Donde coinciden nuestras coordenadas

II. La última de cuatro

Violet nació última y cuando llegó, la casa ya sabía hacer ruido. Había voces que se cruzaban, puertas que se cerraban demasiado fuerte, pasos apurados por los pasillos y discusiones que parecían no terminar aunque nadie recordara por qué habían empezado.

Ella aprendió a distinguirlas. Sabía cuándo era mejor callar, cuándo desaparecer un rato, cuándo quedarse en su habitación y cuándo fingir que no había escuchado nada.

Ser la menor le enseñó a mirar desde abajo. A observar a los demás antes de aprender quién era ella. Sus hermanos crecían y ella los veía marcharse, uno detrás de otro, como si la vida fuera una puerta que todos aprendían a cruzar antes que ella. Y Violet se quedó. No porque quisiera quedarse, sino porque todavía era demasiado pequeña para entender que algún día también tendría derecho a irse.

En aquella casa el amor tenía formas extrañas. A veces llegaba convertido en esfuerzo, en cuentas pagadas, en cosas que no faltaban.

Pero había palabras que sí se ausentaban.

Abrazos que nadie sabía pedir y preguntas que nadie hacía. Así que Violet aprendió a no necesitar demasiado. O eso intentó. Porque algunas noches se quedaba despierta escuchando el silencio después de una pelea y deseaba algo tan sencillo que nunca supo cómo pedirlo: que alguien se sentara a su lado sin querer arreglarla.

Solo quedarse. Solo eso.

Quizás por eso su gato terminó siendo una de sus primeras formas de refugio.

Él no preguntaba qué había pasado. No necesitaba explicaciones. Simplemente volvía. Y para Violet, que todavía no sabía ponerle nombre a todas las cosas que le dolían, que alguien volviera era una forma pequeña de sentirse querida.

Ella todavía no lo sabía, pero estaba aprendiendo. Aprendiendo que el amor podía irse. Que podía quedarse. Que podía estar en una misma casa y sentirse lejano. Y que, algún día, cuando tuviera la edad suficiente para elegir su propio camino.

Violet no quería construir una vida parecida a aquella de la que venía. No quería una casa llena de cosas y vacía de palabras. Quería algo distinto. Aunque todavía no sabía cómo llamarlo.




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