Donde aún vive tu nombre

Ronaldo & Joss

El día que, después de tanto tiempo, iba a verla otra vez.

No era un día cualquiera, aunque todo a mi alrededor insistiera en parecerlo. La rutina seguía su curso: maletas, preparativos, llamadas pendientes. Katie se movía de un lado a otro con una energía que no conocía desde hacía meses. La emoción le brillaba en los ojos… quizá por el viaje, quizá por el embarazo, quizá por esa ilusión sencilla de volver a casa.

Yo la observaba en silencio.

Sonreía cuando debía hacerlo. Asentía. Respondía.

Pero no estaba allí.

Había algo dentro de mí que no lograba acompasarse con ese momento. Una inquietud antigua, persistente… como una herida que nunca terminó de cerrar del todo.

Había pasado un año y medio.

Un año y medio intentando convencerme de que el tiempo podía hacer su trabajo, de que la distancia era suficiente, de que lo correcto eventualmente reemplazaría lo que ardía.

Pero no fue así.

No hubo un solo día —ni uno— en el que no pensara en ella.

En su voz.
En su forma de mirarme como si, por un instante, yo dejara de ser todo lo que debía ser… y pudiera simplemente ser.

Joss.

Su nombre seguía teniendo un peso extraño en mi pecho.

A veces me preguntaba, en medio de la noche, en esos momentos en los que nadie exige nada de ti… si había sido real o si lo había imaginado todo para escapar de la vida que elegí.

Porque sí.

Esta fue la vida que elegí.

Katie… mi esposa.
Mi hijo en camino.
Mi profesión.
Mi nombre.

Todo estaba en orden.

Todo… menos yo.

La boda transcurría como cualquier celebración bien ensayada: risas, copas que chocaban, conversaciones que se mezclaban sin demasiada importancia. Todo parecía estar en su lugar.

Y, sin embargo, tenía que admitirlo: Pablo me sorprendió.

El chico más fiestero, el menos centrado de todos… había encontrado, al fin, su media naranja. La mujer capaz de sostenerlo sin apagarlo, de entender su caos sin perderse en él.

Había algo casi irónico en eso.

Y, al mismo tiempo… profundamente cierto.

Entré con Katie a la ceremonia, tranquilo en apariencia, sereno en cada gesto, pero con una inquietud que no lograba disimular del todo. Mis ojos recorrían el lugar sin pausa, como si buscaran algo que mi mente todavía no se atrevía a nombrar.

Y entonces la vi.

Primero fue una silueta.

Una presencia imposible de ignorar.

El vestido, azul celeste, caía sobre su cuerpo con una delicadeza que la hacía destacar sin esfuerzo. No necesitaba llamar la atención… simplemente la tenía.

Supe que era ella antes de confirmarlo.

Joss.

No había cambiado.

O quizás sí… pero no en lo esencial.

Seguía intacta.

No fue inmediato.
No fue escandaloso.

Fue peor.

Fue ese instante en el que el mundo sigue avanzando…

pero algo dentro de ti se detiene.

Allí estaba.

Tan cerca…

y, al mismo tiempo, completamente fuera de mi alcance.

El aire se volvió más denso.

Respirar dejó de ser automático.

Había imaginado este momento demasiadas veces, pero ninguna de esas versiones se parecía a la realidad.

Porque la realidad… dolía.

Dolía como una presión en el pecho, como si algo invisible se hundiera lentamente, sin prisa, pero sin tregua.

Al finalizar la ceremonia, nos dirigimos a la recepción. La mesa que nos asignaron era la de los amigos de los novios y, una vez más, el destino hizo su jugada.

La colocó frente a mí.

Pero esta vez no estaba sola.

Estaba con él.

Un chico al que no conocía, alguien que jamás había visto entre el círculo de Pablo, pero no necesité más para entender. Bastó observar la forma en que él la miraba… y la manera en que ella le sostenía la mirada.

Sentí algo atravesarme por dentro, algo oscuro, inmediato… imposible de disimular incluso para mí.

Y aun así…

No podía dejar de mirarla.

Había en ella algo intacto.

Algo que el tiempo no había logrado tocar.

Su forma de moverse.

La manera en que giraba el rostro al escuchar.

Ese leve brillo en los ojos…

El mismo.

El mismo que alguna vez fue mío.

O eso quise creer.

Mi mente empezó a traicionarme con recuerdos: su cabello entre mis manos, el calor de su piel, la cercanía que alguna vez fue natural y ahora resultaba imposible.

Todo en ella seguía teniendo el mismo efecto.

Como si el tiempo no hubiera pasado.

Como si yo no hubiera cambiado nada.

O como si, en el fondo, nunca hubiera cambiado.

Entonces la vi apartarse.

Un movimiento sutil.

Casi discreto.

Se dirigía hacia el interior de la casa.

Y en ese instante supe que no iba a poder quedarme donde estaba.

No era una decisión.

Era algo más primitivo.

La seguí.

Cada paso que daba detrás de ella encendía algo que creí haber aprendido a controlar. Una tensión antigua, contenida, que regresaba con una intensidad incómodamente familiar.

Cuando la tuve a unos pasos de distancia…

Todo lo que había construido en mi ausencia

—la calma, la distancia, el orden—

se volvió irrelevante.

Porque bastó su presencia, de lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo.




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