Nació con un mapa ajeno dibujado sobre la espalda.
Le señalaron caminos antes de preguntarle hacia dónde quería ir. Y ella, que todavía era demasiado joven para saber cuánto pesa la libertad, aprendió a querer todo aquello que quedaba al otro lado de la puerta.
Quiso un cielo sin apellidos. Una vida que no tuviera que parecerse a ninguna otra.
Quiso caminar hasta encontrar un lugar donde su nombre no viniera acompañado de expectativas.
Y se fue. Con las manos llenas de sueños y los bolsillos demasiado vacíos. Se fue creyendo que lejos de casa las voces dejarían de alcanzarla, sin saber que algunas voces no necesitan paredes.
Violet caminó más lejos. Como si la distancia pudiera borrar la forma en que la habían mirado. Como si trabajar hasta el cansancio pudiera demostrar que sí podía. Como si aprender a sostenerse sola fuera lo mismo que no necesitar que nadie la sostuviera. Hasta que una noche entendió algo terrible: había escapado de una casa y se había llevado consigo todas sus habitaciones.
La soledad también sabía decir la voz de sus padres. Y había días en que ser libre se parecía demasiado a no tener a quién volver. Aun así, siguió. Porque prefería el frío de lo desconocido antes que el calor de una vida que no le pertenecía. Y quizás nadie entendió que irse nunca había significado que no los quisiera. Solo significaba que, por primera vez, quería aprender a quererse sin pedir permiso.