No sé en qué momento tomé la decisión. Tal vez no fue una decisión.
Tal vez fue una caída lenta hacia algo que siempre estuvo esperándome. Eran las 3:18 a.m. cuando el teléfono volvió a vibrar. No estaba dormida.
No podía.
Llevaba horas mirando el techo, con su “Hola, Joss” repitiéndose en mi cabeza como un eco imposible de apagar.
Otro mensaje.
“¿Estás despierta?”
El corazón me dio un golpe seco, como si alguien hubiera cerrado una puerta dentro de mi pecho.
No respondí de inmediato.
Sabía que, si lo hacía, algo iba a cambiar.
Algo que después no podría deshacer.
El indicador de “escribiendo…” apareció. Desapareció. Volvió a aparecer.
“Estoy cerca.”
El aire se volvió más pesado.
Mis dedos temblaban.
—¿Cerca… dónde? —escribí finalmente.
Tres puntos.
Pausa.
Silencio.
“Abajo.”
Sentí un vértigo físico, real, como si el suelo se hubiera inclinado.
Me levanté sin recordar haberlo decidido. Caminé hasta la ventana con el corazón golpeando demasiado fuerte, demasiado rápido. Aparté apenas la cortina.
Y allí estaba.
Apoyado contra su auto, con las manos en los bolsillos, mirando hacia el edificio como si llevara horas allí… o como si no supiera si debía quedarse o huir, la luz amarilla del poste dibujaba sombras duras en su rostro. Se veía cansado. Tenso. Vulnerable de una forma que nunca antes le había visto.
Hermoso.
Peligrosamente hermoso.
Mi teléfono vibró otra vez.
“Si no quieres verme, me voy.”
Eso rompió algo dentro de mí.
No porque tuviera miedo de verlo… sino porque la idea de que se fuera otra vez me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Ni siquiera respondí. Sentía cómo el corazón se me aceleraba cada vez más, descompasado, insistente, como si quisiera adelantarse a lo que estaba por ocurrir.
Sin pensarlo, tomé las llaves.
Estaba en pijama.
Me peiné como pude, apenas un gesto automático frente al espejo, y salí.
Todo ocurrió sin conciencia, como si mi cuerpo supiera el camino antes que yo.
Bajé.
La puerta del edificio se cerró detrás de mí con un sonido seco, demasiado fuerte para la hora, demasiado definitivo para lo que estaba sintiendo.
Él levantó la cabeza.
Y desde entonces…
el mundo volvió a detenerse.
No había restaurante, ni gente, ni anillo, ni pasado ordenado. Solo nosotros dos, en mitad de una madrugada que parecía suspendida fuera del tiempo.
Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera comprobando que era real.
—Hola… —dijo, apenas.
Su voz estaba ronca. Frágil. Muy distinta a la del hombre seguro que recordaba.
No supe qué decir.
Solo asentí, porque si abría la boca tal vez iba a romperme.
Nos quedamos así unos segundos que se sintieron eternos.
Cerca.
Demasiado cerca.
Pero todavía sin tocarnos.
—No debería estar aquí —murmuró finalmente, más para sí mismo que para mí.
—Entonces… ¿por qué estás? —pregunté en voz baja.
Tragó saliva. Sus manos salieron de los bolsillos, nerviosas, como si no supiera qué hacer con ellas.
—Porque… —empezó, y se detuvo—. Porque no pude irme sin verte otra vez.
El corazón me dolió. Literalmente.
—Ya me viste —susurré—. En el restaurante.
Negó con la cabeza, despacio.
—No así.
Un silencio espeso cayó entre nosotros.
El viento movió ligeramente mi cabello y, por reflejo, su mano se levantó… como si fuera a apartarlo de mi cara. Se detuvo a mitad de camino, consciente de lo que estaba a punto de hacer.
Ese gesto contenido fue peor que si me hubiera tocado.
—Estás igual —dijo en voz muy baja.
Mentía. Yo lo sabía. Habían pasado demasiadas cosas.
—Tú no —respondí.
Sonrió apenas. Una sonrisa triste.
—Lo sé.
Sus ojos bajaron un segundo, como si buscara palabras en el suelo.
—No quería que te fueras así.
Mi pecho se apretó.
—No había nada más que hacer —dije.
Él dio un paso hacia mí instintivamente, no retrocedí.
La distancia entre nosotros desapareció hasta volverse peligrosa, podía sentir su calor.
Su respiración.
Ese olor que mi memoria reconoció al instante y que hizo que algo muy antiguo despertara dentro de mí.
—Quería decirte muchas cosas —murmuró—. Pero no podía… allí.
—¿Y ahora sí?
Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad casi dolorosa.
—Ahora tampoco debería.
Otro paso.
Ya no había espacio entre nosotros.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él podría oírlo.
—Entonces vete —susurré, sin convicción.
No se movió.
Su mano tembló apenas antes de rozar mi brazo. Un contacto mínimo, casi accidental… pero suficiente para que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza.
Cerré los ojos un segundo.
Error.
Porque cuando los abrí, su rostro estaba aún más cerca.
—Te extrañé —dijo, apenas audible.
Eso fue lo que terminó de romperme.
Todo lo que había construido.
Todo lo que había logrado contener.
Toda la dignidad, el orgullo, la distancia.
—No digas eso —susurré, con la voz quebrada—. No lo digas si no puedes…
No terminé la frase.
Porque su mano subió hasta mi rostro, con una lentitud reverente, como si tuviera miedo de que yo desapareciera si se movía demasiado rápido.
Su pulgar rozó mi mejilla, ese simple gesto desató todo. El aire entre nosotros se volvió eléctrico, insoportable.
—Dime que no quieres verme y me voy —murmuró, muy cerca de mis labios.
Mi corazón lo quería tener tan cerca pero mi mente lejos de mí, no encontré la fortaleza de decirle que se fuera. No respondí, me quedé en silencio fue suficiente más que suficiente.
Su respiración chocó contra la mía, como si fuéramos una sola alma, Y entonces…
Me besó, nos besamos como si el tiempo no hubiera pasado los sentimientos seguía allí intacto, no fue un beso suave, Ni lento, Ni contenido. Fue el beso de dos personas que se aman, aunque ya no deberían.
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Editado: 14.04.2026