Donde aún vive tu nombre

El proyecto

Estaba en casa, inclinado sobre unos proyectos, cuando escuché la puerta. Katie entró con Cristopher en brazos y la nana detrás, dejando en el aire ese movimiento de hogar que antes me anclaba y ahora apenas lograba rozarme.

—Amor, ya llegué.

Levanté la mirada lo justo. Asentí. Ella dejó el bolso, acomodó al niño y empezó a contarme su día: una boutique, un vestido que había ido a recoger para la boda de Lucía y Arnol, nombres que conocía, historias que ya no me detenía a seguir. Yo respondía con monosílabos, más por hábito que por interés, hasta que dijo un nombre que no pertenecía a esa escena.

Joss.

La palabra se quedó suspendida, como si el aire se volviera más espeso.

Levanté la vista con cuidado.

—¿Ah, sí?

Katie siguió con naturalidad, sin medir el alcance de lo que acababa de poner sobre la mesa.

—Sí, la amiga de la esposa de Pablo. Me la encontré en la boutique. Se casa este fin de semana.

Algo se cerró dentro de mí. No fue brusco; fue preciso. Como una puerta que encaja sin hacer ruido.

—¿Y tú de dónde la conoces realmente? —añadió, mirándome un segundo más de lo habitual—. Juraría que tú me la presentaste en un restaurante hace un par de años.

Ahí estaba la pregunta que no había previsto.

—La conozco de vista —respondí—. Por Pablo. Ella es cercana a su esposa.

Hice una pausa, sosteniendo la frase lo suficiente para que pareciera completa.

—Ya no soy tan cercano a él como antes, pero… es un buen amigo.

Katie asintió, aceptando la explicación como se aceptan las cosas que no se quieren mirar demasiado.

—Ah… entiendo. Pero el vestido que tenía… estaba increíble.

No dije nada. No hacía falta. La imagen se construyó sola: el blanco, la caída de la tela, la certeza de un día que no era mío. Tomé el vaso y bebí más de lo que debía. El líquido no cambió nada, pero al menos ocupó un segundo.

—Ronaldo… estás bebiendo otra vez —dijo, y ahora sí había algo distinto en su voz—. Últimamente estás distante… conmigo… con tu hijo.

La miré.

—Katie, no empieces. Estoy trabajando. Para mejorar nuestra vida.

Sonó correcto. Suficiente. También falso.

Ella no discutió. No insistió. Se llevó a Cristopher hacia la cocina con ese cuidado que ya no me pedía nada. Y el silencio que dejó no fue alivio; fue distancia.

Me quedé solo, con el vaso en la mano y el nombre que no debía seguir importándome latiendo en algún lugar que no terminaba de apagarse.

Más tarde, el teléfono vibró. Mi padre. No solía llamar, y menos a esa hora.

—Ronaldo —dijo—. Tenemos un proyecto importante. Álex… creo que te he hablado de él.

—Sé quién es.

Hubo un breve silencio, como si calibrara mi tono y decidiera ignorarlo.

—Consiguió la aprobación. Es grande. Un hospital. Quiero que participes. Mañana hay un evento con inversionistas. Te enviaré la invitación.

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos. Era una oportunidad. De las que no se discuten. Acepté sin decirlo en voz alta.

El jueves llegó con una claridad extraña. Katie tenía otro compromiso y no vino. No insistí. Salí solo, con esa sensación de que algo se estaba ordenando en un plano mientras en otro se deshacía sin remedio.

El salón estaba lleno, preciso, correcto. Saludé, escuché, asentí. Todo funcionaba. Hasta que dejó de hacerlo.

No la busqué.

Pero la vi.

Al fondo.

De pie.

Joss.

No me había visto todavía. O eso creí.

Estaba al lado de Álex.

Y en ese instante, todo lo demás perdió relevancia. No era solo compartir el mismo espacio. Era coincidir en el mismo punto de algo que ninguno había sabido cerrar.

Me quedé quieto. Mirándola lo suficiente como para confirmar que no era un recuerdo, que no era una proyección cómoda de la memoria. Era ella. Más serena. Más contenida. Con esa naturalidad que nunca había sabido imitar nadie.

Sentí algo abrirse sin permiso.

No era alegría.

No era dolor.

Era otra cosa.

Algo que no había desaparecido.

Algo que, contra toda lógica, seguía intacto.

Y supe, sin necesidad de pensarlo demasiado, que esa noche no iba a devolvérmela.

Pero tampoco iba a dejarme salir igual.

Mi padre fue quien acortó la distancia.

Se acercó a Álex con esa seguridad que siempre lo caracterizaba, hablando con él como si todo estuviera perfectamente bajo control. Yo me mantuve a su lado, escuchando lo justo, hasta que inevitablemente quedé frente a ella.

No me esperaba.

Lo vi de inmediato en su mirada.

No fue algo exagerado, no hizo ningún gesto evidente, pero hubo un segundo… apenas un segundo… en el que no logró disimularlo. Como si el tiempo se le hubiera detenido antes de poder reaccionar.

Luego vino la sonrisa.

Correcta.

Educada.

Pero no real.

Su mano, casi sin darse cuenta, se movía sobre el anillo de compromiso, girándolo levemente. Un gesto mínimo, pero suficiente para decir más de lo que ella estaba dispuesta a mostrar.

Y en ese instante entendí algo que no necesitaba explicación.

Nada había cambiado realmente.

Podían haber pasado meses. Podían existir otras personas, otras decisiones, otras vidas construidas… pero lo que había entre nosotros seguía ahí. Igual. Quieto. Esperando.

No dije nada fuera de lugar.

No hice ningún movimiento que llamara la atención.

Pero no dejé de mirarla.

Había algo en ella que no terminaba de sostenerse. Una inquietud que se filtraba en los silencios, en la forma en que evitaba quedarse demasiado tiempo en un mismo sitio, en cómo sus ojos parecían buscar una salida incluso cuando no la necesitaba.

Y entonces llegó el momento.

No fue planeado de manera consciente, pero tampoco fue casual.

Ella caminó hacia el baño.

Yo la seguí unos segundos después.

El pasillo estaba más silencioso, más estrecho, como si el mundo se redujera a lo esencial.




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