Los días comenzaron a repetirse.
Uno tras otro, sin demasiada diferencia entre ellos, como si el tiempo hubiera decidido avanzar sin dejar huella. Entré en una rutina casi sin darme cuenta: trabajo, casa, silencios largos… y de vez en cuando, algunas salidas con Ana al bar de su novio, Pablo.
Todo iba bien.
O al menos, eso parecía.
Porque dentro de mí… la calma no era paz.
Era otra cosa.
Una inquietud constante, incómoda, que me daba vueltas en la cabeza y no me dejaba descansar del todo. No dejaba de pensar en Ronaldo. Cada noche, de una forma u otra, terminaba en él. En su voz. En su mirada. En la forma en que me hacía sentir sin esfuerzo.
Los pensamientos llegaban sin avisar.
Siempre al mismo lugar.
Siempre con la misma pregunta:
¿Había sido solo un momento para él…
o realmente había sentido algo?
¿Me amaba… como yo lo amaba a él?
Esa duda se me había metido bajo la piel.
No me dejaba dormir.
No me dejaba en paz.
Lo extrañaba.
Locamente.
Más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Pero la vida no se detiene por lo que uno siente… y yo tenía que seguir.
Él ya lo había hecho.
Tenía su vida.
Su esposa.
Su mundo perfectamente construido.
Felizmente casado…
o al menos eso quería creer.
¿Y yo?
Yo seguía aquí.
Sosteniendo una copa en un bar, acompañando a mi amiga y a su novio… sosteniendo, también, una idea que en el fondo sabía que no iba a cumplirse.
Ese sueño absurdo de que un día regresara…
y me eligiera.
Pero eso no iba a pasar.
No conmigo.
No en esta historia.
—Amiga, tú no puedes seguir así —dijo Ana una noche, sacándome de mis pensamientos.
Jugaba con su copa como si la respuesta estuviera en el fondo.
—Te voy a presentar a alguien.
Negué levemente, con una sonrisa cansada.
—No, Ana… no quiero que me presentes a nadie. No tengo interés en conocer a nadie.
Ella me miró, sabiendo la respuesta antes de que terminara de decirla.
—Sí, sí, yo sé —insistió—, pero ya tienes que sacarte a ese hombre de la cabeza. Está casado, Joss… ya.
Su voz se fue apagando.
No porque no tuviera razón…
sino porque ambas sabíamos que la lógica no funciona cuando el corazón ya decidió por su cuenta.
Bajé la mirada hacia mi copa.
El hielo se había derretido.
Como todo lo demás.
Y aun así…
algo en mí seguía esperándolo.
Hasta que Pablo apareció con alguien más.
—Joss, ven —dijo Ana con una sonrisa—. Te voy a presentar a un gran amigo de Pablo. Acaba de llegar de viaje. Te va a caer súper bien.
Levanté la mirada, sin mucho interés.
—Ah… sí. Hola, un placer. Soy Joss.
—Mucho gusto —respondió—. Soy Alex.
Era un chico de porte elegante, sin ser excesivamente llamativo. Pero había algo en él… algo difícil de definir. Tal vez su mirada. Tal vez su forma de hablar. O tal vez… era yo, intentando encontrar similitudes donde no las había.
Comparándolo.
Sin querer.
Con alguien que no estaba allí.
Aun así… la noche fluyó.
Hablamos durante horas. De todo y de nada. Temas simples, otros más profundos. Me sorprendí a mí misma riendo, escuchando, respondiendo… sintiéndome, por momentos, ligera.
Hacía mucho que no me sentía así.
Como si pudiera conocer a alguien sin peso.
Sin historia.
Sin heridas de por medio.
Y entonces, en medio de una conversación cualquiera, la pregunta apareció… silenciosa, pero clara:
¿Será que merezco un nuevo comienzo?
La noche había comenzado con un tono melancólico, cargado de recuerdos que aún no terminaban de irse. Pero, contra todo pronóstico, terminó siendo distinta.
Álex resultó ser una compañía inesperadamente agradable.
Centrado. Amable. Inteligente.
Se notaba que había atravesado sus propios procesos… que no hablaba desde la herida, sino desde la calma. Era, en muchos sentidos, todo lo opuesto a Ronaldo.
Y tal vez por eso… se sentía tan fácil estar con él.
Ana se fue con Pablo, y Álex, con una naturalidad que no incomodaba, se ofreció a llevarme a casa. Acepté.
El trayecto fue ligero. Risas. Conversaciones al azar. Silencios cómodos. Por momentos, olvidé todo lo demás.
Cuando el auto se detuvo frente a mi edificio, no sentí ese peso en el pecho que me acompañaba últimamente. Me despedí de él con una sonrisa sincera.
—Gracias por traerme.
—Cuando quieras —respondió, con una calma que no pedía nada a cambio.
Lo vi irse.
Y entonces, al girar hacia la entrada, noté un auto estacionado frente al edificio. No le di importancia. Era tarde. Podía ser cualquiera.
Saqué mis llaves.
Di un paso.
Y entonces lo sentí.
Una presencia detrás de mí.
—¿Quién es ese?
El corazón me dio un golpe seco.
El miedo me recorrió el cuerpo en un segundo, pero antes de girarme… su voz terminó de confirmar lo que ya sabía.
Él.
El Sr. Ronaldo.
Me volteé lentamente.
Y, por un instante, mi rostro lo dijo todo. Me había quedado blanca. Sin aire.
—Me asustaste… —murmuré—. ¿Quieres matarme?
Él no sonrió.
No respondió a eso.
Sus ojos estaban fijos en mí, tensos, oscuros.
—No respondiste mi pregunta —dijo, con una frialdad contenida—. ¿Quién era ese? ¿Tu nuevo novio?
Algo en su tono me incomodó.
No era curiosidad.
Era otra cosa.
—Sr. Ronaldo —respondí, recuperando poco a poco la compostura—, no creo que deba darle explicaciones sobre mi vida personal. Usted es un hombre casado… y yo una mujer libre.
Un leve silencio se abrió entre nosotros.
Pesado.
—Me parece bien, Leila —dijo finalmente—. Que no respondas.
Pero su mirada no decía lo mismo.
—Ahora mi pregunta es otra —continué, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué hace usted aquí? ¿Vigilando dónde vivo a esta hora?
#5694 en Novela romántica
#1996 en Otros
drama amor suspenso mentiras secretos, romance +18, romance +18 y secreto
Editado: 27.03.2026