Donde coinciden nuestras coordenadas

I. Las heridas que nadie vió

Violet había aprendido a sonreír en los lugares donde alguna vez había querido llorar. No porque estuviera bien, sino porque había cosas que una aprende a esconder cuando descubre que no siempre hay alguien dispuesto a quedarse y a escuchar cómo duelen.

Así fue creciendo, con algunas preguntas sin respuesta, con despedidas que nunca supo nombrar y con el miedo absurdo de encariñarse demasiado con cualquier cosa que pudiera desaparecer.

Aprendió a no pedir.

A no insistir.

A tragarse el orgullo junto con las palabras que tantas veces le temblaron en la garganta. Quizás porque en su casa había demasiadas voces para que la suya encontrara un lugar donde quedarse. Y cuando algo le dolía, hacía lo único que sabía hacer: cerraba la puerta, apagaba la luz y dejaba que el silencio hablara por ella.

Nadie sabía cuánto podía dolerle una ausencia. Nadie sabía que a veces necesitaba que la eligieran más de una vez para creer que realmente habían decidido quedarse. Porque Violet no tenía miedo de estar sola. Tenía miedo de volver a sentirse sola mientras alguien todavía estaba a su lado. Y quizá por eso amaba con tanta cautela y, al mismo tiempo, con tanta desesperación. Como quien sostiene entre las manos algo hermoso sabiendo que puede romperse. Como quien abraza sin terminar de creer que el abrazo vaya a durar. Como quien quiere decir “quédate” pero aprendió demasiado pronto que algunas personas se van incluso cuando una se queda de rodillas pidiéndoles que no lo hagan. Ella nunca supo qué hacer con todo ese amor. Así que lo convirtió en silencio. Y el silencio, con los años, aprendió a parecerse mucho a ella.




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