Ese nuevo encuentro con Ronaldo no me hacía sentir limpia. No sabía cómo explicarlo, ni siquiera encontraba las palabras exactas para sostener lo que pasaba dentro de mí. Yo soy una mujer casada, felizmente casada, y aun así… volvía a él.
No había lógica. No había una explicación suficiente que pudiera justificarlo. Era una fuerza, un imán, algo casi sobrenatural que me arrastraba hacia él incluso cuando intentaba sostenerme en otro lugar. Algo que no pedía permiso. Algo que simplemente ocurría.
Nuestros encuentros eran intensos, cargados de una pasión que no había cambiado con el tiempo. Tal como lo recordaba. Como si nada entre nosotros se hubiese roto nunca, como si todo hubiera quedado en pausa, esperando exactamente ese momento para continuar.
No podía dejar de verlo. De sentirlo. Y eso lo hacía todo peor.
Porque en medio de toda esa confusión había algo que no lograba negar, una certeza que se imponía por encima de cualquier intento de razón: sentía que era el único hombre al que había amado de verdad.
Después de nuestro primer encuentro, la culpa no desapareció, pero cambió. Se volvió más silenciosa, más manejable, más fácil de ignorar. Como si mi mente hubiera encontrado la forma de acomodar lo que estaba mal para poder seguir adelante sin detenerse demasiado en ello.
El proyecto no ayudaba. Al contrario, nos acercaba cada vez más.
Cada reunión, cada evento, cada espacio compartido… Ronaldo estaba ahí. Siempre estaba ahí. Y esa presencia constante hacía imposible cualquier intento real de distancia.
A simple vista, entre él y Álex no había conexión. No se llevaban mal de forma evidente, pero tampoco había afinidad. Era una distancia sutil, casi imperceptible, pero constante.
Álex lo decía sin mucho filtro, con esa seguridad tranquila que lo caracterizaba. Comentaba, a veces, que era un hijo de mami y papi, que hacía todo lo que decía su padre. Había algo de desdén en su tono, algo que no terminaba de ser rechazo, pero tampoco respeto. En otras ocasiones añadía, casi sin darle importancia, que no le caía tan bien.
Yo asentía. Respondía lo justo, lo necesario. Cumplía con el papel que me correspondía en ese momento.
Pero por dentro sabía que nada de eso importaba.
Porque mientras ellos hablaban de negocios, de poder, de posiciones, de acuerdos y de futuro… yo solo podía pensar en otra cosa.
En lo que pasaba cuando estábamos cerca.
En lo que ya había pasado.
Y en lo que, en el fondo, sabía que iba a volver a pasar.
Un día cualquiera empecé a sentir síntomas extraños.
Dolores de cabeza constantes. Mareos leves al principio, pero que poco a poco fueron empeorando. Cuando me di cuenta de que mi período tenía un mes de retraso, algo dentro de mí se encendió. No era normal. Yo siempre había sido regular.
Pero preferí no alarmarme.
“Es el estrés”, me repetía. El trabajo, la presión, la inauguración, las amenazas del señor Ronaldo… todo junto estaba pasando factura.
Esa misma tarde, Ana y yo salimos a resolver unas diligencias y luego fuimos a almorzar juntas. Apenas llegó la comida, un olor fuerte me revolvió el estómago.
Sentí náuseas inmediatas.
Empujé el plato hacia un lado.
Y otra vez… el mareo.
—Amiga, ¿todo bien? —preguntó Ana mirándome fijamente—. Te veo pálida.
—Ay, Ana… no sé. Hace días me siento rara. Mareos, dolor de cabeza… y ahora esta comida me huele horrible.
—Qué raro… ¿no será que estás intoxicada?
—Puede ser. Tal vez comí algo que me cayó mal.
Ana cruzó los brazos y me observó con esa expresión de quien ya sacó sus propias conclusiones.
—Bueno… una de dos. O estás intoxicadísima y necesitas un médico… o estás embarazadísima.
Solté una risa nerviosa.
—Ay, Ana, por favor… qué cosas dices.
Ella no sabía nada de lo que había pasado con Ronaldo. Lo mantuve en silencio. No quería escuchar sermones, ni preguntas, ni enfrentar algo para lo que todavía no estaba preparada.
Pero sus palabras quedaron clavadas en mi cabeza.
Embarazada.
Solo pensar en eso podía descolocar a cualquiera.
Esa noche no pude concentrarme en nada. Caminaba de un lado a otro de la habitación, recordando fechas, momentos, errores… y silencios.
Hasta que no aguanté más.
Llamé a la farmacia y pedí una prueba.
Cuando llegó, esperé varios minutos con el corazón golpeándome el pecho. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae.
Miré el resultado.
Positivo.
Sentí que el mundo entero se detenía.
No sabía si llorar, gritar o reír.
Estaba embarazada.
Y no tenía idea de cómo reaccionar.
Empecé a sacar números desesperadamente.
Mi período debió haber llegado hacía ya dos semanas… quizá un poco más, quince días, tal vez dieciséis. Trataba de recordar fechas exactas, días sueltos, noches confundidas entre tantas cosas que habían pasado.
No lo podía creer.
Dos semanas… tres semanas…
Necesitaba ir al médico. Necesitaba una respuesta real, no seguir atrapada entre cálculos hechos con miedo y recuerdos incompletos.
Me senté en la cama con la prueba aún en la mano, sintiendo que el aire me faltaba.
No quería decírselo a Alex.
Y mucho menos a Ronaldo.
Solo imaginar cualquiera de esas conversaciones me revolvía el estómago más que las náuseas.
Aunque, siendo sincera, era difícil pensar que fuera de Ronaldo. Nuestros encuentros no habían sido tan constantes… no lo suficiente, o al menos eso quería creer.
Pero entonces… ¿por qué dudaba tanto?
¿Por qué mi cabeza no dejaba de ir hacia él?
No sabía ni qué pensar.
Cada posibilidad parecía peor que la anterior.
Lo único claro era que estaba sola frente a algo enorme… y que necesitaba respuestas antes de que todo explotara.
A la mañana siguiente pedí una cita de emergencia con mi doctora. No podía seguir viviendo entre suposiciones y cálculos mal hechos. Solo pensar en la posibilidad de que fuera de Ronaldo me revolvía el estómago.
#3269 en Novela romántica
#1030 en Otros
drama amor suspenso mentiras secretos, romance +18, romance +18 y secreto
Editado: 12.05.2026