Donde aún vive tu nombre

Dos mundos

Habían pasado algunos días.
Tal vez una semana.
La verdad era que ya no estaba segura.

Desde aquella noche el tiempo había empezado a sentirse extraño, como si hubiese perdido su ritmo natural. Los días continuaban avanzando con normalidad, el mundo seguía girando, las personas seguían con sus vidas… pero dentro de mí algo se había quedado detenido en el mismo lugar.

Intenté regresar a mi rutina.

Trabajo.
Casa.
Responsabilidades.

La vida que siempre había llevado.

Sin embargo, por más que lo intentara, era imposible fingir que nada había ocurrido. Cada vez que cerraba los ojos, mi mente regresaba inevitablemente a ese momento.

A su voz.

A su respiración tan cerca de la mía.

La manera en que me había mirado justo antes de irse.

Había algo en aquella mirada que todavía me estremecía cuando lo recordaba, como si él también hubiera entendido que aquello era un final.

Esa tarde estaba en la cocina, intentando distraerme con tareas simples, cuando mi teléfono vibró suavemente sobre la mesa.

Al principio no le presté atención.

Pero volvió a vibrar.

Y algo dentro de mí se tensó de inmediato, como una cuerda estirada demasiado tiempo.

Lo tomé con cierta cautela.

Cuando vi el nombre en la pantalla, el aire abandona mis pulmones de golpe.

Ronaldo.

Sentí cómo mi estómago se contraía al instante.

Dios.

Ni siquiera había pasado tanto tiempo… y aun así, al verlo escrito allí, mi cuerpo reaccionó con ese vértigo extraño que siempre provocaba en mí. Era como si fuera la primera vez que lo veía.

Abrí el mensaje con dedos ligeramente temblorosos.

"Hola, ¿cómo estás?"

Nada más.

Un saludo simple.

Pero para mí no tenía nada de simple.

Ese pequeño mensaje era como abrir una puerta que yo había intentado cerrar con todas mis fuerzas.

Mi corazón empezó a latir más rápido que nunca,pero no podía permitirme que este sentimiento me dominara, así que con mi firmeza y sensatez no respondí aquel mensaje. Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa, obligándome a respirar con calma, era mejor así.

Era mejor no responder, no alimentar algo que sabía perfectamente que solo podía traer problemas, pero apenas unos minutos después, el teléfono vibró otra vez.

Lo miré.

Otro mensaje.

"Dime algo, Joss. Necesito verte."

Un nudo se formó en mi pecho.

¿Cómo se supone que se ignora algo así?

¿Cómo se ignora a alguien que, de alguna forma inexplicable, todavía vive dentro de ti?

Tomé el teléfono.

Mis dedos dudaron sobre la pantalla durante varios segundos. Sabía que responder era peligroso. Sabía que una simple palabra podía volver a abrir una historia que había tratado de cerrar.

Pero aún así escribí.

"Hola, Ronaldo."

Me quedé mirando el mensaje unos segundos… y luego lo borré.

Respiré hondo.

Intenté calmarme.

Volví a escribir.

"Hola, Ronaldo. No creo que sea prudente. La verdad… no quiero más problemas de los que ya tengo."

Leí el texto varias veces antes de enviarlo, como si buscara asegurarme de que cada palabra estuviera en su lugar.

Finalmente presioné enviar.

El mensaje salió.

Y con él, también sentí que una parte de mi calma desaparecía.

Porque, en el fondo, había algo que me daba miedo admitir.

Si él volvía a insistir…

no estaba segura de tener la fuerza suficiente para decir que no.

Pasé toda la tarde pensando en él.

Era como si mi mente se hubiera quedado atrapada en un bucle del que no lograba salir. Pensamientos obsesivos que regresaban una y otra vez, sin darme descanso.

Intenté trabajar.

Intenté concentrarme en otras cosas.

Pero todo me llevaba al mismo lugar.

A su voz.

A su mirada.

Esa noche.

El día se me hizo eterno, como si el tiempo se negara a avanzar.

Cuando finalmente llegué a casa me sentía agotada. Dejé el bolso sobre la mesa y fui directo al baño. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente corriera sobre mi cuerpo, intentando relajar los músculos tensos.

Por unos minutos logré sentir algo parecido a la calma.

Hasta que escuché vibrar mi teléfono.

Salí del baño y lo miré.

Por un segundo pensé que era él.

Pero no.

Era un cliente.

Leí el mensaje.

Hola Leyla, ¿cómo estás? Me gustaría adquirir tus servicios hoy a las 9 pm.

Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.

Leyla.

Ese nombre que no era mío, pero que en algún rincón de mi vida también me pertenecía. Solté un suspiro, pesado, como si en él se escapara un poco del cansancio que llevaba acumulando en silencio. A veces me preguntaba hasta cuándo podría sostener esa doble existencia: dos vidas, dos versiones de mí misma. Una que luchaba por salir adelante con lo poco que tenía… y otra que se movía en territorios que jamás habría imaginado pisar.

No era la vida que quería. No era la que había soñado para mí. No quería esconderme, ni fragmentarme en identidades que no terminaban de ser completas. Pero el dinero era una necesidad urgente, una cuerda invisible que me mantenía atada a decisiones que no siempre elegía desde el deseo, sino desde la supervivencia.

Cerré los ojos por un instante, reuniendo la determinación que me quedaba, y finalmente escribí:

—Está bien. Allí estaré.

Segundos después, la respuesta llegó junto con una ubicación. Un hotel.

Uno de esos lugares donde todo parecía cuidadosamente diseñado para impresionar: impecable, elegante, distante… tan ajeno a mi mundo que resultaba casi irreal. Me quedé en silencio, observando la pantalla, antes de empezar a prepararme.

Saqué un vestido negro ajustado que resaltaba mi figura. Labial rojo y zapatos negros de tacón alto, dejando mi cabello suelto sobre los hombros.

Cuando me miré en el espejo, Leyla estaba de vuelta.




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