Era sábado alrededor de las 5 pm, me encontraba sola en casa, tomando una copa de vino después de una semana llena de trabajo, por fin después de mucho tiempo tengo mis días libres.
Quería dedicárselo a ella misma: ver una película, leer un poco, organizar sus cosas, pero de repente llega un mensaje de texto.
—Hola, buenas tardes. Soy José R. Me gustaría acordar una salida contigo hoy a las 8 pm.
Me pareció extraño, aunque no lo suficiente como para detenerme. Era un número nuevo, sin foto, sin rastro alguno que dijera quién estaba del otro lado. Me quedé observando unos minutos, como si en ese silencio pudiera encontrar alguna señal. Hacía meses que no aceptaba un servicio; el último había sido el señor Ronaldo… y después de eso, algo en mí se había quedado suspendido, como si no hubiera querido seguir.
Pero la realidad no se detiene por lo que uno siente. Tenía cuentas pendientes y el trabajo había estado demasiado lento. Así que volví al pensamiento más simple, al más frío, al único que en ese momento parecía sostenerlo todo: dinero es dinero.
Revisé la ubicación. No estaba lejos. Y la residencia… me resultaba conocida. Eso me dio una tranquilidad momentánea, suficiente para avanzar sin cuestionar demasiado.
Me arreglé con calma. Elegí un vestido rosado, sencillo, casi inocente. Zapatos bajos. El cabello suelto, cayendo en ondas suaves, como si no hubiera esfuerzo detrás. El maquillaje ligero, apenas lo necesario para resaltar mis ojos y definir el rostro sin endurecerlo. Natural, o al menos, lo más cercano a eso que podía ser.
Tomé un Uber. Durante el trayecto, todo parecía normal. La ciudad se movía con su ritmo habitual, ajena a cualquier conflicto interno. Sin embargo, dentro de mí algo no terminaba de acomodarse, como una sensación leve pero persistente que no lograba nombrar.
Al llegar, lo primero que sentí fue el peso del lugar. Era una residencia elegante, impecable, donde el lujo no necesitaba exhibirse para imponerse. Se notaba en los detalles, en el silencio, en la forma en que todo parecía perfectamente dispuesto.
Me acerqué a la recepción.
—Busco a José R.
El portero me observó apenas un instante antes de asentir con cortesía.
—La están esperando. Piso once, apartamento 11A.
Entré al ascensor. Las puertas se cerraron detrás de mí con un sonido suave. Subía lento… o tal vez era mi mente la que se adelantaba demasiado. Las preguntas comenzaron a aparecer sin orden, una tras otra, como si algo en mí intentara advertirme. Esa sensación conocida… la de estar volviendo a algo que había prometido dejar atrás.
Como una recaída.
Dicen que la segunda vez siempre es peor.
El ascensor se detuvo. Piso 11.
El pasillo estaba en silencio. Caminé despacio, sintiendo cada paso más pesado que el anterior. No era solo el lugar. Era lo que significaba estar ahí otra vez.
Apartamento 11A.
Me detuve frente a la puerta. El número parecía más presente de lo que debería. Respiré profundo, intentando calmar el nudo que comenzaba a formarse en mi pecho.
Por un segundo… dudé.
Pero ya estaba allí.
Levanté la mano para tocar el timbre, y fue entonces cuando lo noté: la puerta estaba ligeramente abierta. Apenas un gesto, casi imperceptible, pero suficiente para detenerme un instante más.
Aun así, entré.
Con cuidado.
—Buenas noches, señor José… —murmuré al avanzar lentamente, dejando que la voz rompiera el silencio del lugar.
El apartamento estaba en penumbra. Demasiado quieto.
Y entonces la escuché, esa voz tan familiar.Imposible.
—Joss… entra.
Mi nombre.
Dicho de una forma que mi cuerpo reconoció antes que mi mente.
Sentí cómo los nervios comenzaban a subir, lentos, inevitables, a medida que avanzaba. Cada paso pesaba más que el anterior, como si algo dentro de mí intentara detenerme… aunque ya era tarde.
Hasta que lo vi, era Ronaldo. Su rostro se puso pálido inmediatamente.
—E… ¿eres tú?
Ronaldo me miró con una intensidad, con la misma intensidad que me desarma por completo.
—Wow… estás bellísima. No sabes cuánto te extrañé, Joss.
Lo dijo con una suavidad que, en otro momento, habría sido suficiente para desarmarme. Pero esta vez… no.
—Ronaldo… ¿por qué hiciste esto?
Mi voz salió firme, contenida. No me acerqué. No di un paso hacia él.
Él sostuvo mi mirada un instante antes de responder, como si buscara las palabras correctas entre todo lo que había callado.
—Sabía que no querías verme. Me bloqueaste de todos lados… no tuve otra alternativa.
Había algo en su tono. Un intento de arrepentimiento. Algo que quería parecer sincero… pero que no terminaba de serlo.
Se hizo a un lado, dejando espacio.
—No… —negué suavemente—. Ronaldo, yo me voy. No puedo con esto.
Giré el cuerpo, acercándome a la salida, aferrándome a la única decisión que en ese momento parecía correcta.
Pero su voz me detuvo.
—Por favor, Joss… no te vayas. Necesito hablar contigo.
Hubo una pausa breve.
—Sé que fui un imbécil por alejarme así… sin explicación.
Cerré los ojos un segundo.
Respiré.
Y cuando volví a mirarlo, ya no quedaba nada de contención.
—¿Hablar de qué, Ronaldo? —pregunté, esta vez sin suavizar nada—. ¿De que estás felizmente casado con Katie? ¿O de que vienes porque te sientes vacío… y quieres que me crea que me amas?
Di un paso atrás.
—No. Esta vez no.
Sentí cómo todo lo que había guardado comenzaba a salir sin filtro, sin orden, sin cuidado.
—Estoy harta. ¿Me entiendes? Harta de ser la sombra. De ser lo que escondes, lo que no eliges.
Mi voz tembló apenas, pero no se rompió.
—Pasé semanas… semanas enteras destrozada, comparándome, intentando entender qué tenía ella que yo no… mientras tú jugabas a ser el esposo perfecto.
El silencio que siguió fue pesado.
Denso.
#5778 en Novela romántica
#2105 en Otros
drama amor suspenso mentiras secretos, romance +18, romance +18 y secreto
Editado: 14.04.2026