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Sosteniéndole la mirada por un segundo que a Abril se le hizo eterno, Ren usó su otra mano para revelar lo que llevaba escondido: una bufanda de lana gruesa y suave que había vuelto a buscar adentro de la casa. Con movimientos pausados y un cuidado que siempre tenía con ella, la enredó alrededor del cuello de su hermana, asegurándose de que quedara bien abrigada hasta la barbilla.
—Está haciendo demasiado frío afuera como para que andes descuidada —dijo él, pero esa seriedad en su rostro se disolvió en una de sus habituales sonrisas cálidas mientras le daba un suave toque con el índice en la punta de la nariz—. No quiero que te enfermes.
Mientras Ren finalmente encendía el motor y la calefacción comenzaba a templar el vehículo, Abril lo observó de reojo, sintiendo que sus mejillas ardían por una razón que no tenía nada que ver con el clima invernal.
Desde que él había entrado a la universidad, ya no pasaban tanto tiempo juntos. Ren estaba muy ocupado con sus estudios de arquitectura y su carácter, aunque seguía siendo alegre y sumamente confiado con la gente, se había vuelto un poco más reservado tras una dolorosa experiencia amorosa que tuvo que superar tiempo atrás. Abril odiaba verlo sufrir; lo amaba con devoción, a él y a toda su gran familia.
—¿Por qué me miras tanto? ¿Tengo mermelada en la cara? —preguntó Ren, saliendo del camino de entrada para incorporarse a la ruta principal que bordeaba el lago.
—No, solo pensaba en lo afortunada que soy de tener un chofer tan hábil y gratis además —sonrió ella, acomodándose en el asiento del copiloto con su habitual ligereza.
Ren soltó una risa suave y melodiosa. Al escucharlo, Abril sintió que sus propios latidos daban un pequeño e inexplicable vuelco en el pecho. Un vuelco que, últimamente, le costaba muchísimo trabajo disimular.
El trayecto hacia el colegio no era especialmente largo, pero con el tiempo pisándoles los talones, cada luz roja del semáforo se sentía como una pequeña eternidad. A través de la ventana, el paisaje se transformaba lentamente; los densos bosques de pinos daban paso a las ordenadas calles de adoquines de la zona residencial, donde las casas de madera compartían espacio con modernos edificios de cristal que reflejaban el cielo invernal.
Abril tamborileaba los dedos sobre su mochila, alternando miradas ansiosas entre la hora en el tablero del auto y el perfil tranquilo de su hermano. Ren conducía con una destreza envidiable, sorteando las curvas del camino que bordeaba el lago con una calma que a ella siempre le transmitía seguridad, incluso cuando estaba a punto de ganarse un reporte por impuntualidad.
Cuando el imponente edificio de la academia privada San Judas, una elegante construcción que combinaba la arquitectura clásica de piedra con enormes ventanales de diseño contemporáneo, apareció a la vista, el reloj ya marcaba las 8:05 de la mañana. Los grandes portones de hierro negro ya estaban completamente cerrados.
—¡Oh, no! Llegamos tarde de verdad —gimió Abril, hundiéndose un poco en su asiento, casi oculta tras la enorme bufanda que Ren le había colocado.
—Tranquila, déjamelo a mí —dijo Ren con una sonrisa cómplice mientras detenía el auto justo frente a la caseta de seguridad.
Un hombre mayor, de cabello canoso y un grueso abrigo azul, asomó la cabeza con el ceño fruncido dispuesto a dar el típico sermón sobre la puntualidad. Sin embargo, en cuanto vio el rostro de Ren a través de la ventanilla del conductor, sus facciones se ablandaron de inmediato. Los tres hermanos Baugen-Holst habían asistido a ese mismo colegio; Noah, el mayor de los hermanos, había dejado una reputación de estudiante brillante, Ren había sido el carismático favorito de los profesores y Abril... bueno, Abril era la adorable y distraída menor de la dinastía.
—¿Ren? Muchacho, qué gusto verte. ¿Qué haces por aquí? —saludó el portero con una sonrisa genuina.
—Hola, señor Thomas. Qué gusto verlo también —respondió Ren con su habitual amabilidad—. Vengo a entregar a la última de los Baugen. Se nos pegaron las sábanas por el frío de la mañana. ¿Cree que podría hacernos el enorme favor de dejarla pasar? Prometo traerle algunos de los rollos de canela de mi madre la próxima vez.
El señor Thomas soltó una carcajada y negó con la cabeza con afecto paternal.
—Está bien, solo por esta vez, pero que no se repita. Corre, Abril, antes de que el director pase ronda.
El portón lateral se abrió con un zumbido eléctrico. Abril, con los ojos brillando de alivio y una enorme sonrisa, se giró hacia Ren. Antes de que él pudiera reaccionar, ella se inclinó sobre la consola central, lo rodeó con sus brazos y le plantó un beso sonoro y sumamente afectuoso en la mejilla, dejando el aroma a fresas de su bálsamo labial flotando en el aire.
—¡Eres mi salvador! ¡Te amo! —exclamó con ligereza, abriendo la puerta del copiloto a toda prisa.
Salió del auto y comenzó a correr por el sendero de piedra del patio escolar. Debido a la prisa, al peso de la mochila y a que llevaba la bufanda ligeramente desacomodada, su andar era una mezcla de saltos torpes y pasos apresurados; parecía un adorable pato desarmado tratando de mantener el equilibrio sobre el suelo frío.
Ren se quedó congelado por un instante en el asiento del conductor, llevándose inconscientemente una mano a la mejilla que aún conservaba el calor del beso de su hermana. Una sonrisa inevitable y divertida se dibujó en sus labios al verla correr de esa manera tan suya. Aliviando la tensión en su pecho, bajó la ventanilla y le gritó con fuerza: