Llegamos a casa, no hubo palabras. Solo un silencio ensordecedor.
Mi padre fue el único que habló, de forma breve, como si no quisiera prolongar nada más de lo necesario.
—Mañana hablamos. Descansa.
Asentí.
Lo vi alejarse por el pasillo hasta desaparecer en su habitación.
Esa madrugada no pude dormir, Tenía apenas una semana de haber regresado… y ya todo era un caos.
Joss con alguien más.
Katie embarazada.
Y mi padre… obsesionado con la misma mujer que yo amaba.
Pensar en eso me revolvía el estómago.
Me producía náuseas.
Por la mañana, todo aparentaba normalidad.
Demasiada normalidad.
Mi madre se movía por la casa como siempre, ajena a todo, preguntando con ligereza por mi padre, notando apenas su distancia.
—¿Qué le pasa? —me dijo—. Está muy extraño.
No supe qué responder.
Porque lo que pasaba… no podía decirse en voz alta, Mi padre pasó toda la mañana encerrado en el despacho. Y yo… atrapado en mis propios pensamientos.
El silencio de la casa no era paz.
Era presión.
Minutos después, la puerta del despacho se abrió.
Él salió.
Su expresión era distinta.
Más dura.
Más lejana.
Como si ya hubiera tomado una decisión.
—Ven —dijo.
Su voz no admitía preguntas.
Lo seguí hasta el despacho.
Cerró la puerta.
Y entonces habló.
—Hijo… —comenzó, con una calma que no me gustó—. Debido a lo sucedido ayer… he tomado una decisión.
Sentí cómo el cuerpo se me tensaba.
—Creo que lo mejor es que te vayas hoy mismo con Katie al apartamento. Van a formar una familia… es lo más conveniente.
Sus palabras me golpearon de inmediato.
—¿Hoy? —pregunté, sin poder ocultar la sorpresa—. Pero habíamos quedado que sería en dos semanas. El apartamento aún no está listo…
—Eso no importa —me interrumpió.
Su tono fue seco.
Definitivo.
Lo miré.
Algo no estaba bien.
—No puedo tenerte aquí —continuó—. No después de lo que pasó.
El aire se volvió pesado.
—Padre…
—No voy a convivir bajo el mismo techo con un hombre que… —hizo una pausa—
que se involucró con la misma mujer que yo.
Silencio.
Un silencio incómodo. Cortante.
Sentí el impacto de sus palabras en el pecho.
No era solo enojo.
Había algo más.
Algo que no estaba diciendo.
—Esto se terminó —añadió—. Y necesito orden en esta casa.
Lo miré fijamente.
—¿Orden… o control? —pregunté.
Sus ojos se endurecieron.
—Esto no se trata de mí —añadí, dando un paso al frente—.
Se trata de ella, ¿verdad?
Te obsesionaste con ella.
El golpe fue inmediato.
Mi padre estrelló la mano contra el escritorio con una furia contenida que hizo vibrar todo a su alrededor.
—¡Esto no se trata de ella! —espetó, mirándome con una intensidad que rozaba el odio—.
Se trata de lo que esa mujer le hizo a esta familia.
El silencio que siguió fue pesado. Denso.
Irrespirable.
—¿A la familia… o a ti? —murmuré.
La puerta se abrió de repente.
—¿Qué está pasando aquí? —la voz de mi madre irrumpió en la habitación—. ¿Están peleando?
Ambos giramos hacia ella.
—No, madre —respondí rápidamente—. Tranquila. Solo estamos hablando.
Hice una pausa breve.
—Ya tomamos una decisión. Me voy hoy con Katie al apartamento.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Hoy? —preguntó, confundida—. Pero si acabas de llegar… no ha pasado ni una semana.
Miró a mi padre, buscando respuestas.
—Ronaldo… ¿qué está pasando? ¿Qué le estás diciendo a tu hijo para que se vaya así?
Mi padre ni siquiera la miró.
—Por favor, mujer, no te metas.
Su tono fue frío. Cortante.
—Él necesita hacerse hombre. Asumir su responsabilidad. Ya es suficiente de estar bajo este techo, protegido por todos… y especialmente por ti.
Mi madre quedó en silencio.
Dolida.
Yo también.
No podía creer lo que estaba pasando.
—Está bien —dije finalmente, con la voz más firme de lo que me sentía—. Así será, padre. Me voy.
No esperé respuesta.
Salí del despacho.
Subí las escaleras sin mirar atrás, con el pecho apretado y una sensación extraña creciendo dentro de mí.
No era rabia.
No era tristeza.
Era algo peor.
Cuando llegué a mi habitación, mi madre entró detrás de mí.
—Hijo… —su voz era suave, preocupada—. ¿Qué está pasando realmente?
La miré.
Y por primera vez… no supe qué decir.
Al día siguiente empezamos la mudanza. Katie me seguía preguntando qué le ocurría a mi padre y por qué estaba tan molesto conmigo. Para desviar el tema, solo respondía: “Nada, amor, solo que él tiene sus asuntos con mi madre y tiene que arreglarlo”.
Ese mismo día estaba bastante ocupado. La mudanza se logró, pero aún quedaba muchísimo por hacer. Además, tenía trabajo en el consultorio, así que mi tiempo era muy limitado.
Katie se encargó de la decoración de todo lo necesario junto con mi madre.
Los meses pasaban rápido. Katie ya tenía cinco meses de embarazo. Yo me encontraba muy feliz; el apartamento ya estaba tomando forma. Solo faltaba organizar el cuarto del bebé. Pero aun así no dejaba de pensar en Joss, en aquella noche en la que mi padre descubrió todo. Desde ese momento, él mantuvo la distancia. Si teníamos reuniones familiares, era cortés, pero no como antes: más frío, más distante.
Nunca más volvimos a tocar el tema de Joss. Yo no supe nada de ella; ni siquiera me la topaba por casualidad.
#3269 en Novela romántica
#1030 en Otros
drama amor suspenso mentiras secretos, romance +18, romance +18 y secreto
Editado: 12.05.2026