Donde aún vive tu nombre

El cliente, con el mismo nombre

Yo intentaba seguir con mi vida, con mi trabajo, con mi rutina.

Me repetía, casi como una verdad necesaria, que Ronaldo ya era parte del pasado… aunque en el fondo sabía que no era tan simple. Algunas cosas no desaparecen; solo aprenden a quedarse en silencio.

Una tarde inesperada recibí un mensaje, un número desconocido.

Lo abrí sin pensarlo demasiado.

Hola, buenas tardes. ¿Cómo se encuentra, señorita?

Mi nombre es Ronaldo. Me encantaría adquirir sus servicios. Quedo atento a su pronta respuesta.”

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

Su usuario indicaba un nombre Lic. Ronaldo.

El nombre me produjo una incomodidad inmediata, casi instintiva. preguntándome si era el mismo Ronaldo el que hace que mi mundo colapse. Pero intenté restarle importancia. Era un nombre común. Una coincidencia, nada más.

Además, el mensaje era educado.

Correcto.

Eso me bastó.

Imaginé a un hombre mayor, quizás de unos cincuenta años. Alguien tranquilo, respetuoso… de esos que no complican las cosas.

Y al final, trabajo es trabajo.

Respondí de manera profesional, presentándome como Layla, y le envié la información del servicio.

No pasó ni una hora cuando respondió.

Aceptó todo.

El precio.

El lugar.

El tiempo.

Quedamos para esa misma noche.

Un hotel de cinco estrellas.

Discreto. Elegante. Perfecto en exceso.

Esa noche me arreglé con cuidado.

Elegí un vestido rojo.

Zapatos no demasiado altos.

El cabello recogido, dejando algunos mechones sueltos, como si la imperfección hubiese sido planeada.

Labial rojo también.

Nada exagerado.

Aunque el rojo… en mí siempre decía más de lo necesario.

Al llegar, un camarero me recibió en la entrada del bar.

—Buenas noches, señorita. Su mesa está por aquí.

Lo seguí.

Pero algo en mi interior no terminaba de encajar.

Estaba nerviosa.

Y eso era raro.

Yo ya había estado en situaciones así muchas veces. Sabía cómo moverme, cómo hablar, cómo sostener cada escena sin dejar que nada se saliera de control.

Tal vez era el nombre.

Ronaldo.

Se quedó flotando en mi cabeza más de lo que debía.

Pasaron unos minutos.

Entonces él llegó.

Un hombre educado.

De presencia tranquila, segura. No particularmente llamativo, pero había algo en él… algo difícil de explicar. Algo que se sentía familiar, aunque no lograba entender por qué.

Nos sentamos.

La conversación comenzó ligera, casi automática.

Luego, sin darnos cuenta, se volvió más profunda.

Pedimos alcohol.

Las palabras fluían con una naturalidad que no era común en este tipo de encuentros.

Subimos a la habitación.

Todo ocurrió dentro de lo esperado.

Sin sobresaltos.

Sin excesos.

Sin nada que rompiera la rutina.

Él pagó.

Y yo me fui.

Y hasta ahí… todo parecía completamente normal.

Con el tiempo, el señor Ronaldo se convirtió en un cliente habitual.

Le gustaba conversar.

Y a mí también.

Porque, además de educado, era un hombre inteligente. De esos que siempre tienen algo que decir, algo que deja una pequeña marca después de cada encuentro.

Hablábamos de economía.

De negocios.

De política.

Yo aprendía.

Y, en esta vida, aprender también es una forma de sobrevivir.

Las semanas pasaban.

Demasiado tranquilas.

Casi sospechosamente tranquilas.

Él empezó a buscarme con más frecuencia.

Yo intentaba mantener cierta distancia. No por rechazo… sino por cansancio. Porque esa doble vida comenzaba a pesar más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pero él pagaba bien.

Muy bien.

Y en este mundo… eso importa.

Era un hombre casado.

No hacía falta que lo dijera.

Se notaba en la forma en que medía sus tiempos, en lo que contaba… y en lo que omitía.

Tenía familia.

Dos hijos, si recordaba bien.

Lo mencionó una vez, sin detenerse demasiado en el tema.

Yo tampoco pregunté.

Aprendí hace mucho que no todo se debe saber.

Que hay límites que es mejor no cruzar.

A él le gustaba la fotografía.

A veces llevaba su cámara.

Decía que tenía un rostro especial, que mi cuerpo entendía la luz de una forma poco común.

—Eres mi musa —decía con una sonrisa tranquila.

Yo solo reía.

No sabía si lo decía en serio… o si era solo otra forma elegante de halagarme.

También hacía preguntas.

Demasiadas, a veces.

—Es extraño que no tengas novio —comentaba—. Con lo hermosa que eres… con esa energía.

Pero yo sabía manejar esas conversaciones.

Aprendí a separar.

A dejar partes de mí fuera.

Porque no todo se comparte.

No todo se muestra.

Hay versiones de una misma que no le pertenecen a nadie más.

Aun así, mi vida empezó a mejorar.

Económicamente, al menos.

Pero incluso en medio de esa aparente estabilidad… mi mente a veces regresaba.

Al pasado.

A las decisiones que no supe detener.

A los momentos que, poco a poco, me trajeron hasta aquí.

Y a ese peso silencioso que llevaba dentro.

El de sentir que, en algún punto del camino, dejé de reconocerme.

Que mi vida se convirtió en algo que nunca imaginé.

A veces me preguntaba cuándo ocurrió.

En qué momento exacto.

Cuándo dejé de ser quien era…

para convertirme en alguien que apenas podía sostener su propio reflejo.




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