabe quién le habla?

Me quedé en blanco.
—Debe ser una broma —me dije—.

Pero no terminó allí.
Llegó otro mensaje:

—Ah, no sabe quién soy… soy la esposa de Ronaldo.

Mi rostro quedó pálido.
Mi corazón se detuvo.
No podía creerlo.

Sí… la esposa de mi cliente.

Rápidamente bloqueé el número.
No podía llamar al Sr. Ronaldo.
No quería empeorar las cosas.

Pero mi teléfono no dejaba de sonar.
Era una llamada tras otra.
El sonido me ponía cada vez más nerviosa.

Pasaron horas y horas de llamadas y mensajes.
Mi corazón seguía acelerado, pero finalmente, después de mucho insistir, dejaron de sonar.
Me senté, respiré profundo, y me serví una taza de té para intentar tranquilizarme antes de dormir.
El mundo parecía volver a su lugar… al menos por unos minutos.

Justo cuando empezaba a sentirme un poco en paz, recibí un nuevo mensaje.
Era del Sr. Ronaldo.

—Hola, Leyla. Necesito verte. Estoy en este hotel.

Suspiré. No podía negarme.
Tomé mi bolso y fui al lugar. No era muy tarde.

Al verlo, pude notar de inmediato que algo lo inquietaba.
Su rostro, normalmente tranquilo, estaba preocupado, casi tenso.
Resultó que su esposa había estado revisando sus correos y notificaciones.
En algún momento, había encontrado recibos… y finalmente, mi mensaje en su teléfono.

Dios… hombres.

Intenté tranquilizarlo.
—Tranquilo, todo se va a solucionar.
No hicimos nada inapropiado, solo hablamos mucho.

Él respiró hondo, intentando recuperar la calma.
Su mirada me buscaba, como si necesitara apoyo más que culpabilidad.

Finalmente, después de un tiempo que parecía eterno, nos despedimos.

Prometimos mantener la discreción, protegernos y seguir adelante.

Al salir del hotel, mientras caminaba hacia mi auto, sentí una mezcla de alivio y desesperación.

Alivio porque habíamos hablado, porque el peso se había reducido un poco; desesperación porque este juego de secretos y sentimientos no tenía final claro.

Estaba agotada. Había trabajado mucho durante el día y sentía que mis músculos y mi mente pedían descanso.

Justo cuando me dejaba caer en la cama, sonó mi teléfono.

Era el Sr. Ronaldo.

Mi corazón dio un vuelco.

Me preocupé por un instante, imaginando cualquier problema… pero su mensaje era simple:

—Hola, estoy bien. Solo quería asegurarme de que tú también estés bien.

Suspiré, un poco aliviada.

—Estoy aquí… —le respondí—. Cansada, pero bien.

Hubo un silencio en la conversación que se sintió extraño, casi pesado.

Él parecía dudar, como si quisiera decir algo más pero no se atreviera.

—Leyla… —escribió finalmente—, no quiero que esto te incomode, pero siento que necesito verte otra vez.

Mi estómago se hizo un nudo.

Sabía que cualquier encuentro con él era peligroso, y sin embargo, no podía ignorar la emoción que me recorría al leer esas palabras.

—Mañana podemos hablar —le respondí con cautela—. Hoy necesito descansar.

Él tardó unos segundos en contestar:

—Está bien. Solo quería que supieras que estoy pensando en ti.

Apagué el teléfono, me recosté y cerré los ojos.

El cansancio físico era real, pero mi mente no dejaba de girar en torno a él.

Ronaldo… su nombre, su presencia, incluso su preocupación, habían logrado algo que nadie más había logrado: invadir cada rincón de mi mente.

Esa noche me dormí con un suspiro, entre alivio y ansiedad, preguntándome cuánto tiempo más podría sostener esta doble vida sin que todo explotara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.