Mi vida sin ella no tenía sentido.
Y aun así, estaba a punto de irme.
Había algo cruel en esa contradicción: tenerla tan cerca… y al mismo tiempo tan lejos. Como si el destino me la hubiera mostrado solo para recordarme que no podía quedarme.
Ese día regresaba a mi mundo.
Al mundo que yo mismo había elegido.
Katie.
Mi esposa.
Mi profesión.
Mis “sueños”.
Todo lo que, en teoría, debía hacerme sentir completo.
Y sin embargo… no lo hacía.
Durante toda esa semana observé a mi padre.
Había algo distinto en él. No era evidente para cualquiera, pero yo lo conocía demasiado bien. Estaba más callado. Más contenido. Como si algo dentro de él estuviera ocupando un espacio que antes no existía.
Quise hablarle.
Varias veces.
Pero no lo hice.
No quería más tensiones. No quería abrir una conversación que no sabía cómo sostener. Porque en el fondo intuía algo… algo que no estaba listo para confirmar.
Mi madre, en cambio, parecía intacta.
Serena. Correcta. Impecable.
Una mujer de carácter fuerte, acostumbrada a sostener las apariencias incluso cuando el mundo debajo empezaba a agrietarse.
Y mi padre…
ya no llegaba tarde.
Ese detalle, tan simple, me inquietaba más que cualquier otra cosa.
Estaba puntual. Presente. Familiar.
Como si, de pronto, hubiera decidido corregir algo.
O esconderlo mejor.
Y entonces la pregunta empezó a instalarse en mi mente, insistente, incómoda:
¿Joss había terminado con él?
No tenía certeza.
Solo curiosidad.
Y algo más oscuro.
Porque reconocerlo implicaba enfrentar una verdad que no podía decir en voz alta:
Estaba enamorado de la misma mujer que mi padre.
De su amante.
Pensarlo así me revolvía el estómago.
Era un conflicto sucio, interno, imposible de ordenar.
Algo que no encajaba en ninguna lógica… pero que, aun así, estaba ocurriendo.
El día del viaje llegó sin avisar.
El aeropuerto estaba lleno, como siempre. Gente caminando rápido, despedidas apresuradas, anuncios que se mezclaban en el aire sin importar realmente a nadie.
Todo era… normal.
Demasiado normal.
Tenía los pasajes en la mano. El pasaporte. Todo en orden.
Listo para irme.
Listo para desaparecer por un tiempo largo de ese país… de esa historia… de ella.
Katie estaba a mi lado, tranquila, como si todo siguiera exactamente el curso esperado. Como si nada se hubiera desviado.
La miré por un momento.
Y sentí culpa.
No por estar allí.
Sino por no estarlo del todo.
Respiré hondo.
Quizás esta vez sí era el final.
Quizás la distancia haría lo que yo no había tenido el valor de hacer.
Quizás, lejos de ella, todo volvería a su lugar.
Quizás Joss dejaría de existir en mi cabeza.
Pero incluso mientras pensaba eso…
sabía que me estaba mintiendo.
Porque hay cosas que no se terminan con kilómetros.
Hay personas que no se olvidan con decisiones.
Y Joss—
No era una historia que pudiera cerrarse simplemente subiéndose a un avión.
El trayecto fue silencioso, casi irreal. Afuera, el mundo cambiaba de geografía, de idioma, de ritmo… pero dentro de mí, todo permanecía exactamente en el mismo lugar donde la había dejado.
Donde la vi por última vez.
Llegué a Estados Unidos.
Todo estaba en orden. Todo funcionaba. Todo seguía el curso correcto de la vida que había elegido.
Y, aun así, algo en mí se había quedado atrás.
Me dolía no haberme despedido.
No por lo que fue… sino por lo que pudo haber sido si hubiera tenido el valor de quedarme un segundo más.
La extrañaba.
De una forma extraña.
Porque, si alguien miraba desde afuera, lo nuestro no tenía el peso suficiente para doler así. No había historia larga, ni promesas, ni un “nosotros” formal.
Pero había algo más.
Con ella… yo podía ser yo.
Sin filtros.
Sin expectativas.
Sin esa constante necesidad de sostener una imagen que no siempre sentía propia.
Y eso… era más adictivo de lo que estaba dispuesto a aceptar.
Los meses pasaron.
O al menos eso decía el calendario.
Porque el tiempo, para mí, empezó a moverse de forma distinta. Más lento. Más pesado. Como si cada día tuviera un eco constante de algo que no terminaba de irse.
Me dieron la residencia.
Avancé en mi carrera.
Comencé la especialización.
Todo iba exactamente como debía.
Todo era éxito.
Todo era estabilidad.
Y, aun así… mi mente seguía regresando a ella.
Como si hubiera quedado atrapada en un punto fijo del pasado.
No entendía por qué.
Era absurdo.
Inexplicable.
Casi… enfermizo.
Como estar bajo un efecto que no podía romper.
De vez en cuando hablaba con mis padres.
Conversaciones breves. Correctas. Sin profundidad.
Mi padre sonaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Y eso volvía a despertar la misma duda que nunca terminaba de desaparecer:
¿Seguía viéndola?
Intentaba no pensar en eso.
Porque cada vez que lo hacía, algo dentro de mí reaccionaba de una forma que no reconocía. Un calor incómodo, casi violento, que me subía por el pecho hasta la cabeza.
Celos.
Pero no unos celos normales.
Eran más oscuros.
Más difíciles de aceptar.
Porque no eran solo por ella…
eran por él.
#5694 en Novela romántica
#1996 en Otros
drama amor suspenso mentiras secretos, romance +18, romance +18 y secreto
Editado: 27.03.2026