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Los rayos de sol comenzaron a colarse por las cortinas y a medida que pasaban los minutos, estos iban moviéndose hacia el rostro de la chica que dormía plácidamente. Solía decirse que las personas brillantes no necesitaban dormir mucho porque sus mentes siempre estaban activas, pero Abril Baugen-Holst, de diecisiete años, era la prueba viviente de que aquella teoría podía estar sumamente equivocada. Su cerebro era una máquina maravillosa capaz de memorizar complejas fórmulas matemáticas o de ciencias en cinco minutos, pero también era una experta absoluta en ignorar olímpicamente tres alarmas consecutivas.
—¡¡Abril!! ¡Si no te levantas ahora mismo, juro que tendrás que irte caminando al campus!
La voz no provenía de su madre, Ava, ni de su padre, John. Llegaba desde la planta baja, como un ruido lejano y perezoso que pertenecía a Ren, su hermano.
Abril se revolvió entre las mantas y se cubrió el rostro con una de ellas, ya que algunos rayos de sol ya le daban en el rostro. Luego de un enorme bostezo, abrió un ojo con extrema dificultad. La luz pálida y gélida de la mañana se colaba por los grandes ventanales triangulares de su habitación, que seguían la caída inclinada del techo de madera. Al abrir los ojos, lo primero que vio a través del cristal fue el imponente paisaje exterior al que ya estaba acostumbrada: una densa muralla de pinos y abetos verdes que trepaba por las faldas de una montaña majestuosa, cuyas laderas aún conservaban algunos senderos despejados entre la vegetación bajo el rastro de un arcoíris que comenzaba a desvanecerse en el cielo húmedo.
La residencia de los Baugen-Holst era una imponente y acogedora casa de montaña construida en varios niveles sobre la pendiente de una colina. Su diseño equilibraba a la perfección la robustez de la piedra clara labrada, que revestía los cimientos y el primer piso, con la calidez de los paneles de madera oscura de los niveles superiores. Un gran balcón suspendido de madera rodeaba la fachada principal, adornado con macetas rebosantes de flores silvestres de colores que desafiaban el frío y una barandilla de madera tallada con un patrón geométrico impecable. Varias chimeneas de piedra se alzaban sobre los techos de tejas oscuras e inclinadas, diseñados para soportar las nevadas del invierno. Era un hogar de ensueño, donde el frío del exterior siempre se combatía con la calidez de los interiores de madera y el fuego de la leña.
La joven deslizó la mirada hacia el reloj de su mesa de noche.
7:42 de la mañana.
Volvió a cerrar los ojos, muy tranquila. Pero de pronto, arrugó la frente.
¿7:42 de la mañana?
Se removió con flojera... hasta que finalmente, comprendió la hora que había visto.
—¡¿Las siete y cuarenta y dos?! —gritó, saltando de la cama como si las sábanas hubieran cobrado vida—. ¡Entro a las ocho!
Entró al baño a la velocidad de la luz. Mientras se cepillaba los dientes con urgencia, se miró en el espejo de reojo. Su largo cabello oscuro era un nido de pájaros y sus pestañas, usualmente largas y arqueadas sobre sus expresivos ojos, apuntaban en todas direcciones.
De repente, la puerta del baño se abrió a medias y Ren entró sin pedir permiso. Estaba tan acostumbrado a estas situaciones con Abril, que ya se sabía de memoria todo lo que pasaría. No traía prisa en sus gestos, solo esa calma tan característica suya que siempre lo envolvía. Sin decir una palabra, tomó el cepillo de madera que descansaba sobre el lavabo, se colocó detrás de ella y comenzó a desenredar con extrema suavidad las ondas rebeldes de su cabello, empezando desde las puntas para no lastimarla.
Era un viejo hábito entre ellos; desde que eran pequeños, Abril solía quejarse de los tirones que le daba su madre, Ren había asumido la tarea de peinarla en las mañanas más caóticas. Abril lo observó a través del reflejo del espejo mientras mantenía el cepillo de dientes en la boca. Él estaba concentrado, con un mechón de su propio flequillo cayéndole sobre la frente y una ligera sonrisa de suficiencia al ver cómo lograba domar el desastre de su cabeza. La cercanía del cuerpo de su hermano, el calor sutil que desprendía y la delicadeza casi reverente con la que manejaba cada mechón hicieron que Abril contuviera el aliento por un breve segundo, sintiendo una calidez en el pecho que iba mucho más allá del abrigo de la casa.
—Listo, perezosa. El resto corre por tu cuenta —dijo Ren con un guiño, dándole un suave golpecito con los dedos en la coronilla antes de dejar el cepillo en su lugar y salir del baño con las manos en los bolsillos.
Con un rápido enjuague, se puso el uniforme del colegio, aunque tenía las mejillas inexplicablemente un poco más encendidas que de costumbre, la chica de piel de porcelana corrió escaleras abajo, casi tropezando con sus propios pasos.
Al llegar a la cocina, el aroma a café recién hecho y a rollos de canela tibios la golpeó de lleno. De pie junto a la encimera de granito estaba Ren, sirviendo un poco de jugo de naranja en un termo portátil.
Ren, a sus diecinueve años y ya en su segundo año de universidad, era un muchacho ridículamente apuesto. Compartía tantas expresiones risueñas con Abril que a menudo la gente asumía que eran hermanos de sangre, a pesar de que, en el fondo, ambos respetaban y tenían muy presente el hecho de que ella era adoptada. Vestía un suéter gris holgado que le daba un aire cómodo y confiado, esa actitud relajada que siempre lo caracterizaba.