Al día siguiente fui a trabajar como siempre. Todo parecía normal, tranquilo. Intenté concentrarme, convencerme de que todo estaba bien.
Pero en el fondo, Ronaldo seguía dando vueltas en mi cabeza.
Esa noche recibí un mensaje de mi mejor amiga.
Anastasia.
“Amiga, vamos a salir de fiesta.”
Sonreí al leerlo.
No estaba particularmente animada, pero necesitaba distraerme.
Le respondí de inmediato.
“Amigaaa, sí, vamos.”
Una noche sin drama, sin pensar en Ronaldo… me caía perfecto.
Empezamos tomando vino en mi casa mientras nos arreglábamos, con música de fondo.
Anastasia era de esas amigas que iluminaban cualquier lugar con su energía. Alta, de cabello rojo intenso, piel mestiza hermosa. Tenía esa belleza que parecía sacada de una pasarela.
Siempre bromeaba diciéndole que parecía una modelo de Victoria’s Secret.
Pero lo mejor de ella no era su apariencia, Ana es un espíritu libre, su manera de vivir la vida sin preocuparse demasiado.
Fuimos a un local nuevo en la ciudad. El novio de Anastasia lo había inaugurado hacía poco… uno de esos chicos de mami y papi con los que ella solía salir, hombres moldeados por el dinero, por los apellidos, por una vida que siempre había sido fácil.
Ana y yo nos conocimos en un momento bastante peculiar. Coincidimos en una agencia de modelos —irónico, de alguna forma— porque, aunque compartimos el mismo espacio, no compartimos las mismas razones. Ella no tenía la necesidad de entrar en ese mundo oscuro en el que yo ya estaba atrapada. No lo hacía por supervivencia, como yo.
Lo hacía por rebeldía.
Por llevarle la contraria a su familia, por romper expectativas, por sentirse libre aunque fuera de la manera más caótica posible.
Sí… estaba un poco loca.
Pero también era, sin duda, una de las mejores amigas que la vida me había puesto en el camino.
Los tragos iban y venían, como si la noche no tuviera intención de detenerse. La música vibraba en el pecho, alta, envolvente; la gente reía sin reservas, y por un momento todo parecía perfectamente diseñado para olvidar. Y claro… todo era gratis. Ventajas de tener una amiga con los contactos correctos.
El alcohol empezaba a hacer efecto cuando, casi sin pensarlo, levanté la mirada hacia el fondo del lugar.
Ahí estaban.
Tres chicos en una mesa.
Y entre ellos… Ronaldo.
Mi corazón dio un pequeño salto, torpe, involuntario.
Dios.
No podía ser.
Por un segundo pensé que tal vez era el alcohol, que quizá ya estaba lo suficientemente mareada como para empezar a imaginar cosas. Así que hice lo más fácil: decidí no darle importancia.
Me incliné hacia Anastasia.
—Voy a salir un momento… Necesito aire.
No esperé mucho más. Solo necesitaba salir de ahí, despejar la cabeza, recuperar un poco el control.
Afuera, el aire frío de la noche me recibió como un alivio suave. Cerré los ojos un instante y respiré profundo, dejando que ese contraste me aterrizara.
Y entonces, detrás de mí, una voz.
—Así que andas de fiesta.
Me giré.
Era él.
Llevaba un pantalón de mezclilla y una camisa blanca que resaltaba su piel clara. El cabello ligeramente desordenado, como si no le importara demasiado… y esas cejas gruesas, tan suyas, tan imposibles de ignorar. Siempre han sido mi debilidad.
Y, como si fuera poco, olía increíble.
—Eh… sí —respondí, intentando que mi voz sonara más firme de lo que realmente me sentía—. ¿Y tú qué? ¿Me estás siguiendo o algo?
Ronaldo soltó una risa breve, casi divertida.
La verdad, Joss… Esta ciudad es un patio. Todos se conocen —dijo, con una media sonrisa que no terminaba de ser casual—. Y tú… te ves hermosa hoy. Asumo que no viniste sola.
Sus palabras se quedaron suspendidas entre nosotros, cargadas de una intención que iba más allá de la simple observación.
Se acercó un poco más, lo suficiente para acortar la distancia sin invadirme del todo, pero sí lo bastante como para hacerme consciente de su presencia… de su cercanía… de todo lo que implicaba tenerlo otra vez tan cerca.
Además, el dueño del lugar es un gran mejor de la infancia.
Lo miré con una media sonrisa, sostenida entre la ironía y una defensa que ya me salía automática.
—Ah, claro… Es cierto que todos ustedes, niños ricos, se conocen.
Él alzó una ceja, con ese gesto tan suyo, cargado de una provocación sutil… casi elegante.
—¿Y eso te molesta… o te intriga?
Su voz bajó apenas, lo suficiente para que la pregunta sonara más íntima de lo que debería.
Sostuve su mirada un segundo de más, sin responder de inmediato.
Porque, en el fondo… ni yo misma tenía clara la respuesta.
—Pero no respondiste a mi pregunta… ¿o acaso estás con tu novio, el señor González?
Lo miré sin apartar la sonrisa, aunque por dentro algo se tensaba.
—Fíjate, si supieras que hoy no quiso venir. Tenía mucho trabajo —respondí, con un deje sarcástico que no me molesté en ocultar.
Él soltó una risa breve, pero sus ojos no acompañaron del todo.
—Qué bueno… —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Un señor de esa edad no debería estar en estos trotes… y mucho menos intentando complacer a una mujer como tú.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
No eran solo palabras.
Eran juicio.
Eran celos.
Eran algo más… que ninguno quería nombrar.
El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que no estábamos dispuestos a admitir en voz alta.
No quise quedarme ahí más tiempo del necesario.
Sin añadir nada más, me di la vuelta y regresé adentro con Anastasia.
La música seguía golpeando fuerte, las risas llenaban el espacio, y los tragos continuaban llegando como si alguien se encargará de que nunca faltaran. Anastasia estaba en su elemento: feliz, luminosa, bailando con todos, celebrando como si la noche le perteneciera.
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Editado: 14.04.2026