Donde aún vive tu nombre

Cuando dejó de existir

Entré a la sala de urgencias casi sin sentir las piernas. El ruido alrededor era ensordecedor, pero mi cabeza solo podía concentrarse en ella. Joss permanecía inmóvil sobre la camilla, demasiado pálida, demasiado quieta. Había sangre. En las sábanas, en los guantes de los enfermeros, en el suelo. El monitor seguía marcando pulsaciones débiles, absurdamente débiles, como si su corazón estuviera cansándose de existir.

La doctora a cargo daba órdenes rápidas mientras varias manos intentaban sostener algo que claramente se estaba rompiendo delante de nosotros. Me acerqué inmediatamente.

No parecía real. El rostro de Joss tenía esa calma insoportable de las personas que ya comenzaron a irse incluso antes de morir.

Escuché palabras sueltas.

Hemorragia.

Presión crítica.

Sufrimiento fetal.

Y entonces llegó la frase que partió la sala en dos.

Había que decidir.

Ella o el bebé.

Sentí el pecho cerrarse con violencia.

No pensé.

Ni un segundo.

Solo escuché mi propia voz saliendo rota, desesperada:

Salvar a Joss.

Pero la doctora me miró con una dureza fría, casi cruel.

Joss ya había decidido.

Si ocurría algo, salvarían al bebé.

No a ella.

Por un instante el mundo perdió sentido. La miré otra vez, buscando alguna señal absurda de que todavía podía obligarla a quedarse. No me importaba el protocolo. No me importaba el hospital. No me importaba el niño.

Solo ella.

Porque de repente entendí algo insoportable: no estaba preparado para un mundo donde Joss no existiera.

La doctora intentó apartarme.

Decía cosas que apenas escuchaba. Profesionalismo. Distancia. Que ella era su paciente.

Pero yo ya no estaba pensando como médico.

Algo oscuro comenzaba a romperse dentro de mí.

Ordené que siguieran intentando salvarla aun cuando todos en la sala sabían lo que yo me negaba a aceptar.

La cesárea comenzó en medio del caos.

El aire olía a sangre y antiséptico.

Las luces blancas hacían que todo pareciera todavía más irreal.

Joss seguía perdiendo demasiada sangre.

Demasiada.

El monitor descendía lentamente como una cuenta regresiva escrita para destruirme.

Y aun así no podía apartar la vista de ella.

Como si mirar hacia otro lado fuera traicionarla por última vez.

Entonces ocurrió.

Un llanto pequeño atravesó la sala.

La bebé había nacido.

Sana.

Perfectamente viva.

Y por un segundo odié ese sonido.

Porque mientras una vida comenzaba, la otra se estaba apagando frente a mí.

Los médicos seguían moviéndose alrededor de Joss, pero ya no había urgencia real en sus movimientos. Solo esa calma terrible que aparece cuando todos entienden que el final llegó antes que la esperanza.

No.

No.

No podía terminar así.

Me acerqué más, sintiendo la respiración quebrarse dentro de mi pecho.

El monitor seguía debilitándose.

Cada pulso era más lento.

Más distante.

Como si su corazón estuviera soltando el mundo poco a poco.

—Revívanla.

Mi voz salió irreconocible.

Nadie respondió.

—¡Otra vez!

Escuché mi propio desespero explotando dentro de la sala mientras los médicos evitaban mirarme directamente.

—¡No me importa, háganlo otra vez!

Pero ya era tarde.

Lo vi en los ojos de todos antes de escucharlo en el monitor.

Ese sonido continuo.

Vacío.

Interminable.

El mismo que había escuchado cientos de veces en otros pacientes.

Nunca así.

Nunca en ella.

Sentí algo romperse dentro de mí con una violencia imposible de describir.

La doctora dijo la hora de fallecimiento, pero no la escuché completa.

Porque en ese momento lo único real era Joss ahí, inmóvil, mientras yo entendía demasiado tarde que toda mi vida había girado alrededor de alguien que jamás pude salvar.

El sonido del monitor continuó extendiéndose por toda la sala como algo infinito. Vacío. Cruel. Nadie se movió durante unos segundos. Después comenzaron a apartarse lentamente, uno por uno, con ese silencio profesional que existe cuando ya no queda nada que hacer.

Pero yo no podía moverme.

Joss seguía ahí. Inmóvil. Demasiado quieta.

Me acerqué lentamente hasta quedarme junto a ella. Sentía el pecho desgarrándose por dentro mientras la miraba, como si mi mente todavía se negara a aceptar lo que tenía enfrente. Mis manos comenzaron a temblar cuando tomé su rostro entre ellas.

—Quédate conmigo siempre, toma cualquier forma, vuélveme loco… ¡Solo no me dejes en este abismo, donde no puedo encontrarte!

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—¡Oh, Dios… es inenarrable!

Mi respiración se quebró violentamente mientras apoyaba la frente contra ella, desesperado, destruido.

—¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!

Pocos minutos después, la puerta volvió a abrirse.

Álex entró lentamente.

Tenía el rostro destruido, atravesado por una tristeza tan grande que parecía haberle vaciado el cuerpo por dentro. Sus ojos fueron directamente hacia Joss y por un instante se quedó inmóvil, como si todavía esperara que todo aquello fuera un error.

Después se acercó despacio hasta la camilla.

La miró en silencio unos segundos antes de romperse.

—Mi Joss… no nos dejes, por favor…

Su voz salió quebrada, ahogada por el dolor.

Yo solo observaba desde el otro lado de la sala, sintiendo algo oscuro pudrirse lentamente dentro de mí. Ya no sabía qué hacer con las manos, con el aire, conmigo mismo.

Giré dispuesto a irme.

No soportaba seguir ahí.

Pero antes de llegar a la puerta, escuché su voz detrás de mí.

La verdad, Ronaldo… todo esto es culpa tuya.

Me detuve.

Sentí el cuerpo tensarse lentamente mientras volteaba apenas el rostro hacia él.

—¿Culpa de qué…?

Mi voz salió vacía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.