Donde aún vive tu nombre

La perdi

No fue un momento preparado, no hubo llamada, ni conversación que me advirtiera lo que estaba por venir.

Y aun así… el impulso seguía ahí.

Querer verla.
Llamarla.
Saber de ella.

Habían pasado meses y yo seguía sin saber nada de Joss.

Con mi padre, las conversaciones eran distantes, muy lejanas. Diplomáticas. Como si nada tuviera peso real. Como si todo pudiera mantenerse en la superficie sin romperse.

Hasta esa noche.

En una cena.

Mi padre se acercó sin decir mucho y dejó el teléfono frente a mí.

—Mírala —dijo con una calma que no le conocía—. Engatusando a mi futuro socio… Álex.
—Esta mujer no tiene límites.

Me quedé en silencio.

No respondí.

Solo miré la pantalla.

Y en ese instante, todo dentro de mí se detuvo.

Fue una imagen.

Una simple imagen.

La miré sin entender del todo lo que estaba viendo. Como si mi mente necesitara unos segundos más para alcanzarla.

Joss

Sonriendo.
Rodeada de gente.
Y en su mano, un anillo de compromiso.

Se iba a casar.

Exhalé lento, apoyando la espalda contra la silla.

No quería decir nada.
Solo quedarme en silencio.

Le devolví el teléfono a mi padre sin mirarlo.

Me levanté de inmediato y me serví un trago más fuerte de lo habitual. El vaso se sintió frío en la mano, pero no lo suficiente como para calmar lo que acababa de ver.

La imagen de Joss no se iba.

Se quedaba.

Repetida. Insistente. Inquieta.

Tenía el impulso de ir a buscarla.

De llamarla.

De hacer algo.

Pero no podía.

Ella era la única que lograba despertar en mí emociones que no sabía controlar. Emociones que quemaban por dentro sin pedir permiso.

Respiré hondo, como si eso pudiera ordenar algo en mí.

A lo lejos, escuché la voz de Katie llamándome.

—Amor, te estoy llamando… ¿qué tienes? —su tono era suave, pero atento—. Pareces que viste un fantasma. Estás pálido.

—No… nada —respondí rápido—. Solo estoy cansado.

Ella me observó unos segundos, sin convencer del todo.

—¿Nos vamos a la casa?

Asentí.

—Sí, por favor.

Katie sonrió apenas.

—Está bien… pero espera, tengo antojo de algo que vi hoy, quiero pasar por eso.

Solté una risa corta, sin ganas.

—No, Katie… vamos. Te lo llevas y te lo comes allá.

Ella me miró, entre divertida y confundida.

—¿Qué te pasa, Ronaldo? Hace un rato estabas bien… es menos de una hora y cambiaste.

Tragué en seco.

—No pasa nada —dije, más firme esta vez—. Mañana tengo que trabajar. Vámonos.

Katie no insistió.

Pero mientras caminábamos hacia la salida, su voz volvió a romper el silencio, más baja esta vez.

—Algo te está pasando…

No respondí.

Porque por primera vez en mucho tiempo…

no tenía una respuesta que pudiera decir en voz alta.

Al llegar a casa no pude dormir.

La imagen seguía ahí, fija, como si se hubiera quedado pegada detrás de mis ojos.

Joss.

Sonriendo.

Y el anillo.

Me levanté de la cama sin encender todas las luces. Solo la pantalla del teléfono iluminando la habitación a medias, como si eso bastara para mantener el resto del mundo fuera.

Busqué a Álex.

No sabía exactamente por qué.

O quizás sí.

Quería entenderlo. Saber de dónde había salido. Por qué mi padre hablaba de él con tanta seguridad. Con tanta aprobación.

Escribí su nombre en el buscador.

Apareció.

Fotos. Artículos. Perfil público.

Leí poco.

Lo suficiente.

Había pasado la mayor parte de su vida fuera del país. Estudios en el extranjero. Formación en economía con enfoque en administración de empresas. Un perfil limpio. Correcto. Estructurado.

Familia de clase media alta, normal. Lo esperado. Y lo aceptable, Cerré la pantalla la verdad no me interesaba él, solo ella mi Joss.

Me quedé sentado en silencio, con el teléfono en la mano, sintiendo cómo algo dentro de mí se volvía cada vez más inquieto.

Como si el simple hecho de saber que ella existía en otra vida… me resultara insoportable.

Apoyé la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos unos segundos.

Tenía que verla.

Hablar con ella.

Entender por qué, incluso ahora, seguía siendo la única persona capaz de desordenarme por dentro.

Las semanas pasaron como pasan las cosas que no terminan de sentirse reales. Solo tiempo acumulándose. El nacimiento de mi hijo, al cual le colocamos el nombre de Cristopher, debió cambiarlo todo. Eso era lo que todos esperaban.

Pensé que ese instante lo haría diferente. Que al verlo por primera vez, algo dentro de mí se rompería o se acomodará. Que, de alguna forma, iba a lograr olvidarme de Joss.

Pero era imposible ignorar mis pensamientos hacia ella.

Siempre estaba ahí.

Como un eco que no pedía permiso.

La habitación era blanca, demasiado blanca. Las voces eran bajas, medidas, como si incluso el aire tuviera que comportarse. Katie estaba agotada, rota de cansancio, pero había en ella una especie de luz que yo no supe compartir.

Sostenía al niño como si el mundo, por fin, tuviera sentido.

Yo me acerqué, miré a este pequeño bebe. Frágil. Definitivamente, es mi hijo.

Lo tomé en brazos con una precisión casi mecánica, como si el gesto me perteneciera desde siempre.

Pero dentro de mí no ocurrió nada.

Ningún quiebre.

Ninguna revelación.

Solo una calma extraña. Inexplicable.

Como si ya lo hubiera sabido.

—Es perfecto —alguien dijo cerca.

Y yo asentí.

Porque eso era lo que se esperaba.

Porque no había otra cosa que hacer con esa escena, el mundo siguió y los días también.

Visitas. Mensajes. Sonrisas. Palabras amables que llenaban la casa como un eco constante de algo que debería sentirse distinto.

Katie empezó a notar lo que no se decía, ella empezó a notar esas pausas demasiado largas, las miradas que no terminaban de quedarse y la forma en que yo estaba… sin estar.




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