Llegó a casa con el corazón todavía agitado. No era cansancio lo que llevaba encima, sino algo más denso, más incómodo, como si una inquietud silenciosa se hubiera instalado en su pecho sin pedir permiso. Cerró la puerta con cuidado, procurando no romper el equilibrio frágil del silencio que envolvía la casa.
Todo estaba en calma. Demasiado en calma.
Avanzó unos pasos, dejando que la oscuridad lo recibiera, hasta que el sonido de otra puerta abriéndose lo detuvo en seco. Giró lentamente.
Su padre.
Entraba en ese mismo instante, con la misma discreción, como si ambos compartieran una culpa que ninguno había nombrado aún.
Se miraron.
Un segundo apenas, pero suficiente para notar que algo no encajaba.
—¿Padre… qué haces a esta hora? —murmuró, con la voz baja, casi contenida.
Mi padre dejó las llaves sobre la mesa con una naturalidad que no terminaba de serlo.
—Trabajo, hijo. Reuniones… nuevos inversionistas. Mucho movimiento últimamente.
Su tono era neutro. Demasiado neutro. Ensayado, incluso.
Luego, como si necesitara equilibrar la escena, devolvió la pregunta:
—¿Y tú? ¿No podías dormir?
Yo dudé apenas.
—Estaba con unos amigos… salí a tomar aire.
No hubo más.
Pero el silencio no duró.
La voz de su madre irrumpió desde el pasillo como una grieta en la calma.
—¿Qué hacen llegando a esta hora otra vez?
La luz se encendió de golpe. Ella apareció envuelta en una bata, con el rostro tenso, los ojos cansados de no creer.
—Lo mismo de siempre, Ronaldo…
Su padre soltó un suspiro breve, casi irritado.
—No empieces. Estaba con mi hijo.
El tiempo pareció comprimirse en ese instante.
Ronaldo giró el rostro hacia él.
Había algo inquietante en aquella mentira. No era solo el hecho de mentir… era la facilidad con la que lo hacía. Como si no significaran nada. Como si ya lo hubiera hecho demasiadas veces.
Y, sin embargo, cuando su madre lo miró buscando una respuesta, él habló.
—Sí, madre… estábamos juntos. No te preocupes.
Las palabras salieron limpias, naturales, como si no pesaran. Como si mentir también fuera parte de él.
Ella los observó en silencio. Primero a uno, luego al otro. Como si intentara descifrar algo más profundo que las palabras. Pero no dijo nada. Solo negó levemente y regresó a su habitación.
El silencio volvió.
Más pesado.
Más incómodo.
—¿Por qué le mientes? —preguntó Ronaldo finalmente, en voz baja—. Dijiste que estabas en una reunión.
Su padre no lo miró de inmediato. Se tomó un segundo, como quien elige cuidadosamente qué parte de la verdad va a ocultar.
—Hay cosas… que es mejor no decirle a tu madre. Ha estado muy tensa estos días.
No hubo más explicación.
Y, de alguna forma, tampoco la necesitaba.
Yo asentí apenas, sin insistir. Como si, en el fondo, entendiera demasiado bien ese tipo de silencios.
Subió a su habitación.
Katie dormía profundamente, ajena a todo. Su respiración era suave, tranquila, como si el mundo fuera exactamente lo que parecía ser. Se movió apenas cuando él se acostó a su lado.
—¿Dónde estabas…? —murmuró, medio dormida.
—Con mi padre… y unos amigos —respondió.
No preguntó más.
Volvió a dormirse.
La observó unos segundos en la penumbra. Aquella calma, aquella estabilidad… todo lo que representaba. Todo lo que había elegido.
Y, aun así…
No era ahí donde estaba su mente.
Cerró los ojos.
Pero no encontró descanso.
Porque, incluso en la oscuridad, solo había un nombre repitiéndose dentro de él, como una obsesión silenciosa que no sabía —o no quería— detener:
Joss.
Y en ese instante, sin poder evitarlo, comprendió algo que lo inquietó más que cualquier mentira dicha esa noche.
Se parecía demasiado a su padre.
Los días comenzaron a pasar con una extraña lentitud, como si el tiempo se deslizara con cautela entre silencios que nadie se atrevía a romper. Las festividades se acercaban; diciembre se sentía en el aire, en las luces que comenzaban a aparecer en las calles, en las conversaciones superficiales, en la aparente normalidad que intentaba imponerse.
Pero dentro de la casa… nada era normal.
Mi padre seguía llegando tarde.
No todos los días, pero lo suficiente como para que dejara de ser casualidad. Había algo distinto en él. No era solo la ausencia, era la forma en que volvía: más ligero, casi satisfecho, como si viviera una vida paralela que no estaba dispuesto a compartir.
Incluso su humor había cambiado.
Yo lo observaba en silencio. No preguntaba. No intervenía. Pero veía.
Y entendía más de lo que quería admitir.
Mientras tanto, Joss no salía de su mente.
No como un recuerdo difuso, sino como una presencia constante. Era la primera vez que se permitía nombrarla completa, sin evasivas, sin disfrazarla entre pensamientos. Josselyn.
Decir su nombre —aunque fuera en silencio— tenía algo de invocación. Como si al hacerlo pudiera acercarla, reconstruirla, sentirla otra vez. Su olor. Su voz. La forma en que lo miraba.
La falta que le hacía era… insoportable.
Y eso lo irritaba.
Porque no había nada que pudiera hacer al respecto.
El tiempo avanzó sin permiso hasta un viernes cualquiera.
21 de diciembre.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Su padre llegó cerca de la medianoche.
Pero esa noche no era como las demás.
Su madre lo estaba esperando.
No en silencio. No resignada.
Lo estaba esperando con pruebas.
Yo no vi la escena desde el inicio. Me encontraba arriba, distraído, intentando escapar de mis propios pensamientos, cuando Katie —con esa calma que a veces resultaba inquietante— me comentó lo que había estado ocurriendo.
Mi madre había contratado a alguien.
Alguien que siguiera a mi padre.
La sospecha ya no era intuición. Era certeza.
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Editado: 27.03.2026