Habían pasado seis meses desde mi boda, seis meses viviendo en Estados Unidos con Katie, intentando construir la vida que todos esperaban de mí. Todo parecía perfecto desde afuera, la casa, el trabajo, la esposa ideal.
Una inquietud constante, silenciosa, que aparecía en los momentos más inesperados… como un recordatorio imposible de ignorar. Porque, por más que intentara justificar mis decisiones, había una imagen que volvía una y otra vez:
Joss.
Y la forma en que la había dejado, devastada.
Otra vez.
No era la primera vez que me iba. No era la primera vez que elegía lo correcto por encima de lo que sentía. Pero esta vez… pensaba distinto. Más hondo. Más consciente.
Era diciembre cuando regresé a mi país para pasar las festividades.
Katie decidió quedarse. El trabajo no le permitió moverse esta vez, y por primera vez desde que nos habíamos casado… viajaba solo.
No debería haber significado nada.
Y, sin embargo, lo significaba todo.
El frío del invierno se sentía distinto al bajar del avión, pero no era nada comparado con lo que llevaba dentro. Había una inquietud constante, una especie de pulso irregular que no lograba calmar, por más que intentaba distraerme con lo evidente: el reencuentro con mi ciudad, con mis calles, con lo que alguna vez fue mío.
Pero no era eso lo que me había traído de vuelta.
No del todo.
Había algo más.
La necesitaba. No sabía por qué, pero su recuerdo seguía ahí, como una espina clavada en el pecho, así que llamé a Manuel, mi amigo de siempre… el mismo que había organizado mi despedida de soltero.
Nos encontramos en un café esa tarde.
—Hermano, ¿te acuerdas de las chicas que fueron a la despedida? —le pregunté intentando sonar casual.
Manuel soltó una risa inmediata.
—¡Claro que me acuerdo! ¿Por qué?
Tomé aire antes de decirlo.
—La que me bailó… Me gustaría contactarla.
Manuel me miró con una sonrisa pícara.
—Jajajaja… hermano, hoy es tu día de suerte.
Este fin de semana tengo el apartamento solo. Me voy de viaje con mi novia, así que si quieres traerla… tienes el lugar.
Sacó su teléfono y buscó el contacto.
—Aquí está.
Me pasó el número.
Cuando guardé el contacto en mi celular, noté el nombre.
Leyla.
Fruncí el ceño.
—Mmm… interesante.
No sabía si era coincidencia o no, pero algo dentro de mí se movió.
Decidí escribirle.
Pero no usé mi nombre.
No quería que me rechazara.
Sabía que me tenía bloqueado en todos lados.
Ni siquiera podía ver su foto.
Eso me volvía loco.
Así que me hice pasar por José.
Mis manos estaban tensas cuando envié el primer mensaje.
Pasaron unos minutos que se sintieron eternos.
Hasta que llegó la respuesta.
—Hola, feliz tarde.
Sí, tengo disponibilidad a las 8 pm. Envíame la ubicación y estaré allí puntual.
Sentí un golpe fuerte en el pecho.
La iba a ver.
Después de seis meses.
Aún recuerdo perfectamente la última noche que pasamos juntos.
La forma en que no quería irme de su lado.
Su olor.
Su piel.
Sus besos cálidos.
Cerré los ojos un momento.
La había extrañado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y ahora, después de tanto tiempo…
finalmente iba a volver a verla.
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Editado: 14.04.2026