Fue un día cualquiera. Me había quedado en casa de Alex y, alrededor del mediodía, me dejó en la mía. Tenía trabajo pendiente, cosas por coordinar. Luego de terminar, me senté frente al televisor a ver una película mientras esperaba mi comida.
A los pocos minutos, sonó el timbre.
“Qué rápido llegó”, pensé.
Abrí la puerta sin problema… pero no me percaté de quién era.
Cuando levanté la mirada, ahí estaba: el señor Ronaldo, con una expresión nada amigable.
—Señor Ronaldo… ¿qué hace aquí? —dije, confundida.
—¿Cómo qué hago aquí? Vine a verte… ¿o no puedo? —respondió con tono desafiante.
—Eh… pero para eso usted tenía que avisar —contesté, incómoda.
—¿Avisar? ¿Para qué? ¿Para que no me respondas?
—Creo que no es momento de hablar ahora…
—¿Cómo que no, Leyla? Ah… perdón, Joss… ¿estás con Alex?
—Eso no le importa.
—Ok… entiendo.
En ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. De repente, me tomó con fuerza de los brazos.
—Ahora te haces la mosca muerta después de destruir mi relación con mi hijo…
—¡No! Suélteme… usted mismo lo hizo, yo no tengo nada que ver…
Con una fuerza abrumadora, me sujetó del cuello.
—Eres una putita muy mala… dime, ¿cuánto cuesta una noche contigo…?
No podía respirar. Mis manos intentaban desesperadamente apartar la suya de mi cuello…
Hasta que el timbre sonó nuevamente.
Se detuvo.
Sonrió con frialdad.
—Te salvó la campana esta vez… mi querida.
Mi rostro había perdido todo rastro de color; era una hoja en blanco, frágil, expuesta. El corazón me golpeaba el pecho con una violencia desesperada, como si buscara escapar de mí.
Sus dedos se aflojaron alrededor de mi cuello.
Sonrió.
No fue una sonrisa cualquiera, sino una lenta, torcida, cargada de una intención oscura que me heló la sangre. El aire regresó a mis pulmones a trompicones, y me obligué a recomponerme, a recoger los pedazos invisibles de mi compostura.
Entonces, el sonido.
Un golpe seco en la puerta.
Abrí.
El repartidor sostenía mi pedido, ajeno a la escena que aún vibraba detrás de mis ojos.
Pero yo no estaba sola.
Podía sentirlo.
El Sr. Ronaldo permanecía a mi espalda, inmóvil, con una de sus manos apoyada sobre mi hombro, firme… posesiva.
—Tranquila, amor. Yo pago.
Su voz, suave, contrastaba con el peso de su presencia.
—No… no hace falta… —logré decir, aunque las palabras apenas nacieron.
No me escuchó.
O decidió no hacerlo.
Salió, pagó, y durante unos segundos, el mundo pareció reducirse a gestos simples, casi normales. El intercambio, el dinero, el murmullo indiferente del repartidor.
Después, se fue.
El chico se marchó primero.
Luego, él.
La puerta se cerró.
Y por fin…
Respiré.
El alivio no fue inmediato, sino un hilo delgado que se fue filtrando poco a poco en mi pecho.
El silencio regresó.
Pero no duró.
No habían pasado ni diez minutos cuando el teléfono rompió la quietud.
La pantalla se iluminó.
Alex.
—Amor, ¿cómo estás? Te he estado llamando desde hace rato.
Su voz llegó como un ancla… o como un recordatorio de todo lo que no podía decir.
—Ah… me había quedado dormida —mentí, con una facilidad que me sorprendió—. No escuché el teléfono.
Hubo una breve pausa al otro lado.
—Quería preguntarte algo. Esta noche tengo una reunión de trabajo… a eso de las ocho. ¿Te gustaría venir conmigo?
Cerré los ojos por un instante.
Ocho de la noche.
Demasiado cerca. Demasiado pronto.
—Alex… amor, me encantaría, pero no me siento muy bien —murmuré—. Creo que está por bajarme el período.
El silencio se alargó, suave, considerado.
—Entiendo… entonces cancelo y me quedo contigo.
Algo en su respuesta me apretó el pecho.
—No —respondí demasiado rápido—. No te preocupes. Ve… mañana nos vemos, ¿sí? Seguro estaré mejor.
Otra pausa.
Más pesada esta vez.
—Está bien… pero llámame si necesitas algo.
—Lo haré.
Colgué.
El teléfono quedó inerte entre mis manos.
No me atreví a contarle a Alex.
¿Qué pensaría de mí?
No… esto no podía tocarlo. No aún.
Tenía que resolver este asunto yo sola.
Pasé la noche atrapada en pensamientos que no me dejaban respirar. El sueño no era descanso, era un eco constante de todo lo que no quería mirar de frente. Mi teléfono no dejaba de vibrar a lo lejos, insistente, como si el mundo exterior se negara a respetar mi silencio. Pero yo no quería saber de nadie. No quería hablar, no quería explicar, no quería sostener ninguna versión de mí en ese estado.
Había algo dentro de mí que se estaba rompiendo con una claridad insoportable. Lloré. Lloré de forma repetitiva, casi mecánica, como si cada lágrima fuera una respuesta tardía a una pregunta que nunca supe formular. Entre sollozos, empecé a entender. Entender cómo llegué hasta aquí, por qué permití ciertas cosas, por qué me quedé cuando debía irme.
Entonces, a las tres de la mañana, el silencio cambió.
El teléfono vibró tres veces.
La pantalla se encendió en la oscuridad, iluminando apenas mi rostro húmedo. Un número desconocido. Un mensaje breve, casi frágil: “Quiero… me gustaría hablar contigo. Me haces falta.”
Hubo un instante suspendido en el tiempo. Algo en esas palabras no era ajeno, aunque intentara convencerme de lo contrario. No respondí de inmediato. Pero en el fondo, ya sabía.
Era Ronaldo.
Y en ese momento, lo más desconcertante no fue el mensaje, sino la certeza que lo acompañaba: cómo es posible que dos personas —quizás no iguales, quizás no destinadas— puedan habitar un mismo espacio dentro de mí con tanta fuerza. Como si compartieran un hilo invisible, una frecuencia que me atraviesa sin pedir permiso.
Esa noche no hubo respuestas. Solo la evidencia de una conexión que no logro explicar… y que, tal vez, tampoco quiero entender del todo.
#3269 en Novela romántica
#1030 en Otros
drama amor suspenso mentiras secretos, romance +18, romance +18 y secreto
Editado: 12.05.2026